Vemos siempre el racismo en el otro y nunca lo vemos en uno: Hernán Gómez Bruera

Hernán Gómez Bruera es un periodista y un analista político muy joven, tiene esa soberbia propia de la edad. “Yo no quiero preocuparme por otros países, este es mi libro sobre el racismo en México”, dice al presentar El color del privilegio (Planeta), un muy buen compendio de ensayos donde el autor pone en la cuerda a este país que como todos tiene el problema del racismo.

Ciudad de México, 19 de diciembre (MaremotoM).- Le digo que es un representante de la 4T y lo niega. Lo que quise decirle es que de vez en cuando es bueno entrevistar a otros pensadores, teniendo en cuenta que los medios, el tuiter, las cosas que se escuchan más frecuentemente son de la oposición.

Hernán Gómez Bruera es un periodista y un analista político joven. “Yo no quiero preocuparme por otros países, este es mi libro sobre el racismo en México”, dice al presentar El color del privilegio (Planeta), un muy buen compendio de ensayos donde el autor pone en la cuerda a este país que como todos tiene el problema del racismo.

Es muy divertido hablar con él, porque representa algo propio de un nuevo pensamiento, de algo que tal vez esté por venir, esa ideología de izquierdas crítica, donde México no es sólo de los políticos, sino de todos.

Todos decimos que hay racismo en México, pero muy pocos se animan a tratarlo. “Ese es uno de los graves problemas y te diría que el gran problema es que vemos siempre el racismo en el otro y nunca lo vemos en uno. En realidad, la gente cree que el racista es una mala persona, que agrede, que insulta y no necesariamente es así. La mayor parte de los racistas no sabe que es racista”, dice Hernán Gómez Bruera, alguien preocupado por los temas de discriminación siempre.

Hernán Gómez Bruera
La mayor parte de los racistas no sabe que es racista. Foto: Cortesía Facebook

“Casi no se hablaba de esa clase blanca minoritaria y privilegiada, que tiene una gran influencia en el país, siempre aparece de forma muy sobrerepresentada, pues tiene el 12 por ciento de la representación, haciendo los cálculos bien altos. Por poder económico, político, mediático, llegan a ser el 80 por ciento. Me parece que la gente que pertenece a esa élite, nunca habla del tema. Ahora me pareció un momento importante para hablar de ello”, dice.

“Este gobierno lo ha puesto en el índice de la discusión. El presidente, a cada rato, habla del tema del racismo y la 4T ha abierto una discusión sobre las desigualdades en general”, agrega.

“Yo no diría que en México hay más racismo ahora. Es bueno hablar de ello. Estamos avanzando en el sentido de que el racismo se está volviendo más intolerable. En el resto del mundo no me dedico mucho a estudiarlo, porque tenemos que dejar de ver los otros países y empecemos a vernos nosotros”, afirma.

“Somos un país asquerosamente racista”, agrega.

¿Qué pasa con los medios, cuando hay muchas revistas que tratan el tema de la realeza como si realmente importara en estos tiempos? ¿No estará también este México que muchos consideramos atrasado, como algo refractario a la modernidad?

Hernán Gómez Bruera
Siempre el blanco en México ha sido privilegiado. Foto: Cortesía Facebook

“Yo hablo de eso en uno de los capítulos. Hay un analista que se dedicó al tema de la blancura en los medios, Mario Arriagada: están llenos de personas blancas, más que en la propia élite mexicana. Cuando ves esa revista, el 80 o 90 por ciento es de tez clara. La élite mexicana no es tan clara y en realidad estas revistas nos muestran cómo aspira a ser la élite. En México la blanquitud es sinónimo de poder”, expresa.

“Reviso también otros ámbitos como la televisión, las plumas que escriben en los periódicos, los comerciales y lo hicimos con cálculos, con investigadores que me acompañaron en el libro. Es muy loco en México que si miras la televisión piensas que es un país definido y cuando sales a la calle te encuentras con el país real”, agrega.

Con respecto al racismo en torno a los sudamericanos y particularmente a los argentinos (teniendo en cuenta que Hernán viene de allí), Gómez Bruera dice que “eso no es racismo. Es un prejuicio reprobable, pero el racismo es una relación de poder históricamente determinada. Siempre el blanco en México ha sido privilegiado. Un argentino que llega a México es más el beneficio que obtiene por su tez clara y no existe un racismo en su contra”.

Como representante de la 4T, ¿qué opina Hernán Gómez Bruera de este gobierno? Estar en contra la cultura es una cosa, pero estar en contra de la salud, ¿Qué opina él?

