Chalino Sánchez

Voces de amargo licor

En un momento de la charla (hablábamos sobre todas esos argumentos  de los antivacunas que repasan desde ideas medievales hasta paranoias apocalípticas) en la casa de junto estalló, de pronto, una música de tambora acompañada por la voz nasal de un cantante que nadie alcanzó a reconocer.

A Christian Omar Vaca, (a) Doctor Feis

A Mijail Lamas

Ciudad de México, 8 de julio (MaremotoM).- Hace unos días fui a desayunar al estudio de un amigo artista, en una colonia del primer cuadro de Culiacán. Nuestra amistad se mueve por afectos comunes: las posibilidades del arte urbano como un gran medio de expresión que cabalga entre la ilegalidad y la búsqueda de espacios, la literatura perturbadora, el arte contemporáneo, el mezcal y el hip hop, entre otros. Fuimos varios los  comensales alrededor de un carrete vacío de cable eléctrico, habilitado como mesa, a la sombra de un dubitativo almendro.

En un momento de la charla (hablábamos sobre todas esos argumentos  de los antivacunas que repasan desde ideas medievales hasta paranoias apocalípticas) en la casa de junto estalló, de pronto, una música de tambora acompañada por la voz nasal de un cantante que nadie alcanzó a reconocer.

La canción hablaba de abandono, pero en realidad no tenía importancia: pesaban más el volumen del estéreo y esa voz que parecía acostumbrada a penar entre las serenatas bien pagadas, los jugadores de dominó en la casa lujosa de un residencial culichi, las meseras hastiadas en una cantina de la costa o los capos vigilantes, extasiados en sus caprichos, cerrando restaurantes o antros, mientras cae la densa noche de invierno sobre la capital sinaloense.

Alguno hizo un gesto de desagrado y reprobó -categóricamente- la voz herida del cantante. ¿No te molestan esas voces?, me preguntó. No, le respondí. Y comiencé una muy medida reflexión sobre la voz o las voces que han regido mis gustos y mi vida a lo largo de 56 años. Y que me permitió entender -y apreciar- géneros tan polémicos (al menos para el sector exquisito de la cultura) como el norteño.

Lo que sigue solo es el resumen inicial de ese Ted Talk tan mendaz como improvisado, con el sabor de un café oaxaqueño en los labios y una canción dolorosa en el aire.

Hace 25 años viví en una colonia pequeñita, a orillas de Culiacán. Al poco tiempo de instalados (mi esposa y yo) me enteré que no lejos de ahí, en un sendero que iba de mi suburbio a la carretera México 15, años antes habían encontrado el cuerpo sin vida del cantante Rosalino Sánchez Félix, mejor conocido como Chalino Sánchez. Chalino había estado cantando en un bodegón improvisado por la Aquiles Serdán, cuando alguien le envió una nota amenazante. Una de las leyendas dice que cenaba en una taquería, cuando unos tipos lo abordaron para pedirle amablemente que los acompañara. Jamás se le volvió a ver con vida.

Yo ignoraba todo sobre su carrera en ese entonces.

Su muerte representó, claro, la fundación de su culto y un inusitado despliegue mediático donde su voz tomó tanta trascendencia como los cantantes activos y populares del género. Canciones como “Alma enamorada”, “Prenda del alma”, “Baraja de oro” o “Nocturno a Rosario” se convirtieron en los educadores sentimentales de una clase social que veía, en Chalino, la esperanza de una incursión en el ambiente artístico. Chalino fue un artista insuflado entre la fecunda lírica popular y el ciudadano de a pie, labioso y dicharachero, soñando con probar, a través del espectáculo del palenque o la feria ganadera, los rituales del éxito o el padrinazgo de un cacique del crimen que les permitiera la bonanza o la gloria eterna.

Te puede interesar:  FUTBOL SIN PELOTA | Empieza un nuevo Mundial

¿Qué ofrecía esa voz floja y sin matices, más bien fea, llevando corridos o boleros norteños a la medida como se lleva un buen traje? Ofrecía la confirmación del género como una vertiente –vitalicia- de la cultura popular. El hijo desobediente de ésta poniendo al servicio del pueblo sus gestas innombradas o su épica regionalista. Pero también la manifestación del mito contracultural surgido del fragor de la mafia. Las dos cosas en un tandem fortificado por su temprana muerte. Como criminal, Chalino había sido apenas una comparsa de la estructura, y su vida como cantante –no lo sabremos nunca- probablemente se hubiera quedado en un segundo plano.

Su hijo tuvo el mismo final. Foto: Cortesía

Hace muchos años, trabajando como maestro en un diplomado sobre cultura (desde su concepción hasta sus diferentes manifestaciones) hablé mal sobre eso que se entendía como cultura del narco. Mis alumnos eran promotores y gestores culturales de diferentes municipios. Me recuerdo haciendo un ejercicio oratorio brillante durante 40 minutos citando a Lyotard, Foucault, Eliot, Ginzburg (Carlo) y cerrando con un párrafo de Tiempo Nublado –creo- de Octavio Paz.

Hacia el final de mi caudalosa disertación, uno de los promotores (un hombre en los cincuenta, muy serio, coronado por un stetson color piel) me hizo una pregunta sencilla: ¿Qué pasa, maestro, si a nosotros nos gusta?

Le respondí que no pasaba nada. Y descubrí, también, que mi visión sobre la cultura era libresca y pomposa, diseñada desde la comodidad del café, negada para esa más que visible corriente alterna donde lo popular sostiene gestas colectivas, héroes locales, hazañas de una región impensada para el centralismo de la promoción artística.

Esas voces nasales, desdeñando las armonías clásicas, cubriendo su ruta nostálgica junto al bajo sexto, el acordeón, la redoba y el tololoche encarnan ese certificado de marginación que extienden los institutos de cultura.

Personajes como Ramón Ayala, Homero Guerrero, Paulino Vargas, Cornelio Reyna o Carlos y José han ido construyendo, a través de esas voces amargadas por el desarraigo, lerdas, apáticas pero emocionales, un pasaje glorioso celebrado por una mutitud de fieles. “Viera como vendo kasetes…” le respondió una vez Don Everardo “Lalo el Gallo” Elizalde a una periodista que ciritcó su voz fofa.

Así descubrí las bondades de una música que sólo puede escucharse desde ese ánimo. Y sólo puede cantarse desde esa dolorosa grieta.

Comments are closed.