Villa Olímpica

Villa Olímpica y la historia que no se contó: cuando el regreso de los padres se convirtió en el exilio de los hijos

Un documental de Sebastián Kohan Esquenazi estrenado en el Bafici ofrece testimonios de hijos de latinoamericanos que vivieron sus primeros años en México y retornaron al Cono Sur con la vuelta de las democracias. Relato de una generación que vive el desarraigo como condición permanente.

Ciudad de México, 30 de abril (MaremotoM).- En los  70, y eso lo sabemos bien, en Sudamérica hubo hombres y mujeres que debieron abandonar sus países de nacimiento perseguidos por sus ideas políticas. Esas personas, lo sabemos bien también, muchas veces huyeron junto con sus familias y se las arreglaron para sobrevivir en otras culturas. Muchos se asentaron en México, donde sus hijos aprendieron a caminar, a leer y a escribir y también a tener sus primeros amigos y sus primeros amores. En la memoria de esos padres, sus países de nacimiento se convirtieron en una utopía representada por un verbo: volver. Y ese regreso tomó forma cuando llegó el final de las dictaduras y muchos argentinos, chilenos y uruguayos emprendieron el retorno a sus lugares de origen. Sus hijos, otra vez, los acompañaron, aunque paradójicamente para ellos no había regreso sino exilio y, para muchos, trauma. De esto sabemos muy poco.

Villa Olímpica, la película dirigida por Sebastián Kohan Esquenazi, cuenta a través de diversos testimonios la experiencia de esos hijos marcados por la experiencia política de sus padres y obligados, por su corta edad, a seguirlos primero en el destierro original y luego en el retorno anhelado por los adultos pero sufrido por los más chicos. Son testimonios de hombres y mujeres hoy adultos, que vuelven a los años de su niñez o primera adolescencia para contar el modo que vivieron un desarraigo que los marcó para siempre. Villa Olímpica es el nombre de un complejo de 30 edificios y 904 departamentos ubicado en Ciudad de México, inaugurado para albergar a los deportistas, invitados y prensa extranjera que participaron en los Juegos Olímpicos de 1968 y que luego fueron puestos a la venta. En esos departamentos, a fines de la década del 70 vivían 3000 exiliados del Cono Sur.

 

Kohan Esquenazi nació en Chile, creció en México, volvió a Chile, luego vivió en Buenos Aires y en Madrid y hoy reside nuevamente en México. Es sociólogo, escritor y documentalista: entre sus películas se encuentra el documental Buscando a Panzeri. Aquellos que cuentan su historia en Villa Olímpica, que por estos días se está estrenando en el Bafici, son Pablo Gershanik, Alejandra Saez, Rodrigo Saez, Florencia Calcagno, Lucas Krolch, Soledad Gaspar, Fernando Gaspar, Paula Sepúlveda. Todos ellos recuerdan la sensación mixta de saber siendo pequeños que habían salvado sus vidas pero que parte del corazón de sus padres seguía en sus países. Y conservan en la memoria escenas que muestran cómo sus padres, viviendo en México, hacían todo lo posible por mantener una cultura ligada a sus orígenes.

Villa Olímpica
Kohan Esquenazi nació en Chile, creció en México, volvió a Chile, luego vivió en Buenos Aires y en Madrid y hoy reside nuevamente en México. Foto: Cortesía

Aquí, algunas de sus frases tomadas al azar, fragmentos de aquello que puede verse y escucharse en el documental, en el que toman la palabra personas cuyas vidas fueron marcadas a fondo por las historias y las decisiones de sus padres. Hablan los que volvieron, los que se quedaron y también los que regresaron pero volvieron a irse:

“Las escuelas se convirtieron en refugios”

“Antes que los cuentos infantiles conocí las historia de los derechos humanos en Chile”

“No entendíamos por qué nos íbamos”

“Los departamentos se quedaron vacíos”

“Teníamos una tristeza que no éramos capaces de entender”

“Nadie me preguntó: yo era parte de la maleta”

“No era una vuelta triunfante, fue como perder un brazo, había despedidas desgarradoras”