“No soy representante de la 4T en absoluto, he simpatizado con ella de forma crítica. También pienso que el manejo de la pandemia no ha sido el mejor, pero también creo en pocos países ha habido un manejo irreprochable de la pandemia. Hay un objetivo de crear un Instituto Nacional de Salud donde todos los mexicanos podrían recibir atención gratuita, pero eso demora mucho tiempo”, opina.

“Creo que ha habido muchos errores, la resistencia del presidente a usar un pinche cubrebocas es indignante, que las medidas han sido muy erráticas, pero no sé qué tanto mejor lo hubiera manejado otro gobierno. Lo que estamos viviendo es una situación del abandono de la salud durante mucho tiempo”, expresa.

Hernán Gómez Bruera
El color del privilegio, editado por Planeta. Foto: Cortesía

Fragmento de El color del privilegio, de Hernán Gómez Bruera, con autorización de Planeta

Eres un racista. Sí, tú, quien está leyendo estas páginas. Te estoy acusando a ti, que seguramente estás convencido de ser incapaz de incurrir en ese vicio, a ti que muy probablemente veas siempre el racismo en el ojo ajeno, pero nunca en el propio. Desde la primera página te atribuyo un adjetivo sin conocerte. ¿Resulta una afrenta? Qué pena. Pero es la verdad. Y aclaro: no te estoy llamando clasista, algo que a muchas y muchos les resulta más sencillo de aceptar y reconocer en sí mismos y en los demás. Nada de eso, lo que te estoy diciendo es que eres un racis-ta. Lo eres tú… y lo soy yo también. Lo somos todos. Ya va siendo hora de que dejemos de engañarnos a nosotros mismos porque todos tenemos, en mayor o menor medida, algo de racistas. No se trata aquí de buscar pretextos para eludir la responsabilidad de cada quien, sino de darnos cuenta de que todas y todos —estemos o no conscientes de ello— tenemos una forma de racismo guardada en algún lugar. Lo que busca este libro es descubrir dónde se aloja ese racismo para tratar de erradicarlo.

El racismo en México ha sido por largos años un asunto difícil de nombrar y reconocer. Raramente logramos tener una discusión racional sobre el tema porque su sola mención nos incomoda y suscita posturas defensivas entre propios y extraños. Ese racismo no siempre se mani- fiesta en una abierta exclusión hacia ciertos grupos o en manifestaciones de segregación y violencia, como es más frecuente en otros países. Nuestro racismo está tan normalizado y es a tal punto recurrente que muchas veces no es reconocido como tal; se “disfraza” de otra cosa,  de algo menos amenazante. En ese sentido, es un racismo vergonzante e hipócrita. Uno donde el valor de las personas —sus virtudes y su inteligencia, su talento o su atractivo físico— se asocia a diferencias en el tono de piel (a veces muy sutiles), así como a la mayor o menor presencia de rasgos que suelen ser percibidos como «autóctonos» (los estudiosos los llamarían «racializados»), por hacernos recordar nues- tras raíces prehispánicas. En general, es un racismo vinculado a la invisibilización y el desprecio que existe hacia la cultura y el idioma de los pueblos indígenas.

Aunque históricamente hemos preferido no ver nuestro racismo, nos acompaña todos los días y está en muchos ámbitos de nuestra vida: comienza por mostrarse en el lenguaje y podemos encontrarlo en las expresiones del habla popular que empleamos a diario, desde las frases que nos parecen de sentido común hasta los refranes, pasando por el humor al que recurrimos día a día, el tipo de comedia que consumimos y los chistes que contamos. El racismo es tan fuerte que marca nuestras relaciones personales y determina incluso quiénes son nuestros colegas y amigos. Está dentro de nuestras familias y en nuestras escuelas, donde aprendemos a ser racistas desde muy pequeños y donde a menudo somos objeto de discriminación racial y la ejercemos en contra de nuestros propios parientes, compañeros y amigos. El racismo marca con fuerza nuestros patrones de belleza en el mundo de la publicidad, el periodismo, los medios de comunicación, el cine y la televisión. Existe, desde luego, en la política como un todo, en las políticas públicas y en los políticos, tanto de izquierda como de derecha, además de que se refleja socialmente en las actitudes que mostramos hacia cierto tipo de migrantes (muchas veces los que más se parecen a nosotros, como son los provenientes de Centroamérica), y en las políticas migratorias que históricamente ha instrumentado el Estado mexicano.

