¿Los técnicos van a elecciones?

¿Los técnicos van a elecciones?

La política y la cultura interna del club se impusieron a los nombres rutilantes. Algo que suele suceder en las elecciones de las entidades deportivas. Hay cierta creencia de que un personaje puede ganarle a la historia de un lugar.

Ciudad de México, 2 de julio (MaremotoM).- El micro zarpa al estadio del Panathinaikos. Es tarde de clásicos en Grecia. Está prohibido el público visitante. Ernesto Valverde dirige al Olympiacos. Es 2010. Sus hinchas los rodean antes de salir al terreno enemigo. La carrocería se sacude. La imagen le rompe la cabeza. “Esa irracionalidad”, describirá. En el instante, cambia el chip y saca su cámara. Dos años más tarde, incluirá esa fotografía en su libro Medio tiempo. No le gusta aclarar cuál es un hobby y cuál, un trabajo. Las dos personalidades le habitan la vida. Su última experiencia al mando de un equipo ocurrió en Barcelona. Lo echaron en enero de 2020, previo a la pandemia y al burofax de Lionel Messi. Dos años y medio dedicó a hacer foco y al lente. Hasta que decidió retornar. Al Athletic Club en Bilbao. Venciendo en las elecciones a la bestia Marcelo Bielsa.

Hay cuatro equipos en la Liga española que no son empresas. Sus directivos y sus planes como instituciones se definen en votaciones. Son el Real Madrid, el Barcelona, el Osasuna y el Athletic. El último domingo, hubo comicios en Bilbao. Se presentaron tres listas, cada una proponiendo un entrenador diferente para el cargo. Iñaki Arechabaleta había presentado menos avales. Golpeó la mesa a partir de un video en el que Bielsa no sólo confirmaba que acompañaba esa candidatura sino que desmenuzaba haber analizado 45 partidos del primer equipo, 38 del conjunto B, 4 del conjunto C y 3 de las inferiores y, por lo tanto, sentirse seguro de agarrar el cargo. Las otras dos listas -más populares- proponían a Valverde como técnico. Por amplia mayoría, se quedó con el sillón presidencial Jon Uriarte, fundador de una plataforma de reventa de entradas, formado en Morgan Stanley. Comenzaba el tercer mandato de Valverde.

La política y la cultura interna del club se impusieron a los nombres rutilantes. Algo que suele suceder en las elecciones de las entidades deportivas. Hay cierta creencia de que un personaje puede ganarle a la historia de un lugar. En 1989, en River, Osvaldo di Carlo proponía sostener a Reinaldo Merlo como entrenador y al Beto Alonso como manager. Alfredo Davicce, el retador, traía la vuelta de Daniel Passarella. Aunque triunfó este último, poco tuvo que ver con las idolatrías. ¿Hasta dónde es correcto que un empleado como un entrenador -asalariado y muy bien pago- trace los destinos democráticos o la gestión general? Un dirigente amigo responde: “A mí me gustaría que un candidato a presidente del país me dijera quién va a ser su ministro de Educación”.

Javier Clemente

Txingurri en euskera -lengua vasca- significa hormiga. El mítico entrenador Javier Clemente le clavó ese apodo cuando era futbolista. Foto: Cortesía

Txingurri en euskera -lengua vasca- significa hormiga. El mítico entrenador Javier Clemente le clavó ese apodo cuando era futbolista. Valverde supo ser un delantero que encantó a Johan Cruyff. Lo parieron en Extremadura, aunque su familia migró hacia el país vasco y de esa madera lo volvieron. Su cuerpo nunca le aguantó su ambición por ser jugador y las lesiones lo maltrataron. Entonces, dedicó gran parte de su tiempo al estudio. A los 17 años, se hallaba en las inferiores de Deportivo Alavés. Concurría a clases de maestría industrial en electrónica. Le picaba el bicho por la biología, también. Cobró su primer sueldo y le pidió a un amigo que le trajera de Canarias una cámara. Gastó unas 40 mil pesetas. En su pasión. “Es que ese momento en que hueles a ácido acético es una pasada. Me encerraba en un cuarto, cerraba las entradas de luz, ponía la bombita roja, metía el papel en la cubeta y, de repente, salía la imagen”, narraba.

