Mónica Ojeda

Vivir dentro de la violencia significa aprender la violencia: Mónica Ojeda

Mónica Ojeda, ecuatoriana, que vive en Madrid, tiene muchísimos conceptos fuertes en torno a lo que es España, a lo que es la literatura latinoamericana, en un momento además donde ella es fenómeno mediático para el establishment. No se trata de ser modelo exótica para esta visión eurocéntrica que no es central en la literatura, sino de que me lean las latinoamericanas, es básicamente lo que dice.

Ciudad de México, 23 de febrero (MaremotoM).- Una de las cosas que me percato en la entrevista con la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda es lo inmensamente bella que es. Las fotografías no le hacen justicia. Claro, empezar hablando de esto no tiene mucho que ver o sí. Porque hablamos precisamente del cuerpo que está en todos lados en su reciente libro Las voladoras (Páginas de Espuma) y cómo vemos que los cuerpos de las mujeres son vistos siempre de refilón, con el patriarcado en la mano.

Hablamos por supuesto de ese valor en la literatura. Le digo que me molesta mucho la literatura del peruano Alonso Cueto como la de la incipiente Liliana Blum, que no hay géneros en este defecto. Y coincide, en esta visión un poco mágica y por qué no terrorífica que nos habla de criaturas que se suben a los tejados y alzan el vuelo y también de esa sensualidad intensa que vivimos en la adolescencia.

Mónica Ojeda, ecuatoriana, que vive en Madrid, tiene muchísimos conceptos fuertes en torno a lo que es España, a lo que es la literatura latinoamericana, en un momento además donde ella es fenómeno mediático para el establishment. No se trata de ser modelo exótica para esta visión eurocéntrica que no es central en la literatura, sino de que me lean las latinoamericanas, es básicamente lo que dice.

Las voladoras reúne ocho cuentos que se ubican en ciudades, pueblos, páramos, volcanes donde la violencia y el misticismo, lo terrenal y lo celeste, pertenecen a un mismo plano ritual y poético. Mónica Ojeda nos vuela la cabeza con un gótico andino, que es como quiere que su libro se caracterice y nos muestra, una vez más, que el horror y la belleza pertenecen a una misma familia.

Nació en Guayaquiel en 1988. Es autora de las novelas La desfiguración Silva (Premio Alba Narrativa, 2014), Nefando (2016) y Mandíbula (2018), así como de los poemarios El ciclo de las piedras (2015) e Historia de la leche (2020). Sus cuentos han sido recogidos en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (2014) y Caninos (2017). Ha sido seleccionada como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica por el Hay Festival, Bogotá39 2017 y premiada con el Next Generation Prize del Prince Claus Fund 2019 por su trayectoria literaria.

–Todo el discurso del boom lo estás devolviendo con otra visión, como si la mujer ahora pudiera hablar

–Siento que en realidad siempre hemos podido hablar. Siempre hemos estado haciendo cosas potentes en términos literarios. Si hablamos solo de calidad literaria, siempre hemos estado las escritoras haciendo cosas potentes e interesantes. Yo me siento deudora de esa tradición de escritoras fascinantes, que siempre ha tenido nuestro continente y que ahora ha habido un cambio de recepción se están leyendo más que nunca. Se leen obras que nunca debieron haber estado sepultadas.

Mónica Ojeda
Las voladoras, editada por Páginas de Espuma. Foto: Cortesía

­–Veo ese contexto latinoamericano que tanto describía el boom, pero no se veía el drama que tú estás contando y me siento tan cerca de esa sensualidad y por otro lado la tragedia. Todo eso estaba tapado.

–Por eso digo que ha habido un cambio en la recepción. Antes se leía más a autores hombres, que tenían su visión del mundo reducida a sus experiencias corporales y como sujeto que observa a los demás. Pienso que si algo puede aportar la experiencia de la escritura de mujeres es que traemos experiencias que no han sido contadas o que han sido relegadas o que han sido contadas de manera muy maniqueas, fuera de la experiencia carnal, fuera de las violencias que nos atraviesan. Creo que allí hay una posibilidad de trabajar con la escritura, de vincularla al cuerpo, con una intención de que la literatura debe ser ese campo salvaje donde exploremos las experiencias humanas.

­–Me parece que el cuerpo visto desde uno adquiere otra dimensión. Me acuerdo de una novela de Alonso Cueto o de Liliana Blum, no necesariamente por el hecho de ser escritora vas a escribir contra el patriarcado o desde la mujer misma

­–Claro. Totalmente. No tiene tanto que ver con cómo te definas sexual o genéricamente, tiene que ver con la mirada sobre el mundo, que sea desnormativizada, que sea poco estereotipada y un escritor hombre puede escribir sobre un personaje femenino absolutamente fascinante y de hecho ha pasado. No me quiero privar de escribir sobre hombres, de hecho el último cuento (“Soroche”), que es mi favorito, está protagonizado por un hombre de 54 años, tanta distancia generacional, que cuando lo he escrito he llorado. He generado una situación emocional que a priori no tiene nada que ver conmigo. La literatura es un juego de empatía, de ensanchar la empatía, tratar de ponerte en la piel de alguien que no eres tú. No hay limitaciones, la única limitación es tu capacidad como escritora de empatías.

