Estrella de oro

Estrella de oro y mi viaje a Acapulco antes de Semana Santa

Los pelícanos vuelan en formación de V y las gaviotas chillan estridentemente, aunque se percibe de manera agradable, en el ambiente general, en donde hace diez años que ya no veo iguanas entre las plantas o asoleándose sobre una piedra.

Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- Para evitar multitudes, decido efectuar, antes de la Semana Santa, una fuga temporal al sitio más accesible para mí: Acapulco. De un momento a otro, como suele ocurrirme y, generalmente bajos los efluvios etílicos recorriendo mi sistema sanguíneo, se me ocurre irme a Acapulco. Hago los trámites necesarios y, a las 13:15 de la mañana siguiente, se echa en reversa el autobús Estrella de Oro que me deposita en la terminal Diamante, cinco horas más tarde.

El boleto de 670 pesos incluye, además del trayecto, claro, una bolsita de plástico con audífonos, papitas, refresco o agua, lo que el pasajero quiera. Las medidas de higiene anticovid son extremas y se agradecen. Me siento junto a la ventana enorme y me coloco el cinturón de seguridad. El asiento es grande, cómodo y con almohadón extra en la cabeza. Uno puede extender las piernas y descansar los pies en la piecera o relajarse mientras las pantorrillas descansan en otro apartado que sube para acomodar las piernas y, así, sentirse casi como en una cama.

Lo mejor es que no hay ningún pasajero junto a ningún otro, por medidas de higiene. Bebo libremente dos Modelo que precavidamente compro en la terminal, volteo la mirada hacia las montañas e ignoro la filmina en la pantalla, excepto porque de repente veo a Kate del Castillo, en una imagen de hace como diez años, guapísima. El paisaje está árido, sequísimo, amarillo y más bien feo, hasta pasando Chilpancingo. Desde ahí, bastante verde, árboles con flores rosas, hasta que milagrosamente, diviso el mar. Una delicia.

Una vez harta de tanto sol, decido emprender el viaje de regreso al DF, un día antes de lo que tengo previsto. El cuerpo me arde, a pesar de haber estado en la sombra prácticamente todo el tiempo e, incluso, con bloqueador del 50. Los ojos me duelen porque no traigo lentes y termino por renunciar a la lectura, lo que significa, tener que regresar a mi casa.

Cuatro horas antes de que salga el avión, decido que me voy a regresar en avión, a pesar de la pésima elección que hago, como puedo comprobarlo poco a poco. Para mí, mis escapadas a Acapulco son para disfrutar de la soledad. Sin embargo, en esta ocasión, no hay cabida a demasiado espacio porque el abierto mexicano de tenis está a unos pocos kilómetros, en el Princess. Ah, con razón.

Aunque, gracias a Dios, yo tengo amplitud y soledad en muchos momentos, como cuando a las ocho de la mañana nado en el mar, yo sola, sin siquiera la presencia de los fanáticos que corren y sudan en la playa.

O cuando me bajo después de desayunar, a tumbarme y leer con una deliciosa brisa de las olas y un frappé de hierbabuena con jarabe dulce, muy rico. Y fumando sin que a nadie le importe y con casi nadie a mi alrededor. Y me muero de la risa cuando, en el Complot Mongol, el Licenciado bebe tequila y los demás, cerveza o coñac. El ruso toma leche y eso es lo que provoca mi risa. Lo malo es la comida en la palapa, entre saludos y conversaciones en el aire todos hablan de las vacunas. Del miedo a que ya vence su visa de EE.UU. y creo que nada más. Pero eso es lo que más me fatiga. Y lo peor, es que yo tengo que formar parte en la discusión de esos mismos temas en algunas conversaciones. Bueno, de la visa no.

Una de las primeras mañanas, después de nadar en el tibio mar, de bañarme en agradable agua dulce y de desayunar de forma casi pantagruélica, me tumbo en una cama colgante de la playa, bajo una techumbre de palmeras, a leer. Me sobresalta la emoción interna que reconoce que no concuerda mi dicha y plenitud física, exterior, con la sensación interior de empatía que padezco junto a Ian Mac Ewan y el retrato que describe acerca de una pareja de enamorados, que sufren una resaca y suplican por un vaso de agua, bajo el sol que golpea de lleno sobre la plaza de san Marcos, junto a orquestas que interpretan arias o tangos, y los meseros no quieren darles un vaso de agua, y ellos desfallecen.