“El vuelo 384 de Aerolíneas Argentinas… Fue una temporada de muchos domingos a la tarde en el aeropuerto”

“Fui perdiendo amigos y amigas”

“Nosotros no volvimos, ellos volvieron. Nosotros llegamos, fue exilio al revés”

“Terminaba el exilio de ellos y empezaba el nuestro”

“Los padres eran inconscientes del proceso de los hijos”

“Te vas de lo único que conocés; estás sin querer estar”

El filme de Kohan Esquenazi se articula a través de los testimonios y hay también imágenes de archivo, además de grandes maquetas que representan escenarios clave. Hay, también, reproducciones de algunos de los relatos de los entrevistados, hechas en clave de sueño, de infancia deseada. En clave de una infancia feliz.

Entre las imágenes de archivo, hay una en particular que estremece y es la de una mujer adulta, que es recibida por familiares en el aeropuerto de Santiago. En el video la abrazan, la celebran, pero ella llora con la angustia de alguien que se va, no de alguien que regresa. Tal vez esos adultos tampoco regresaron a su territorio utópico, parece mostrar esa escena.

No es la primera vez que Kohan Esquenazi trata el tema, en los últimos años habló varias varias veces sobre su propia experiencia como hijo del desarraigo. “Ese proceso dio a luz a una generación de jóvenes, que ya no lo son tanto (ahora rondamos entre los 40 y 50 años) de personas que comulgan de manera extraña y dudosa con el concepto de arraigo y con la idea de nacionalidad. Un universo de gente que creció siendo extranjera (incluso habiendo nacido en el país del exilio) y que, en la mayoría de los casos, nunca dejó de serlo, aun cuando volvieron a su país de nacimiento. Todos pensaban que volvían, pero cuando llegaron a destino, se dieron cuenta que se iban. Muchos no soportaron el país del que siempre les habían hablado tanto, ese país que a la distancia parecía propio, y se volvieron a ir. Para muchos, es más fácil irse que quedarse. La tierra prometida nunca llegó. Esa generación hoy es una diáspora. No tienen tierra y no la tendrán”, escribió el director de Villa Olímpica tiempo atrás, en un artículo. Su película muestra esas contradicciones, ese dolor y lo que fue silencio y aceptación de un destino comienza a ser hablado en voz alta.

Lo que sigue es un intercambio de preguntas y respuestas que mantuvimos con el director en estos días por mail, por audios y por whatsapp.

-¿Por qué esta película? ¿Cómo surge y qué significa para ti?

-Surge un poco de casualidad, como surgen casi todas las películas. Me pasó que soy hijo de exiliados. Mi madre, exiliada chilena conoció en Buenos Aires a mi padre argentino y cuando nací, en el 79, a los pocos meses tuvieron que huir por tierra a Paraguay y terminé llegando a México muy chiquito. A los 13 años, con el retorno de la democracia a Chile me tocó volver, y hubo un cambio de vida y el inicio de un trauma que poco a poco fui convirtiendo en virtud, que es el hecho de ser desarraigado y de ser de muchos países a la vez pero a la vez de ninguno. El desarraigo es un tema que yo trabajo, históricamente, también desde la sociología, forma parte de mí. Concretamente, la película surge hace unos seis años, cuando vine una semana a Ciudad de México después 20 años de no venir. Iba en auto y por la ventana vi la Villa Olímpica y recordé su existencia; vi un condominio habitacional de edificios rojos, de ladrillo a la vista e inmediatamente me di cuenta de que ahí, en ese lugar, había sucedido una historia comunitaria brutal. Tan obvio me pareció que eso era tema de película, que lo primero que pensé es que esa película ya existía. Pero no. Lo que tenía clarísimo es que ahí había habido una comunidad de exiliados, sin dudas la más grande de México y yo diría que una de las comunidades de exiliados latinoamericanos más grandes del mundo. Cuando pedimos los primeros fondos para hacer la investigación, me interesaba saber cómo había sido el momento de ruptura de familias, de amores, de amistades cuando volvieron las democracias al Cono Sur y algunos exiliados decidieron volver. Y después me fui dando cuenta de que era también el momento de contar la historia de mi generación. Es como que tenían muy elaborado el discurso de su vida, de su travesía, pero nunca nadie les había preguntado por el sufrimiento de sus hijos.

