“Yo soy un jodido Cadillac”: Guillermo Fadanelli

Como la frase de Harvey Keitel en Bad Lieutenant, el escritor se describe a sí mismo en lo que considera es la última etapa de su vida. No ha ido nunca a entierros ni a cuidar a su padre ni a su madre, pero ahora la vida le da sorpresas y pronto tendrá que ser el cuidador de su esposa, Yolanda, quien sufre artritis reumatoide y pronto no podrá caminar. Ha estado todo un récord en Oaxaca (unos quince días), donde piensa retirarse. Pronto saldrá por Cal y Arena, su noveleta Fandelli.

Ciudad de México, 15 de marzo (MaremotoM).- Guillermo Fadanelli (México, 1960), viene de ganar el Premio Mazatlán. Vino vestido de negro, con un sombrero que le quedaba precioso y una camisa con un ícono blanco en el bolsillo, allí, en el restaurante Covadonga. Le digo que es para mi nuevo periódico, que ya no estoy más en SinEmbargo, que me he decidido a esta aventura que a mi edad resulta como un salto al vacío sin parapentes. Se ríe. No le presta atención a los premios, pero es capaz de cumplir con todo el protocolario. “No sé qué fama me habrán hecho, pero dicen que soy difícil de tratar”, me comenta. Y nos volvemos a reír.

Pienso en todas las veces que le he realizado una entrevista a Guillermo. Fueron desde el 2000, cuando vine a vivir acá y él era una de las voces más prometedoras de la literatura mexicana y, es cierto, a veces uno no sabía cómo tratarlo. En mi caso, siempre he descubierto a un Fadanelli formal y cordial, a un hombre que responde a todas las preguntas –por más tonta que esta sea- y que luego de un rato la nota, la entrevista, se convierte mayor a sí misma, como la voluntad de poner en el papel a un hombre tan sabio, tan paciente.

No sé cómo será el escritor de Lodo, La otra cara de Rock Hudson y tantas otras novelas, el editor de Moho (revista y editorial), en su vida cotidiana, pero cometer este acto periodístico sin anestesia siempre trae buenos resultados.

–¿El Premio Mazatlán fue a toda la trayectoria?

–Sí. Diría que soy una especie de testigo de lo que me sucede. La memoria es ficción. Los libros que he escrito han sido huellas difusas de mi pasado. En ocasiones ni siquiera recuerdo la trama ni el tema. Son cerca de 30 libros publicados, un conjunto de accidentes, algunos más benignos o llevaderos que otras. No quiero hacer un mito de mi propio pasado. Cada novela tiene su momento. No soy dado a hacer un sistema de mi pasado. Tengo vocación por el antisistema y el desorden reina en mi mente. Me gustaría pensar que ninguno de mis libros se parece.

–Además de que no se parecen, hay libros de ensayo y filosofía en el medio, creo que has encontrado en editorial Almadía un gran refugio para ti.

–Yo hablo más de la escritura y de la experiencia literaria. Las editoriales en las que publicas también suelen ser meros accidentes, aunque también son una casa. En todas las editoriales donde he estado me he sentido bien recibido. He publicado en cerca de 10 editoriales distintas y en su momento han sido mi casa. Ahora es Almadía fundamentalmente y en Literatura Random House he publicado mi última novela, Al final del Periférico. Está Cal y Arena, donde ahora publicaré una noveleta que se llama Fandelli, como las lijas. Porque en la secundaria mis amigos, que eran todos badulaques y una bola de inadaptados, no podían pronunciar mi apellido Fadanelli y hacían un apócope con “Fandelli”. Posteriormente publicaré El hombre mal vestido, otra novela, aunque no tengo editorial para eso, todavía.

Cada novela tiene su momento. No soy dado a hacer un sistema de mi pasado. Tengo vocación por el antisistema y el desorden reina en mi mente. Me gustaría pensar que ninguno de mis libros se parece.

–Casi siempre los editores son como Guillermo Quijas, como Andrés Ramírez, son personas, más que editoriales

–Sí, porque yo tengo que mirar a los ojos al editor, discutir con él y trabar una amistad. Me resisto a tratar con empresas.