Me estiro en el mullido colchón y agradezco la plenitud que siento al respirar el oxígeno de Acapulco. Es inefable, es decir, indescriptible con solo palabras. A pesar de que no me muevo y de que fumo, respiro hondo, lleno mis pulmones y me siento plena y renovada. Lista para el primer Bloody Mary. Creo que tengo ascendencia tarahumara, porque me doy cuenta que todos llevan chanclas en su trayecto de la sombra hacia el mar y aun así se quejan de que se queman los pies. Yo voy descalza hacia la orilla del Pacífico. No veo conchas, ni cangrejos, ni otros insectos marinos, aunque en el cielo surcan docenas de aves espectaculares. El mar se siente frío porque mi cuerpo está muy caliente y así, de la nada, sin que venga al caso, me acuerdo de mi frase favorita del cortometraje Successful Alcoholics: Is there any way that you can prove to me that today is Thursday?

No sé por qué razón tengo mucha afinidad con los irlandeses, con Joyce en el número uno, indiscutiblemente. Los admiro no nada más intelectualmente, sino que me deleito con la deliciosa espesa cerveza, me sublima la estética cruz celta y me río, gozo y disfruto la irónica Derry Girls.

Leo a Mauve Brennan que retrata la sociedad de los 50 del siglo pasado, como si fuese el XIX. Me encantan estos relatos, tan ajenos a mí y agradezco no pertenecer a ninguno de los preceptos impuestos, tanto socialmente, como dentro de la misma familia, como es el caso de la nieta en The Visitor. En la vida real, la autora se divorcia de su marido porque él es un alcohólico y, acto seguido, los amigos de ella se alejan paulatinamente y dejan de considerarla excéntrica, para declararla completamente alcohólica, hasta su muerte a los 76 años.

Me enjuago la arena, me baño y me siento en el comedor de la terraza. Para desayunar tengo jugo de naranja, plato de fruta, huevos rancheros, sopes y todo bañado con una salsa roja picosita de los chiles guajillos que crecen aquí mismo en los maceteros de la terraza. Nada que ver con el desayuno del capitán de Treasure Island, de Stevenson: huevos fritos con tocino y un vaso de ron. El doctor le advierte al capitán que el ron lo va a matar. Que una copa de ron no va a acabar con él, pero que, si se toma una, querrá otra y otra y así hasta terminar como siempre. Le receta una semana en cama y sin alcohol. En menos de que se cumpla la semana, el capitán muere por haber bebido ron.

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En la tarde me tumbo a leer en la terraza, en el fresco y cómodo sofá, ya sin rayos de sol sobre el cuerpo, aunque sí para permitirme leer. Cuando se mete el sol, a pesar de la luz artificial, ya no puedo leer y me entretengo viendo el tenis. Me distraigo de la TV y preparo unos espárragos que me regala el jardinero del condominio, sobre un pan horneado con mayonesa hecha con un huevo entero, vinagre, aceite de oliva, limón y sal. Muy rico. Lo digiero con un vaso de vodka, con cigarros y la expectativa de Tsitsipás.

Las noches acapulqueñas durante esta estación son excepcionales y no tengo que auxiliarme de alguna cobija invernal o de un abanico para refrescarme y duermo satisfecha, después de la victoria del dios griego y del susto que pasamos con el temblor que es corto, aunque fuerte. Ni el vino, ni el coñac matan a la parejita de ingleses que andan de turistas en Venecia, si no que un inocente té de hierbas desata el caos que culmina con la muerte de uno de los personajes principales.

A pesar de ser marzo, el mar está turbio y con espuma. La temperatura, deliciosa. Desde que inició la pandemia o desde que me hice ruca, me levanto y me da tiempo de ver salir al enorme sol naranja detrás de la laguna. También tengo la fortuna de maravillarme con el atardecer de las siete de la tarde: los morados y rosas y amarillos inconfundibles de los cielos del bello puerto. La luna se pinta hasta la mitad, ya casi es Semana Santa. Los pelícanos vuelan en formación de V y las gaviotas chillan estridentemente, aunque se percibe de manera agradable, en el ambiente general, en donde hace diez años que ya no veo iguanas entre las plantas o asoleándose sobre una piedra.

El clima es delicioso a la sombra bajo un techo de tela, aunque el sol se derrama implacablemente sobre la superficie terrestre y acuática: no hay ni mantarrayas. Las flores brillan especialmente hermosas esta primavera y el aire se respira mejor que en un spa suizo. No se divisan nubes sino hasta al atardecer, cuando se colorean en inverosímiles tonos rosáceos. Muy diferente del ambiente gris y amarillo que el británico pinta de la legendaria Venecia. Cuando sus protagonistas no aguantan más, un gigoló los guía hacia una suite de lujo y confort extravagante. Les permite bañarse y descansar y, una vez curada la cruda, comen caviar y pasta y foie y dátiles. La escenografía es casi idílica, hasta que ella toma el té de hierbas y es testigo semi consciente del asesinato deliberado de su marido. Cualquier relato de Casanova pinta una Venecia mucho más prolija y bella que la de Mac Ewan.