-¿Hubo algún momento clave para que esto ocurriera?

-En un momento, bastante avanzada la investigación y con varias entrevistas hechas, le pregunté a un exiliado chileno ya retornado a Chile cómo recordaba él las mañanas cuando llevaba a sus chicos a la escuela porque en mi caso ése era el momento que más sufría en Chile: yo quería ir a mi escuela mexicana no a la chilena. Y me pasó con él y con otros que, ante esta pregunta, se quedaban paralizados. Es como que tenían muy elaborado el discurso de su vida, de su travesía, pero nunca nadie les había preguntado por el sufrimiento de sus hijos. Un entrevistado me dijo una frase mágica: el retorno de los padres fue el exilio de los hijos. Y ahí me di cuenta de la película que quería hacer. Claro que yo no lo nombro como el exilio de los hijos sino como el destierro, en principio porque la palabra exilio tiene características políticas de las cuales me quiero separar porque el objetivo primordial de esta película es contar la historia de mi generación pero hacerle justicia, entonces no quise utilizar palabras que remiten a contextos políticos diferentes del nuestro, que es lo que ha sucedido gran parte de las veces con las películas de memorias latinoamericanas. Nos quedamos un poco trabados en el discurso de los padres y pareciera como que nosotros también fuimos perseguidos y también somos víctimas del terrorismo de Estado. Es cierto que de alguna manera lo somos, de hecho en Argentina algunos hijos de exiliados los están planteando: el exilio como un abuso a los derechos humanos, pero nosotros vivimos otra vida, diferente a la de nuestros padres, y tenemos que valorar ese hecho. Debemos encontrar nuestros propios códigos y detectar nuestros propios traumas y no seguir con las banderas de ellos. Para mí esta película es contar mi vida y la de mi generación y creo que va a ser una película sanadora de alguna manera porque como dice Pablo que decía su madre: nosotros estamos llenos de agujeros, que son irrellenables, solo nos queda contar nuestra vida porque si no lo contamos, lo que está adentro se pudre.

Te puede interesar:  Al sur, una crónica de un lugar mágico, al lado de un cerro encantado

-¿Cuándo empezaste a filmarla y cómo fue surgiendo el formato o, más bien, el cruce de formatos?

-La película empieza a filmarse durante el proceso de investigación, 2016/2017 y quedaron muchas imágenes por su carga emotiva, más allá de su calidad. Siempre estuvo pensado como documental pero con una característica: todos siempre reconstruimos algo, las respuestas no tienen ni un gramo de objetividad, me parecía importante recalcar que lo que la película contaba era lo que habíamos reconstruido para poder contar nuestra historia. Me parecía interesante porque la generación de nuestros padres, la generación política que contó su historia, lo hizo bajo un código histórico en el cual la objetividad aún formaba parte de la episteme con la cual pensaban. Antes de la caída del Muro de Berlín, todavía existían estos grandes objetivos de cambiar el mundo, después empezaron a fragmentarse las luchas y se generaron luchas menos políticas y más culturales y nosotros somos hijos de ese tiempo. Y entonces también cambiaron las películas. Antes las pelis de los 70 80 las historias se contaban como si las pudieran contar de verdad; nosotros no, contamos nuestras propias historias y desde donde queremos contarlas, sin necesidad de hacerle justicia a una gran ideología o a alguna gran bandera. Entonces, quería dejar claro que los recuerdos eran recuerdos, o sea, reinventados. Surgió una película de entrevistas pero con recreaciones de nuestros recuerdos, siempre con carácter onírico: un poco lo que recordábamos, lo que nos contaron, lo que queríamos que fuera. Después me encontré con Pablo Guershanik, cuyo relato funciona como hilo conductor. Él que cuenta su vida, que es una tragedia, como cuando asesinan a su padre delante suyo. Pablo quería contarlo y contárselo a sus hijos pero no quería que fuera una mochila y le pareció que a través de las maquetas podía recrear ese pasado. Lo conocí en el Centro Conti, cuando él, a través de una maqueta de la ciudad de La Plata, contaba la historia del asesinato de su padre. Me pareció que estos elementos que él planteaba podían servir para contar la historia de los hijos de los exiliados y así empiezan a aparecer las maquetas, la maqueta de La Plata, una maqueta del Palacio de La Moneda, una maqueta de la Villa Olímpica. Teníamos maquetas y recreaciones y luego aparecieron montones de materiales de archivo, que arrasaron con todo por su potencia.