Sufrimos y ejercemos racismo en los hospitales y en el trabajo, donde muchas veces los encargados de reclutamiento, promoción o permanencia toman decisiones —consciente o inconscientemente— a partir de los rasgos y la apariencia física de las personas (eso que para evitar llamar por su nombre solemos denominar «el porte» o «la buena presencia»), en lugar de premiar criterios como el talento, el mérito o el es- fuerzo, por mencionar algunos. Pero ese racismo está también presente en los espacios de entretenimiento, donde el tono de piel y la apariencia física determinan muchas veces si entramos o no a un simple bar o a un antro.

Por sobre todas las cosas, ese racismo puede determinar si somos pobres o ricos y, sobre todo, qué tan pobres o ricos somos. Y es que, de manera muy evidente, nuestro racismo está íntimamente emparentado al clasismo; más incluso en otros países del mundo donde esa asociación también se puede encontrar. Para comprobar que vivimos en una sociedad racista no hace falta recopilar demasiada evidencia y estudios, aunque estos siempre son necesarios: basta con echar un rápido vistazo a la realidad para ver quiénes son los grandes empresarios y cuál es  su tono de piel; quiénes son los pobres y de qué color son; de qué tez están llenas las cárceles y de cuál las estrellas en las telenovelas; quiénes ocupan y han ocupado los espacios de poder más importantes en el país y qué tipo de personas aparecen en las revistas de sociales. Porque mientras en México el privilegio es de color blanco, la pobreza tiene por lo general la piel morena y la indigencia el rostro indígena.

En general, la atención cuando se habla de racismo suele estar en sus víctimas. Menos interés solemos mostrar en la otra cara de esa misma moneda: la de quienes están arriba de la pirámide social y gozan de un privilegio otorgado por nacimiento. Un privilegio que en México tiene en la blancura uno de sus principales ingredientes. Ese es precisamente el enfoque que he querido dar a este libro. Desde luego, ello no implica que solo los privilegiados ejerzan discriminación racial. Bien sabido es que se da en todos los niveles. Sin embargo, hay un racismo que emana de las élites y los sectores acomodados del que no hemos hablado lo suficiente. Por el efecto multiplicador que las acciones de esos sectores tienen ante el conjunto de la sociedad es importante ponerles más atención, porque, gracias a su poder e influencia en los más diversos ámbitos, estos grupos tienen una capacidad mayor para imponer una serie de estereotipos y estigmas al resto de la gente que constituyen la base de una forma racista de pensar y actuar.

El privilegio blanco —del que pocas veces hablamos porque quienes lo detentan nunca han necesitado enunciarlo como tal— está presente en todos los ámbitos. De tez blanca son —como lo calculamos con datos duros para este libro— el grueso de los empresarios y banqueros que concentran la mayor tajada del producto interno bruto (Pib) en nuestro país; quienes ostentan las posiciones de poder más altas en la política: desde la mayoría de los secretarios y secretarias de Estado hasta los ministros y ministras de la Suprema Corte de Justicia, pasando por  los gobernadores de las distintas entidades federativas. De tez clara son —en su mayoría— quienes tienen la capacidad de formar opinión porque controlan los principales medios de comunicación, conducen noticieros y escriben columnas en los periódicos. Hombres y mujeres de tez blanca son, también, los que aparecen en comerciales de tele- visión, gran parte de los directores de películas mexicanas y hasta la mayor parte de las mujeres que suelen ganar los concursos de belleza de mayor impacto mediático.

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El contexto en el que vive una parte importante de las élites blancas en nuestro México las hace crecer con enormes delirios de grandeza, con una percepción de ser más poderosas que las demás, más ricas, más atractivas, más sofisticadas, más cool y hasta más inteligentes que las mayorías morenas. Esa percepción muchas veces va acompañada de una sensación de merecer una serie de satisfactores por el simple hecho de ser quienes son: por su origen, por su apellido, por su «cuna», por su tono de piel. Claramente, muchas de estas personas han tenido oportunidades inmerecidas que exceden por mucho sus capacidades, sus talentos, sus esfuerzos y su dedicación.

Es poco probable que esa gente cuestione sus propios privilegios. A ella va dirigida en gran medida la crítica que en los últimos años se ha hecho hacia los llamados whitexicans, un término que comenzó con un simple tuit y alcanzó más tarde escala viral. Aunque hasta ahora es difí- cil acertar si ese debate que se ha dado sobre todo en las redes se limita a un simple meme o podrá derivar en una crítica social más elaborada, se trata de un término que satiriza el raci-clasismo de las élites; es un recordatorio de que en México el estatus social, la apariencia física y  el tono de piel ejercen una influencia mucho más determinante que en otras sociedades.