Intento dormir la acostumbrada siesta en la hamaca, con una almohada chica con adornos florales, bajo el cuello, y una ligera manta de algodón de viscosa color rosa pálido sobre las piernas y un resoplo del penúltimo suspiro del día.

El café matutino debe ser seleccionado como uno de los mayores placeres de la vida. Fumo, me lavo los dientes, me visto con el mini bikini violeta con florecitas amarillas y me dirijo a la Laguna Azul, rumbo a Barra vieja. Relajada sobre una hamaca, bajo las palmeras, pido una michelada para acompañarme con Rafael Bernal. No puedo evitar la carcajada que me produce su frase que sentencia que las flores fueron hechas para ir encima de las tumbas y los hombres para encima de las viejas. Así.

Me deleito con un huachinango a la talla, cerveza, sol, hamaca, agua dulce y bendiciones completas. En esta noche fresca e ideal duermo como reina después de reflexionar que en el complot mongol todas las mujeres están cogidas o son cogibles. Por otro lado, aunque en esta misma línea, por petición expresa de editores y promotores, la Isla del Tesoro no debe contar con mujeres como personajes. La historia de aventuras está dirigida para hombres de cualquier edad, aunque en un principio se le considera únicamente para niños. Un chico de 17 años narra su heroísmo frente a una banda de piratas rudos, fuertes, ambiciosos y borrachos. Solamente la mamá de Jim, el héroe, aparece en el primer capítulo y es quien cuida abnegadamente al marido enfermo, atiende el hostal y, ante cualquier animadversión, se desmaya y, además, grita y llora fácilmente. O sea, pertenece al catálogo del sexo débil, término ambiguo para Jorge Ibargüengoitia, quien dice que su niñez en Irapuato, siempre estuvo gobernada por su mamá, sus tías, primas, abuela y, en general todo lo que aprende, es de ellas. Aunque, afirma que, si se topa con una mujer liberada, le suelta un puñetazo en la mandíbula. Ambiguo.

En el aeropuerto de Acapulco, bebo un tequila, fumo el último cigarro y compro un monedero de chaquiras. Había que consentirse después de haber sido desfalcada de cinco mil pesos por un boleto sencillo para un viaje de una hora. En fin. Una vez acomodada en el asiento junto a la ventana, me incomodo al percatarme que la silla es chica, el respaldo justo y rígido, el espacio para las rodillas escaso y el que se reserva para la bolsa de mano, muy pequeño. Mi vecina no logra balancear su latte sobre la charolita y eso es peligroso porque, si se mueve una pulgada, nos quemamos las dos. Por alguna pizca de respeto al prójimo, nadie reclina su respaldo, pues pueden atropellarse las rodillas del pasajero de atrás. Avión atiborrado, nada de sana distancia. No hay un solo lugar disponible; vamos, como se dice, como sardinas enlatadas. La bahía luce hermosa desde la escasa altura que todavía emprende la aeronave. El mar y el cielo azul enmarcan una línea nítida de hoteles, otra de casas y más atrás, de vecindarios, ya lejos de la costa.

La chica junto a mí no me tiene miedo ni respeto y, desde el principio, me espeta que pagó el boleto más caro por este viaje (por un error en su nombre) aunque todo ha valido la pena por haber estado frente al trasero de Stefanos. Asiento con ella y espero ansiosamente el tequila que pude disfrutar en el mismo vuelo (aunque con una tarifa más económica) meses antes, pero el anhelado nunca llega.

Al descender del avión poliocupado, voy al camioncito que finalmente lleva a la terminal y descubro la bolsa de papel que aeromar me obsequia: una botellita de 250 ml de agua, un paquete de 18 gramos de chicharrón de harina y un bocado de pavo del tamaño de mi muela. Bebo ávidamente el agua y el resto del paquete se lo regalo –previa disculpa- a la guapa que me vende el boleto de taxi a mi casa. Antes del transporte, me topo con la Mansión y en quince minutos me como cinco medallones al limón, puré de papa, chiles toreados, cebollas caramelizadas y una cerveza. El café me lo tomo en mi hogar.

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