-¿Cómo elegiste a los entrevistados?

-Yo no sabía qué entrevistados quería porque al principio no sabía tampoco qué historia contar. Uno genera contactos, la gente te cuenta sus vidas y uno vuelve a su casa y piensa qué historia contar con esas historias. Al final me fui dando cuenta de que me interesaba instalar un falso código infantil (somos adultos pensando qué pensábamos cuando éramos niños) y la verdad es que los entrevistados que quedaron fueron los que narraban el retorno al Cono Sur del modo en que yo recordaba ese retorno. Finalmente la historia que yo quería contar era una historia conocida.

-¿Hubo gente que prefirió no participar?

-Hubo una sola persona en todo el proceso de investigación y rodaje que no quiso ser entrevistada porque sentía que le removía ciertas cuestiones a las cuales no quería volver. Hubo más de 150 entrevistados y la totalidad accedió a contar, y con mucho amor y cariño. Eso nunca fue un problema. Somos una generación que estamos ávidos de contar nuestra historia y es importante contar la historia de una generación que no tiene país o que lo tiene a medias pero que siempre, esté donde esté, va a tener gente lejos. El tema del desarraigo se toma poco o nada, es un tema que no se entiende. Los que no lo padecen no lo entienden del todo, incluso los que lo padecemos lo entendemos poco. Una vez que una persona tuvo que irse de su país por razones políticas, las generaciones que le siguen, al menos un par de ellas, va a padecer de alguna manera estar lejos de algo. Y estar lejos de algo implica estar lejos para siempre porque cuando uno cree que es de un lugar… por ejemplo nosotros, que pensábamos que éramos sudamericanos en México, cuando nos tocó volver al Cono Sur pensábamos que volvíamos a nuestro lugar de origen, pero era un lugar de origen inventado por ideologías familiares, ideologías políticas, porque era la tierra que nuestros padres quisieron cambiar y de la cual se fueron y a la cual había que volver aunque nosotros nunca hubiésemos estado ahí. Y una vez que volvimos nos dimos cuenta de que nosotros no éramos de ahí pero tampoco éramos de México, por lo cual el arraigo es algo que uno construye en la cabeza. Nuestros padres sí tenían un arraigo, ese país del que fueron y al que querían volver, el arraigo era la idea de volver. Después algunos volvieron y se dieron cuenta de que su país ya no existía y entonces no volvieron. El arraigo es algo parecido a la fe, una fe de que hay un lugar que sí es tuyo. Pero nosotros, la generación de los hijos, no tenemos ese lugar en la cabeza, esa Ítaca; no tenemos adónde ir, cada vez que llegamos a un lugar nos queremos ir a otro lugar. El arraigo es una idea filosófica muy rica y muy poco comprendida en el mapa sociopolítico. Hay un escritor inglés, John Berger, que trató el tema como nadie. Estamos regidos por la existencia de los países, con sus códigos y el proceso de adaptación social hace que el país sea importante pero la verdad es que hay un montón de personas que no tienen ese código nacional y van por la vida con sus propios códigos internamente, generando arraigos en el aire, digamos, y están ahí dando vueltas. Así como hay muchos más inmigrantes de los que creemos, y menos arraigo nacional que el que pensamos. El desarraigo tiene una característica interesante y es que es irreversible.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

Comments are closed.