Su casa en el fútbol la encontró en 1990 cuando lo contrataron en el Athletic Club. Pasó allí seis años en los que sintió más afecto que los goles que produjo. Tanto que al retirarse, en 1997, lo convocaron para que dirigiera al equipo filial. Lo que podía tornarse un futuro se transformó en un escenario que le encantaba. Más allá de la fotografía, Valverde comprendió que podía ser un gran entrenador. Aunque eso le costara la locura: una mañana, salió en el auto para llevar a sus hijos a la escuela, pero, cuando arribó al colegio, miró para atrás y los niños no estaban. De tanto pensar en el juego, los había olvidado en casa.

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Su primera experiencia en el banco del Athletic aconteció en 2003. Dos temporadas, sin resultados impresionantes: un quinto y un noveno puesto. Diez años después, abrió una conferencia de prensa con estilo. “Las segundas partes nunca son buenas. Salvo El Padrino”. Inaugurar una experiencia con la obra de Francis Ford Coppola condena a la ambición. Reinó a la altura. Obtuvo la Supercopa de España en 2015. El equipo exhibió muy buen juego. Tanto que el Barcelona acudió a él para que abandonara su cargo en la temporada 2017 y se sumara a la Patria culé.

Lionel Messi
Nos pasaron por arriba. Foto: Barcelona FC Cortesía

Las peleas internas. La política del club, enmarcada en la disputa por la independencia de Catalunya. El gobierno de Lionel Messi y de Luis Suárez. Las sospechas de corrupción sobre el presidente Josep Bartomeu. Tan tumultuosos fueron esos años que no sólo Valverde decidió tomarse un descanso: Quique Setién, su reemplazante, se refugió en el campo y todavía no ha vuelto a conducir a un equipo.

El Txingurri emprendió un cambio que acontecería. Hasta Messi solicitaba en su llegada que se bajaran las banderas del 4–3–3 y del dogmatismo cruyffiano. Valverde solía usar un 4–2–3–1 que confiaba mucho en las transiciones. Áreas fuertes más que mediocampos imaginativos. Los resultados en la Liga se dieron a la perfección: dos primeros puestos. De 145 partidos que disputó, cayó solo en 16. Las Champions League pintaron la herida honda. En dos ocasiones. La primera, en la edición 2017/2018, cayendo en cuartos de final contra Roma, tras establecer distancia en la ida 4–1 y ser derrotados en la capital de Italia por 3–0. La segunda, en la edición 2018/2019, todavía más sangrante: semifinal, frente al Liverpool de Jürgen Klopp, ida 3–0, con un golazo de Messi, vuelta 4–0 en contra. Valverde dirigió un tiempo más de la temporada siguiente y lo echaron. El 10, como pocas veces procede, le dedicó un posteo en sus redes sociales para despedirlo.

“Las dos primeras fueron buenas y, la última, tengo que reconocer que no me gustó tanto. Pero también tengo que reconocer que el director le echó un par de huevos para hacer la tercera”. Valverde bromeó con las películas de Coppola nuevamente para ilustrar su vuelta al Athletic. Postergar a Bielsa en unos sufragios no es poca cosa. Casi como derribar un mito. Del paso del argentino por Bilbao se podría escribir una novela: se autodenunció en la comisaría tras agredir al encargado del predio, colgó carteles con nombres de monjas para bendecir al equipo, peleó con los periodistas por la nacionalización de YPF, tras perder un cruce de Copa del Rey contra un rival menor le envió al director técnico toda la información que poseían de ellos para que no sintieran que el Athletic había menospreciado el encuentro.

“Sí, es cierto que en el fútbol estás un poco hacia fuera y en la fotografía hacia dentro”. Valverde no es un improvisado en el arte de la imagen ni en la pelota. Conoce sensiblemente todas sus partes. Cuando se miran sus obras, casi todas son en blanco y negro. Es una determinación teórica que realiza. Lo acusan de nostálgico y admite que puede ser. Quizás por eso, regresa al club de su vida para reencontrarse con la intensidad del juego. La presión de la alta competencia puede borrar los colores, mas nunca la belleza de un ojo que, de fondo, sabe que ahí hay un gran amor.

Fuente: Cenital / Original aquí.

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