Sobre Avistamiento del diablo en el Café Nuevo Brasil

En este caso, me parecía que la pintura era la única manera de aprovechar una imagen que no funcionaba como fotografía. La imagen que tomé una tarde de 2005 en el Café Nuevo Brasil era demasiado mala – mal iluminada desde atrás, mal expuesta, un poco fuera de foco. Y sin embargo, tenía algo que me seducía, algo que me impidió descartarla en el instante.

Ciudad de México, 28 de junio (MaremotoM).- He sido muy aficionada a la fotografía desde la infancia. Aprendí las reglas básicas de la exposición y el revelado análogo de mi padre, que tenía un cuarto oscuro montado en la casa donde crecí. Incluso cuando ejerzo como pintora o dibujante, casi invariablemente trabajo con imágenes fotográficas como bocetos.

En este caso, me parecía que la pintura era la única manera de aprovechar una imagen que no funcionaba como fotografía. La imagen que tomé una tarde de 2005 en el Café Nuevo Brasil era demasiado mala – mal iluminada desde atrás, mal expuesta, un poco fuera de foco. Y sin embargo, tenía algo que me seducía, algo que me impidió descartarla en el instante.

En parte fue la coyuntura de ese momento. El Café Nuevo Brasil es un garito clásico en Monterrey, ciudad donde me encontraba de visita por primera vez. La ocasión era muy importante para mí –un cuadro mío había sido seleccionado para la Bienal FEMSA, un aval que significó bastante en términos profesionales y gremiales para una pintora autodidacta como yo.

En parte, me atraía la composición porque puede leerse como una profanación de Las meninas, el célebre cuadro en el cual Velázquez se asoma dentro de un retrato que realiza de la infanta Margarita. Era como si hubiera hecho sin querer una especie de guiño irreverente al gran maestro español que fuera a la vez un homenaje a todos los greasy spoons, es decir, los restaurantes populares que se llaman así en inglés como referencia a la abundancia de grasa que puede encontrarse no solo en las cucharas, sino en las demás superficies también. (Aquí, por cierto, experimenté con los óleos hasta encontrar una combinación entre ocre oscuro, siena y verde musgo que se asemeja bastante a la grasa cuando se aplica de manera tenue como capa superior.)

Me gustan las composiciones con espejos. Me parece que, al verlos convertidos en cuadros dentro de otros cuadros, en trompe l’oeil sucesivos, nos quedamos con las ganas de pasar a través de ellos, como Alicia. Ya no fungen como objetos reflejantes, pero la posibilidad de otro propósito, el de funcionar como umbrales hacia lo maravilloso, se realza. En este caso, me fascina cómo fragmentan y, a la vez, desdoblan el espacio al interior del café. La vitrina de atrás queda por delante, lo de la izquierda anda por allí arriba, donde se ve de manera casi mágica un plano picado hacia abajo. Los planos horizontales están todos chuecos. Las miradas de los ocupantes del cuadro se desvían, se cruzan, y así generan nuevos matices.

También me gustan las composiciones caóticas, desordenadas, con objetos revueltos. El bote de mostaza balanceada improbablemente encima de un sartén sucio, el plumón dentro de un vaso de unicel, la cortina de plástico negro que cuelga precariamente del mostrador, sostenido apenas por unas tiras de cinta canela.

Y desde luego, me gustan las composiciones que juegan con la fuente de luz. Aquí vemos empalmados en ambos lados de la línea vertical divisoria, creada por el marco del espejo más grande, la yuxtaposición de una luz fría, fluorescente de la cocina y aquel sol blanco, enceguecedor del norte de México que arrasa con todo lo que se encuentre al exterior, al otro lado de la puerta.

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Por último, me gustan las composiciones psicológicamente complejas. Por eso, en esta ocasión, elegí no cuadricular la imagen fotográfica para facilitar su traducción al lenguaje de la pintura. Sin duda, hubo momentos en que lamenté esa decisión, dado que eleva la dificultad de la realización de manera significativa. Pero no me arrepiento. Quise evitar la frialdad del fotorrealismo puro a la hora de destapar el impacto surreal de una ficción: un encuentro fugaz con el diablo, registrado en una falsa instantánea; una escena de verité intervenida por la hipérbole de la imaginación.

Tanya Huntington
He tardado quince años en terminar este cuadro. Foto: Cortesía

Aprovecho mencionar esta ficción para hacer una confesión: he tardado quince años en terminar este cuadro. Lo cual no significa, sin embargo, que llevo tres lustros de trabajo constante. Lo abandoné durante mucho tiempo. De hecho, estuve a punto de lijar todo el lienzo y aprovecharlo para otra cosa. Sucede que originalmente, la figura central del cuadro era mi marido de aquel entonces, pero no lo iba a seguir siendo por mucho tiempo. Después del divorcio, lo que menos quería era terminar un retrato suyo. Cuando mi pareja actual me impidió destruir físicamente el cuadro en una escena verdaderamente conmovedora, interponiéndose entre mi mano destructora y mi creación incompleta, decidí recurrir al sueño como instrumento creativo para resolver el obstáculo de la figura central. El mundo onírico me sugirió la posibilidad de resolver el problema convirtiéndolo en una figura alegórica, alterando así la narrativa original de un retrato familiar. Me pareció que, si esa figura fuera el diablo, incluso la mejoraría mucho. Además, me pareció un bonito gesto a cierta mexicanidad que he llegado a amar después de tantos años de vivir aquí; me refiero a aquella que jura y perjura que ha atestiguado diversas manifestaciones sobrenaturales, desde un OVNI hasta el chupacabras.

Hace poco otro interlocutor fundamental, el galerista Arturo Delgado, me hizo ver que el resultado de ese cambio fue la transformación de mi propia figura dentro del cuadro, que originalmente era incidental, en la figura central, de modo parecido al de Velázquez en Las meninas. Arturo me señaló las maneras en que el cuadro entero actúa como una especie de autorretrato desdoblado. A diferencia de Velázquez, no puede apreciarse mi expresión o semblanza, porque estoy escondida detrás de la máscara de una cámara Nikon. Esa máscara amplifica una de mis personae, mi faceta como artista. Pero es también el autorretrato de la amante del diablo, o la bruja: mi “yo” amoroso o sexual. Y al lado se encuentra mi hijo Dylan, un bebé dormido en su carriola – es decir, una figura que realza mi maternidad gozosa. Y por supuesto, la obra entera es el retrato de mi subconsciente, es decir, de un sueño que tuve sobre cómo terminar la obra que ahora ven aquí.

Esta semana en Almanaque, una galería de la Roma Norte, voy a develar un cuadro al óleo de gran formato que terminé durante esta “cuarentena”. Me encantaría si pudieran dar una vuelta. El cuadro se llama Avistamiento del diablo en el Café Nuevo Brasil.

Fuente: Literal Magazine / Original aquí.

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