José José

¡Víctor Hugo, hermanito! ¡Qué alegría, verte! ¿Le metiste al inglés?

José José, el cantante del pueblo, muere sin apagar su voz

El periodista recuerda cuando el Príncipe quiso que fuera a su casa para entrevistarlo. Unas memorias adecuadas para José José, que hoy ha partido.

Ciudad de México, 28 de septiembre (MaremotoM).- Es difícil ser periodista y ser fan de alguien. En el caso de José José, era y sigue siendo inevitable no ser fan.
Muy fan.

Desde mi tierna infancia y adolescencia, mi historia amorosa y de desamor se ha escrito con sus canciones. Y puedo presumir: me sé toda su discografía.

Por eso, cuando en 1988, a mis 21-22 años, mi jefe en El Heraldo de México me dijo: vamos a comer con José José, porque quiere conocerte, casi me muero de la emoción.

¿De verdad, El Príncipe quería conocerme? ¿Era un truco de mi jefe para hacerme trabajar en domingo? Y, como siempre, el ego me ganó.

Y ahí estaba yo, en pleno domingo, al mediodía, tocando la puerta de una enorme casa en El Pedregal.

Esperaba que un asistente, la servidumbre, abriera la puerta y no, no; fue el mismísimo José José, a sus 40, en plenitud, quien me recibía.

–Pero, Víctor Hugo, ¡eres un niño! ¿Tú escribes esas maravillosas entrevistas?

–Gracias, señor; sí, soy yo.

–¡Caramba, apenas puedo creerlo! Pensé que eras un señor de más edad. Pasa, pasa, tengo muchas ganas de conocerte y de que me entrevistes; ¡ya todos han salido, menos yo!

Comprenderán, yo estaba flotando.

El único ídolo musical que he tenido (además de Frank Sinatra) me había invitado ¡A SU CASA!

Conocí ahí mismo a Anel, su entonces esposa, a Pepito y a Marisol, sus hijos en ese momento, unos niños que jugaban y reían.

A simple vista, parecía una familia normal, que ese domingo tenían la cocina llena de cajas de Chaparritas de sabores -comprenderás que en esta casa no se bebe alcohol-, y se disponían a ver el Súper Tazón.

–¿Te gusta el fútbol americano? ¿Te gustan los tacos dorados de papa y pollo? Es lo que hacemos, cuando estoy en casa, comemos viendo la televisión.

–No me gusta el futbol, pero la comida está bien. Gracias.

Pasaron varias horas, la charla era, para mí, fascinante.

Me habría contado, entre muchas otras cosas, tres dudas que tenía yo de su discografía.
1.- Almohada.
2.- Tal como eres tú.
3.- Linda disco.

–¿Sabes que es difícil ser artista y que todo mundo quiera que escuches sus canciones?

Mira, no me conoces, pero puedo estar en un aeropuerto durante horas firmando autógrafos, tomándome fotos. Esa gente, cada una de esas personas, te agradecerá que te hayas tomado el tiempo. Al final, se convierten en los que comprarán tus discos, en los que pagarán un boleto para verte. A ellos nos debemos. Así, ha habido días en que me entregan hasta 100 cassettes con sus canciones; me han dado hasta servilletas con la letra de algún tema.

–¿Y los escucha todos? ¿Tiene alguien que lo haga por usted?

–Los escucho todos personalmente. Así, un día me dejaron un casette en un hotel, y el señor que me lo dio tuvo que irse y yo me metí a bañar y casi enloquecí cuando escuché “Almohada”. Salí, pregunté por él, y nada, no había dejado ni su nombre ni una dirección ni nada que pudiera indicarme quién era el autor. Pero no podía dejar de grabarla. Y no me equivoqué: es un himno, a la gente le gusta mucho.

–¿Y qué pasó con ese autor?

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–Pasó un buen tiempo, hasta que un día apareció; no me había olvidado de su cara, así que lo ayudamos a que registrara su tema y que recibiera sus regalías correspondientes.

–Del cover, al tema de Billy Joel, ¿qué me cuenta?

–Estábamos en España, grabando ese álbum, pero nos faltaba un tema. Una tarde fuimos a un restaurante, la escuché y les dije: hagamos la versión en español. En dos días tuvimos la versión y se quedó. No estaba contemplada en el inicio de la producción.

–¿Linda disco?

–Estaba de moda la música disco y yo quería experimentar; las letras de las canciones en inglés no eran, digamos, muy profundas, así que pensé: por qué no, y me aventé. Es la única canción de mi autoría.

Pasó la tarde, la comida; a despedirnos, José José me hizo un regalo.

–Víctor Hugo, tienes un ‘algo especial’; sé que llegarás muy lejos en este negocio, y necesitarás esto.

–Me dio un curso de inglés en cassettes y me dijo: “ponte a darle al inglés; tu mundo y tu manera de hacer periodismo te llevarán lejos”.

–Pasaron varios años para que yo volviera a encontrarme con él.

–Señor, ¿me recuerda? Hicimos la entrevista…

–¡Víctor Hugo, hermanito! ¡Qué alegría, verte! ¿Le metiste al inglés?

Lo vi cantar, en vivo, en El Patio; yo, acompañado de Rocío Durcal quien, entre aplauso y grito, me explicaba técnicamente por qué José José era un genio y un mago con su voz, y me explicaba que nadie podía hacer lo que él: cantar sin respirar y otras cosas que yo no sabía, pero que admiraba.

Así, el tiempo me permitió encontrarlo no una, sino muchas veces, más, y tuve oportunidad de verlo caer y volver a levantarse.

Su divorcio. Su recaída en el alcohol, en plenos ’90, cuando se quedaba dormido y borracho en las calles de un parque en Azcapotzalco y era triste saberlo así.

Para entonces, yo andaba en las mismas: en la autodestrucción con drogas.

Una noche, luego de su función en el Teatro Blanquita, pasé a saludarlo al camerino y, claro, entre adictos nos reconocemos y él, sin saber de cierto, se acercó y me puso un sobre en la bolsa del saco.

–No vayas a echarla a perder. Es una piedra, tienes que secarla y molerla; es de lo major que hay-, me dijo.

Su madre, que aún vivía, estaba ahí, viendo la escena.

–¿Una piedra? Yo también quiero me agarres a rocazos-, dijo la señora, creyendo que José José me habría dado, no sé, dinero, tan habituado estaba él en reglar todo.

–¡Ah, qué ruquita tan vaciada!-, dijo. Nos reímos.

Lo he vuelto a ver no una, cien veces más. Y he trabajado con él, incluso promoviendo sus actividades. Y tras caer y levantarse, recuperarse y emprender una vida plena de armonía con su esposa Sara, sigue siendo el mismo artista humilde, entregado.

Hemos ido a estaciones de radio donde, literalmente, hay que sacarlo porque las filas para tomarse fotos con él son interminables. Y él se deja apapachar.

Y, es que, cante o no, ¿quién no quiere a José José?

Hoy, los dos estamos del otro lado de la autodestrucción; los dos hemos caído, y nos hemos levantado.

Y es que, sí, entre las Aves Fénix también nos reconocemos.

Hoy, que sabemos que don José está enfermo, delicado, pareciera que es más que justa la letra del maestro Álvaro Carrillo cuando dijo:

“No te vayas, no; que ya tomó su rumbo mi barquilla; parece que diviso ya la playa; ayúdame a llegar hasta la orilla”.

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