Mónica Ojeda
Debemos como lectores y escritores latinoamericanos pensar que el centro es España, pero no lo es. Foto: Cortesía

–Cuando viene esa etapa de la adolescencia una no establece límites

–Lo que me fascina de la adolescencia, que es un tema que trabajo en la mayoría de mis libros, es que es una etapa que se vive todo con mucha intensidad. Ese marco entre los 12 y los 17 descubrimos que el deseo va mucho más allá de la imaginación. En la infancia el deseo existe, pero de otra manera. En la adolescencia todo se vuelve intenso y esa intensidad es lo que me atrae, parece que todos los sentimientos son los últimos. Las emociones parece que estuvieran derrumbando esos límites.

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–Por otro lado, en esas emociones ¿no hay también peligro?

–Entiendo esto, pero no entiendo cuál sería el deber de la literatura ahí. Políticamente lo abrazo, pero la literatura ojalá pudiera cuidarnos. Para mí, desde mi poética personal, tiene que ver con abocarse a la exploración sin ningún tipo de temor. Saber explorar donde es difícil mirar. Trabajar los personajes desde los que hablábamos con posturas no maniqueas. No convertirlo en enemigo solamente, también ver cómo funcionan estas retóricas de la violencia. Cuando somos víctimas somos al otro día victimarias, porque la violencia te hace eso. Te convierte también en una persona violenta. Vivir dentro de la violencia significa aprender la violencia. Lo cual creo que es el mayor peligro de la violencia.

–Con respecto a la literatura, tu libro me hizo acordar a Cometierra y a Mariana Enríquez. Esto siniestro y mágico se agrega a la vida cotidiana

–Encuentro interesante cómo lo fantástico convive con nosotras de una manera absoluta. Lo mítico, lo simbólico, en las cosas que podremos creer o no, el límite entre lo que es real o no es un sistema de creencias. Creo que es algo muy atractivo en literatura, trabajar en esos bordes, donde esos bordes no están tan limitados. Me parece súper interesante porque tiene una fuerza narrativa, con unas imágenes tremendas.

–¿Cómo es la sociedad ecuatoriana donde naciste? Entrevisté hace poco a María Fernanda Ampuero y ella me hablaba de las muchas mujeres que hacían buena literatura en Ecuador

–Yo nací en Guayaquil, que pertenece a la costa, es una ciudad llena de manglares, es una cosa recurrente en mi literatura: los manglares y los cocodrilos. Es una ciudad hostil, llena de violencia. Violenta con todos y sobre todo con las mujeres. Es un lugar difícil para vivir, un calor donde hierven las entrañas de los lagartos, donde hace calor los 365 días del año. También vivo en un país andino, estoy irremediablemente atraída por ese paisaje que es la cordillera andina y también por la visión indígena que es la parte fundamental de todo. Si tuviera que definirte a Ecuador emocionalmente diría es una geografía de lo sublime, en ella conviven la belleza como el horror. Hay belleza extrema y hay horror extremo. Sus formas de desarrollarse históricamente, sus paisajes, al final es lo que ha generado mi narrativa. Mi narrativa es ese contraste entre el horror y la belleza. Estoy fascinada con la literatura de Ecuador, pero da igual, la calidad de la literatura ecuatoriana se vale por sí misma. Ahora están saliendo muchas autoras, son publicadas por otros países y por lo tanto llegan a lugares donde no llegarían. Es una literatura muy original.

–¿Cómo ves a esta literatura latinoamericana entrando a Europa? ¿Cómo te sientes, teniendo en cuenta que eres un fenómeno mediático?

–Si soy sincera, la literatura latinoamericana es importante pero no porque se difunda o no se difunda en España. Yo terminé publicando en España porque se dio así. Intenté publicar en Ecuador, pero no fue así. Se dio como una situación azarosa, que tuve una editorial española que quería trabajar conmigo. Debemos como lectores y escritores latinoamericanos pensar que el centro es España, pero no lo es. No creo que lo que se haga en España sea más interesante de lo que se esté haciendo en nuestros países latinoamericanos. En ese sentido da igual que si los medios españoles me reconocen o no, a mí lo que me importa es que me lean los ecuatorianos, luego los países latinoamericanos, en México publico con Almadía, que es una editorial que me fascina. He ido buscando a editoriales nacionales de cada país. Sí veo que hay mucho éxito mediático en España con respecto a las autoras, pero tiene que ver con una exotización con la que no estoy de acuerdo. Con las autoras que están trabajando con la violencia, el miedo, lo inquietante, lo insólito, lo fantástico y de repente hablar de esto como si fuera algo nuevo. De repente venimos de una tradición de escritoras que se han dedicado a esto, no somos la renovación de las letras como se nos intenta ver en España. Hay un gran desconocimiento sobre las escritoras de Latinoamérica. No estoy contenta de esta especie de boom mediático que incluya a autoras de una sola generación, no hablamos de autoras mayores, sino de escritoras mestizas, lo que se venda en Europa. La diversidad de lo que se hace en Latinoamérica es mucho más amplia y escapa a esas cosas. Es muy reduccionista, esto es independiente de lo que pienso de las autoras que están incluidas en el boom, como Ariana Harwicz, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, son fantásticas. El trabajo, la calidad, es innegable.

–¿Las voladoras qué clase de libro es para ti?

–Es un libro sobre el gótico andino, que va sobre el miedo que hay en la violencia de Los Andes, con toda su simbología, sus paisajes y esa tensión entre la belleza y el horror.

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