–Tú no quieres hacer un mito de tu propio pasado, pero si eres una especie de símbolo de lo que es hoy la literatura mexicana. Pienso en ti como en Álvaro Enrigue, como en esos grandes escritores que son pocos, en momentos en que cada día se publica un libro

–Hay más escritores que lectores. La plaga de la desmemoria nos acosa. Cualquiera escribe hoy un libro y pide para sí los aplausos de las multitudes y el reconocimiento. La literatura se sufre, es una especie de tragedia que te da vida. Es estrictamente personal; conceptos como literatura mexicana o argentina o española me son ajenos. Es un milagro encontrarme ahora con un buen libro, cada vez leo menos ficción y leo más filosofía, para saber menos. Tienes razón que son escasos los escritores contemporáneos y latinoamericanos que me conmueven.

–También es cierto que con los cambios políticos hay muchos escritores que están más preocupados por las becas, que por escribir un buen libro

–Guy Debord decía hoy somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres. Esta sociedad corre desbancado hacia el barranco del eterno presente. Lo importante son los libros y todo lo demás son accidentes. Y voy un poco más allá, ni siquiera son los libros y es nuestra relación con el lenguaje, con la literatura, con los escritores que hemos leído, somos enanos en hombros de gigantes. Si la literatura no te da vida, entonces te la quita, pero no puede ser un medio de subsistencia. Creo que cualquier Estado y más gobernado por la izquierda tiene que valorar la cultura para que esta sea vehículo de razonamiento, de disuasión. No estoy en contra de ninguna beca, de lo que sí es que un escritor esté pensando en alguna beca y ello limite su trabajo, su percepción literaria, su ánimo y que además se vuelva una especie de sirviente del mecenazgo. Un perseguidor del bien público. La literatura es una desgracia, tiene que mirarse así. Decía uno de los mayores críticos de Fiodor Dostoievski, Nikolái Berdiáyev, que él había encontrado en el sufrimiento un medio de conocimiento. Por supuesto, es una frase romántica, pero me parece que aquel escritor que está esperando becas y espera premios, es un escritor derrotado de antemano. Una figura rastrera y débil. Yo pido becas, por supuesto, espero pagar mi renta, estimular la creación y la literatura y las artes es una obligación ética de cualquier gobierno que busque repartir los bienes de la civilización, pero supeditar la escritura a esta teoría me parece ingenua.

–Hablar de literatura contigo parece un oasis. El Gobierno de izquierdas es el centro de todas las conversaciones

–El tema de los gobiernos de la izquierda aparece cuando quieres el tema de las becas. Por supuesto, yo continúo como tú, haciendo lo que hacíamos desde niños, que es leer y escribir. La finalidad de la literatura es construir preguntas, no sólo es narrar historias. Por eso la relación tan íntima hoy de ensayo, novela, relato, biografía. Enrique Vila-Matas es escritor extraordinario, un ejemplo de ello, por nombrar sólo a uno.

–Pienso también mucho en Roberto Bolaño. Hubieras sido gran amigo de él. En esos escritores que no piensan en los premios, a pesar de que tú acabas de ganar un premio muy importante

–Los premios son cosas que te suceden. Son pedradas que te tocan de tanto andar en el camino. Al fin de cuentas dependen de una circunstancia particular, de quienes son los jueces, de muchos factores. Cualquiera que cree que se merece un premio es un hombre derrotado de antemano. Un buen escritor no merece buenos premios, merece escribir buenos libros y que esto sean publicados y leídos. Los premios estimulan a los lectores más que a escritores como yo. Soy un hombre agradecido y por lo tanto agradezco profundamente a quien voltea a mirarme para concederme algún tipo de cortesía o privilegio. Pero estoy muy lejos de considerar que merezco algún tipo de premio.