Como autor de este libro, estoy plenamente consciente de que en el contexto que estoy describiendo me ubico dentro del privilegio. Sin pecar de autorreferencial, pero sin ser deliberadamente omiso, me anticipo a la crítica que seguramente harán varios lectores. ¿Por qué alguien que pertenece a la güeritocracia y es parte de la blanquitud escribe un libro sobre el racismo del cual se ha beneficiado? No estoy seguro de tener una respuesta persuasiva ante ello. Puedo decir, sin embargo, que me resulta inquietante cada vez que me pongo a reflexionar cuánto de lo que he logrado alcanzar en la vida —poco o mucho, según sea el referente de comparación— tiene que ver con una dimensión tan vacía e insignificante como es mi tono de piel y mis rasgos físicos.

En varios momentos, mientras escribía este libro, reflexioné sobre las ventajas que eso ha significado a lo largo de mis más de 40 años de existencia, desde pequeño hasta hoy. Traté de ser honesto conmigo mismo y elaboré una lista extensa, en la cual incluí desde los aspectos más nimios hasta los más significativos. Tan larga resultó ser esa lista que me sorprendió y preferí detenerme ante la incomodidad que me generó. Mencionaré, por tanto, solo algunas cuestiones, a pesar de que varias de ellas hacen que me sonroje. Por ejemplo, cuando siendo pequeños mi hermano y yo solíamos ir a un centro comercial a pedir dinero a la gente, y para aumentar nuestras posibilidades de éxito inventábamos que nuestros padres nos habían dejado ahí, se habían marchado sin nosotros y no teníamos manera de volver a casa. No sé cuántos en rea- lidad se creían el cuento. De lo que estoy seguro es de que, de no ser un par de güeritos, no nos habría ido tan bien con la caridad cristiana. En temas más serios y determinantes para la vida de un ser humano, recuerdo también el trato que recibíamos cuando acudíamos al Instituto Nacional de Pediatría para tratarnos una deshidratación, una herida que merecía costura o una conmoción cerebral por habernos dado un gua- mazo. El trato que nos brindaban en aquel hospital público —donde algunas de las enfermeras se fascinaban con nosotros, los rubios— nunca era el mismo que el de otras personas que debían someterse a esperas más largas y que incluso eran objeto de un trato mucho menos amable que el que recibía mi familia. Recuerdo también cómo, muchos años después, siendo joven —aunque ya mayor de edad—, fui a dar a una celda por haber cometido una imprudencia a altas horas de la noche. No era el único allí, éramos muchos más: 20 o 30, quizá, que entramos casi al mismo tiempo. Solo había un güero que fue el primero al que las autoridades de la delegación dejaron salir.

El privilegio blanco ha estado presente en muchos otros momentos de mi vida: en que nunca me hayan rechazado para entrar a un antro u otro espacio de entretenimiento; en que ciertas personas me vean más, me escuchen más, me pongan más atención o simplemente recuerden mi nombre; en que algunos maestros de la universidad consideraran más valiosas mis opiniones y una maestra haya dicho por ahí —para mi vergüenza— que haberme visto el primer día de clases fue como encontrarse «un sol en medio de la negrura»; en que las personas no me consideren feo ni desagradable a la vista porque mi tono de piel suele ser percibido como la antítesis de eso en esta sociedad; en que quienes están en posiciones de poder o influencia me consideren parecido a ellos y sea más probable que se interesen en cruzar alguna palabra conmigo, incluso en darme una oportunidad de algún tipo.

Probablemente también ese privilegio es el que me ha permitido opinar en la televisión nacional, conducir un programa o escribir en un diario. Podría decir incluso que he disfrutado del privilegio de no tener que hablar jamás de mi propio privilegio —porque este suele ser in- cuestionable—, salvo por decisión o iniciativa propia como ahora. Desde luego que también ha habido desventajas, como haber sido bulleado durante un año entero de la preparatoria, cuando decidí incursionar en una escuela pública, tema del que hablaré en el primer capítulo; pero nada que pueda compararse con las mieles generadas por mi privilegio. Una enorme sensibilidad acompaña cualquier discusión sobre racismo en México. Cuando el tema se menciona nos sentimos atacados y, en ocasiones, el simple hecho de que alguien hable del asunto públicamente es suficiente para ser etiquetado como racista. Y es que nadie quiere reconocerse como tal, a pesar de que —como sostengo en este libro— todas y todos en alguna medida lo somos porque, consciente o inconscientemente, clasificamos y jerarquizamos a otras personas a partir de sus rasgos físicos y su pertenencia étnica, ya sea de manera deliberada o de forma no intencional, como ocurre en la mayoría de los casos. Se trata —y esa es mi invitación al escribir estas páginas— de que cada uno examine dónde guarda su racismo y en qué tipo de racismo se encuadra su manera de ser, pensar y actuar frente a los demás.

