La sirenita

Yo también quiero opinar más de una cosa sobre el cast de la nueva Sirenita

Zacatecas, Zacatecas, 6 de julio (MaremotoM).- Número uno. La mejor idea que Disney ha tenido en los últimos años es la de refreír sus mejores éxitos, sabiendo que a uno le encantan los frijoles refritos y que no cualquier frijol va a ser consumido masivamente. Es decir, evidentemente están apelando al público que creció durante la etapa que ha sido llamada el renacimiento de Disney, que empezó precisamente con el estreno de La Sirenita, a fines de los ochenta y llegó a su punto máximo con el de El Rey León, cuyo refrito ahora mismo está siendo arrojado a las caras gozosas de los espectadores. Se cuentan algunas excepciones, por supuesto: El Libro de la Selva, La Bella Durmiente, que fue reformulada para darnos Maléfica y Dumbo, que al parecer también viene con muchos cambios, quién sabe si afortunados, pues son producto de otro creador en franca decadencia: Tim Burton. Pero incluso estas películas fueron bien conocidas por esa generación (que es la mía), gracias a que Disney supo aprovechar el boom del videocasete. Y no es casualidad que no esté entre sus planes retomar películas de menor éxito comercial, como Atlantis o El Planeta del Tesoro. El punto es que, sin duda, la creatividad de Disney se halla notoriamente dormida desde que Pixar se volvió el gran productor de cine animado en Occidente. Pero lo que Disney no ha perdido es su capacidad de sacarnos los billetes, incluso con métodos francamente cuestionables como este de refreír los frijoles que ya nos habíamos comido cuando niños. Una cosa que Disney se debería estar preguntando ahora es: y qué les vamos a vender dentro de veinte años a los que ahora son niños: ¿unos frijoles rerrefritos? Tal vez no se lo preguntan porque saben que sin duda será así.

Número dos. Pensando en la calidad artística de los refritos venidos y por venir, hay que admitir que ésta es muy poca en comparación con la de los productos originales. Y esta afirmación no deriva de un mero capricho melancólico. Sí, están espectaculares los efectos especiales, el sonido, igual; es decir, no hay nada que decir contra la factura. Pero todo mundo sabe que la tecnología ya es, desde hace mucho, un automóvil que se ha quedado sin frenos. En consecuencia, las nuevas versiones de las películas de Disney no pueden descansar en su aspecto visual y sonoro, pues éste será rebasado enseguida. O sea sí pueden, pero es lo más estúpido del mundo. Si la justificación de los refritos es actualizar su aspecto, aprovechando la actual abundancia de recursos tecnológicos, hagámonos a la idea de que pronto se verán tan defectuosos como las películas originales, incluso más, pues estas últimas no descansaban –al menos no exclusiva ni principalmente– en su parafernalia tecnológica.

La sirenita
La estrella, de 19 años, siempre fue la primera opción, dijo el director Rob Marshall. Foto: Facebook

Número tres. El éxito, es decir la trascendencia, de las películas originales de Disney radica no en nuestra naturaleza melancólica sino en la calidad de sus argumentos y de su manufactura. Y aquí hablo ya no sólo de factura sino, como acaban de leerlo, de ma-nu-factura. Si bien las películas del renacimiento de Disney ya integraban elementos producidos con ordenadores, todavía una buena parte era hecha a mano, por montones de dibujantes que antes se habían pasado días y días eligiendo el diseño final de sus personajes. Desde luego, no pretendo omitir el trabajo enorme que también se lleva a cabo para hacer las versiones remozadas de esas películas; pero sí me interesa subrayar la diferencia que hay entre ambos procesos. Y es que pareciera que los actuales “creativos” de Disney no hubieran visto nunca las películas que ahora están rehaciendo. (Qué se creen: ¿Pierre Menard?) La animación de esas películas es exitosa porque aprovecha todos los recursos de la caricatura: la exageración de los gestos, los cambios abruptos del tamaño de tal o cual objeto, la desproporción de los cuerpos, los enfoques poco o nada naturales, la saturación de los colores… Por su parte, la animación actual, en su absurdo afán de darles un aspecto realista a estas historias, ha renunciado a todos esos recursos, dándonos así imágenes planas, que no podemos retener en la memoria porque no tienen nada de especial, nada digno de cargar con nosotros para toda la vida. Ya verán que algunos de nosotros, cuando nos encontremos en una casa de retiro y hayamos olvidado hasta nuestro propio nombre, todavía reaccionaremos a la contemplación de los primeros bailes de Baloo.

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Número cuatro. Y por fin llego a la cuestión de los argumentos. Otra de las dizque justificaciones de la actual ola de refritos es la corrección de lo que, al parecer, hace treinta o veinte años nadie sabía que era moralmente incorrecto. De esta manera, por ejemplo, La Bella y la Bestia viene ahora sin los supuestos rasgos de síndrome de Estocolmo que muchos, sin pensarlo realmente, sólo repitiéndolo como loros, de pronto empezaron a notar en la primera versión. Para no extenderme en este caso particular, sólo diré que se trata de una falsa controversia. Pero sí quiero que se lo tenga como un ejemplo del problema más grave de los refritos de Disney, aparte del ya mencionado problema de la animación realista: la intención absurda de ser políticamente correctos. La necedad de cumplir a como dé lugar con esa intención, le ha dado lugar a un constante atropello de los antiguos relatos, un atropello peor al que en su momento Disney le hizo a los relatos antiguos, antiguos. ¿Por qué? Porque los ha enrarecido a la hora de añadirles soluciones que presuntamente cumplen con los anhelos éticos de nuestros días. Así, resulta imposible salirte del mundo real por un par de horas siquiera; resulta imposible visitar un mundo ficticio y aun absurdo, cuando cada escena rompe la lógica propia del relato para tratar de adiestrarte moralmente.

Numero cinco. Es cierto que el arte, en tanto objeto social, tiene cierto poder de transmitir ideas, incluso valores, que el público puede absorber. De ahí la urgencia de los productores de Disney de mostrarse preocupados por lo que sus nuevas películas le dejan al público, sobre todo porque la mayor parte de éste está formada por niños, los cuales son, según entendemos, especialmente susceptibles, tan porosos como una esponja recién estrenada. Pero esta actitud no tiene nada que ver con el arte sino con la política y, más aún, con algo que cabe llamar mercado de valores (éticos). Disney, lo mismo que todas las empresas dedicadas al entretenimiento, ha observado el agrado que hoy día sienten las masas ante los signos de corrección política, y no ha visto en ello una señal de progreso moral sino la oportunidad de capitalizar con esos signos, la oportunidad de volverlos signos de dólar. Los síntomas de todo esto los encontramos en la suerte de especulación que se ha hecho con los alcances éticos del cine animado. Es falso que una película de veras puede quitarnos lo misóginos, lo racistas, lo homofóbicos… Si el cine tiene alguna oportunidad de aportar algo positivo a la moral de sus espectadores, esa oportunidad es mínima; tanto, que exageramos a la hora de defender o rechazar la selección de una actriz negra para interpretar a Ariel. No obstante, el asunto es interesante porque nos ofrece la ocasión de ver a muchos atrapados en la telaraña de corrección política que entre todos, incluyendo a sus más recientes víctimas, hemos tejido.

Número seis. Me extraña que nadie haya reparado en que se perdió la oportunidad de contratar un pez para que haga la mitad del papel.

https://www.youtube.com/watch?v=xSffxgazNZM

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