–En Al final del Periférico hablaste muchísimo de tu adolescencia, ahora vuelves con la noveleta Fandelli

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–A ver, la autobiografía es imposible. Uno no puede transmitir todo lo que es y ha sido. El pasado no sólo es un mito sino también un malentendido. Es la literatura la que intenta transmitir vía la mentira trascendental alguna clase de certeza, para tratar de bosquejar, de abrir claros en ese bosque penumbroso que es nuestro pasado. Yo utilizo la autobiografía para ocultarme, es una gran forma de ocultamiento. Porque los lectores o algunos lectores creen que hablo de mí, pero no, habla la literatura a partir de recuerdos que a veces son golpes de fe, a veces son traumas que se imponen desde el pasado. Intentas escribir un buen libro. No estás intentando contar tu vida, nadie tiene derecho a juzgar si mi vida es interesante o no. Menos yo. Yo la vivo y no tengo distancia suficiente para extender juicios sobre ella. La biografía es un género más que me atrae porque puedo mezclar todo allí, pero tienes que continuar ejerciendo la disciplina más estricta con la literatura que tiene que ver con la libertad. Literatura y libertad van de la mano.

–¿Dónde te muestras más tú?

–Todos mis libros son extensiones de una misma enfermedad: el escritor es una especie de mancha. Durante muchos años fue el relato mi medio favorito, por supuesto el aforismo porque se parece mucho más al silencio, el ensayo es una novela donde como escribió Deleuze, los conceptos y las ideas son personales. Escribo libremente, no buscando la verdad. La novela es el género que más trabajo me cuesta, por ello le dedico tanto tiempo. Siempre me siendo a disgusto en las novelas, porque soy un holgazán y debo trabajar mucho más de lo debido, me quita tiempo para mis lecturas. Al final de cuenta se impondrá la novela, como un punto de reflexión de todos los géneros literarios que me preocupan. Creo que antes de morir volveré a la poesía, donde empecé.

–Los periodistas siempre clasificaremos y siempre te diremos que estamos esperando que tú hagas la gran novela mexicana, algo que te debe dar risa, por supuesto

–Así como los jesuitas son los únicos ateos consecuentes, creo que la literatura a diferencia de lo que piensa Harold Bloom, no está construida sobre grandes nombres o grandes obras. La literatura es parlamento, es oralidad y extensión de la raíz y de vida. Nunca esperaré la llegada del Mesías, por eso desconfío cada vez que la crítica o la prensa que cualquier celebra la aparición de la novela que cambiará el curso de la literatura. Prefiero obras modestas, bien planteadas y capaces de conmoverme. Prefiero un escritor con cuatro o cinco novelas respetables, que a un escritor con una sola gran obra. La última novela importante que leí fue Patas de perro, de Carlos Droguett, un escritor chileno. Un escritor cuya vida es para cualquier escritor motivo de belleza y desconcierto. El desbarrancadero, de Fernando Vallejo, el colombiano. Pero me preguntas por novelas mexicanas. Creo que La región más transparente, de Carlos Fuentes, que para mí fue importantísima. Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, son novelas que me transformaron en otro. José Trigo, de Fernando del Paso. Hubo muchas buenas novelas mexicanas, podría hacerte una lista de 100, pero de nivel extraordinario esas. Me gustó también Nos acompañan los muertos, de Rafael Pérez Gay, una novela que creó una atmósfera de fantasmas, como lo logró William Faulkner en algún momento. Enrique Serna también me parece un autor importante y

cuando la leí también fue una novela trascendental.

–En los últimos tiempos estuviste alejado de los medios. Me acuerdo haberte encontrado en el Hay Xalapa y decías que ya estabas dispuesto a salir, pero no fue así

–Tengo un índice mayor de bateo que de Babe Ruth y más goles anotados sobre la barrera que Andrea Pirlo. No me gustan los medios, no me gusta aparecer, contigo es distinto porque somos amigos, sin embargo, hay que trabajar y hay que hacerse de un camino. Yolanda me cuestiona todo el tiempo, diciéndome que tengo que aparecer más, porque eso va ligado a que me inviten, a cierta política literaria, etcétera. Pero prefiero estar encerrado en mi cuarto o bebiendo en alguna cantina donde no haya nadie conocido, leyendo mis libros y escribiendo. Acostumbrándome a esta última recta de la vida, que no es sencillo aceptarlo.