No comparto la idea de que hablar sobre racismo y raciclasismo pueda ser peligroso, contraproducente o perjudicial. Tampoco creo que hacerlo polarice a nuestra sociedad —como creen algunas almas tibias y pusilánimes— o que pueda destapar «la caja de pandora», como piensan quienes están cómodos con su privilegio y desean que permanezca inefable e inalterable. Estoy convencido de que la lucha contra el racismo en México pasa, en primer lugar, por romper el silencio y discutir el tema. Creo que debemos polemizar sobre el asunto de forma tan acalorada como sea necesario. Esa lucha, desde luego, pasa también por examinar nuestro propio privilegio y por deconstruir —cada uno— el racismo nuestro de cada día.

El libro que hoy presento no pretende ser una contribución original a los estudios sobre racismo, salvo quizás el segundo capítulo, en el que sugiero una tipología sobre distintas manifestaciones del racismo mis- mo. Lo que he intentado hacer, en todo caso, es compilar de una ma- nera amena y accesible a todo tipo de público buena parte de lo que se ha escrito, tanto por parte de especialistas como de periodistas que han elaborado reportajes sobre aspectos específicos ligados al tema. Los primeros capítulos, en particular, se basan en una serie de trabajos académicos realizados por expertos en racismo a partir de disciplinas como la historia, la sociología y la antropología. Así, comienzo por re- capitular, en los primeros cinco capítulos, las definiciones básicas sobre el racismo y sus características en México, para abordar también las in- tersecciones entre clasismo y racismo, y de qué está hecho el privilegio blanco en nuestro país.

A partir del sexto capítulo reviso el problema del racismo en ámbi- tos particulares de nuestra vida, comenzando por el lenguaje; luego continúo con el racismo que aprendemos en la escuela y la familia, y con el que determina nuestro ideal de belleza, que está presente en la publicidad, el cine y la televisión. Más adelante trato el tema del racismo en la comentocracia y los medios, y el «racismo cadenero»:  ese que nos topamos en bares y antros en los que se selecciona a las personas a partir de su apariencia física. Hacia el final del libro analizo el racismo que históricamente ha definido nuestras políticas migratorias y el que hoy marca nuestras actitudes hacia las personas migrantes. Después me refiero al racismo que marca nuestra relación con las trabajadoras del hogar y dejo para los dos capítulos finales el racismo en la política y una forma particular de este último, que hace tiempo denominé como «la pejefobia»: el racismo y el clasismo dirigido hacia el presidente Andrés Manuel López Obrador, pero, sobre todo, hacia las mayorías que lo siguen.

He podido conversar sobre este libro con algunos de los principales estudiosos del racismo en México, como: Federico Navarrete, Olivia Gall, Eugenia Iturriaga, Patricio Solís y Alice Krozer, a quienes les agradezco su orientación y apoyo, en especial a esta última, quien leyó prácticamente todo el manuscrito antes de ser entregado a la editorial, junto con José Antonio Aguilar de la organización Racismo MX, otro gran conocedor del tema. En la elaboración de este trabajo conté con la valiosísima colaboración de algunos estudiantes que fungieron como asistentes de investigación, particularmente, el talentoso José Manzano y el impetuoso Manuel Chong, quienes trabajaron en la elaboración de encuestas, en la medición de tonos de piel y otras tareas. Me apoyaron también a revisar este escrito y brindaron valiosos comentarios Violeta Vásquez, además de José Antonio Aguilar y Alice Krozer, a quienes ya mencioné. También le agradezco a Alexandra Haas y al equipo del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, así como a su par en la Ciudad de México, el Copred, por brindarme información valiosa. También, desde luego, con mi amigo, el publicista Pepe Becker, quien me sugirió trabajar sobre este tema, y con mis editores de Planeta, Karina Macias, Gabriel Sandoval y Pierre Herrera. Estoy agradecido también con Tambo, porque su alma me acompañó en silencio mientras escribía estas páginas, y especialmente lo estoy con un bote que me ha permitido navegar por mucho tiempo y llegar mucho más lejos de lo que jamás imaginé.

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