–Calamaro dice que sólo sabemos ser jóvenes

–(Muchas risas)

–Supe que fuiste objeto de un robo en tu casa

–Conozco esta ciudad hasta el grado de contemplarla como un espejo. Esta ciudad soy yo, no puedo considerarla de otra manera y el culpable de este robo soy yo, porque me descuidé. En una ciudad como DF no puedes descuidarte, tienes que estar siempre alerta. Hay mafias cobijadas por la ausencia de autoridad y de talento civil de las autoridades, de las alcaidías y de las instituciones de seguridad pública. Uno tiene que construir su propio ejército y perdí, me dormí, pensé que estaba viviendo en Estocolmo, en Berlín. No soy de aquellos que culpan de todo lo que le sucede a los demás. En este caso muy particular me culpo a mí mismo, porque fue un robo importante, cerca de medio millón de pesos. Me sentí muy indefenso. Quisiera haber estado allí cuando llegaron los ladrones, porque en mi casa estoy armado.

–Estabas un poco con el tema de la salud, hace poco tenías que operarte de la vesícula

I am a fucking Cadillac, que es una frase dicha por Harvey Keitel en Bad Lieutenant. Yo soy un jodido Cadillac, es difícil que la enfermedad pase por encima de mí. Vendrá una vez nada más y no podré hacer nada. Los médicos con una mano te enseñan al Diablo y con la otra muestran un cuchillo. ¿De qué me sirve haber vivido tantos años si no sostengo una conversación con mi cuerpo? Sé cuándo estoy vulnerable y sé cómo cuidarme. Tarde o temprano me dice siempre Arnoldo Kraus, que es mi amigo, escritor también y mi médico, que no me voy a salvar. Que tendré necesariamente que entrar al hospital y que no esté esperando entrar por la puerta de emergencia. Tengo que planear por primera vez algo en mi vida.

–Recuerdo que Raquel Tibol te había hablado del suicidio

–Raquel me dijo: –Usted se va a suicidar. Me sorprendió, porque el suicidio está allí justo para no suicidarnos, como pensaba Cioran. Hay un camino que recorrer, con cierta dignidad y con curiosidad. El día que el dolor anímico sea demasiado grande y la curiosidad se marche entonces pensaría en un suicidio. Debo cuidar a Yolanda, son su artritis reumatoide que empeora y pronto no podrá caminar. Yo soy muy malo cuidando a los enfermos. No visité a mi padre en el hospital ni tampoco a mi madre, porque habría caído derrotado ante mis padres postrados en esas camas. Ahora el destino me lleva a que mi querida mujer, con quien llevo ya cerca de 30 años, esté a punto de convertirse en una mujer paralítica. ¿Qué voy a hacer? No sé. Yo mismo miro con curiosidad, con temor, ese inminente futuro. Por primera vez no tengo una teoría acerca de lo que puede sucederme, es un futuro abierto, donde cualquier cosa puede pasar. No lo veo como una tragedia, porque afortunadamente siempre hemos pensado que vamos para peor, como individuo. Siempre vas debilitándote, la experiencia sólo te robustece en la superficie, pero te va minando íntimamente. Veremos, no creo suicidarme, no me interesa, la vida es una especie de suicidio continuado.

–Se me hace difícil pensar en ti viviendo en Oaxaca

–Hay una anécdota que la leí en un libro de Luis Racionero, donde habla Hermann Hesse, cuando él se retira a su hacienda en Montagnola. Coloca un letrero en la entrada que dice: Las visitas no son bien recibidas. Un hombre tiene derecho a trabar amistad con la muerte, conozco ya demasiado a los seres humanos. Me gustó mucho, me pareció que hablaba por mí y por muchos individuos. No he llegado a ese límite, todavía tengo fortaleza y energía, pero sería una forma de responderte.

One Comment

  1. Rodolfo Munguía

    Elocuentes respuestas de Fadanelli, como siempre. No entendí si dentro de un tiempo vivirá en Oaxaca o no. Por lo demás, me interesa leer Fandelli. No sé si preferiría que su figura muriera por enfermedad o por suicidio.