Almudena Grandes

Almudena y mi mamá

Almudena Grandes se murió en una época que se empecina en embadurnar a la vida con tristezas. Pero ni siquiera la muerte puede impedir que sus obras luminosas y valientes valgan para siempre y para después de siempre. Así que el ejemplar de El corazón helado que engalanó los días de mi mamá anda acá enfrente.

Ciudad de México, 28 de noviembre (MaremotoM).- Mi mamá esperaba los libros de Almudena Grandes con los ojos abiertos, tan abiertos como hace falta que se expandan los ojos cuando van a descubrir un mundo. Después, cuando los libros llegaban, sentía que no se había equivocado y leía con dos deseos antagónicos: quería que el tiempo pasara rápido y quería que el tiempo pasara despacio. Pocas cosas generan que esos dos deseos contrapuestos se abracen. Ocurre con el amor, con ciertos partidos de fútbol, con los textos cautivantes. Hermoso vaivén el de esos dos deseos cuando mi mamá leía a Almudena Grandes: apuraba la lectura porque a cada momento disfrutaba más y la demoraba porque no quería concederle a esas páginas el derecho a acabarse.

Los ojos abiertos de mi mamá a veces se volvían ojos abiertos y de lágrimas delante de muchos de los capítulos de Almudena Grandes. Decía que sus novelas no sólo deslumbraban porque estaban escritas con un arte, una energía y una gracia que seducían para subirse en la hoja de apertura y no soltarlas hasta el párrafo último. Lo mejor de todo, lo que las tornaba excepcionales, era que recordaban y reivindicaban la maravilla y la complejidad de la humanidad.

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Almudena Grandes
Como le sucedió a mucha otra gente, los ojos abiertos y de lágrimas de mi mamá se abrieron y lagrimearon de manera especial con El corazón helado. Foto: Cortesía

Como le sucedió a mucha otra gente, los ojos abiertos y de lágrimas de mi mamá se abrieron y lagrimearon de manera especial con El corazón helado, una trama que descorre los velos de España como nación y como drama pero, a la vez, interpela con sabiduría y con emoción sobre el sentido de la existencia individual y colectiva. Mi mamá recomendaba y prestaba esa historia a todo el mundo porque se sentía segura de que nadie quedaba idéntico después de leer algo así. Incluso ella regresaba seguido sobre El corazón helado y se fascinaba como la primera vez.

Almudena Grandes se murió en una época que se empecina en embadurnar a la vida con tristezas. Pero ni siquiera la muerte puede impedir que sus obras luminosas y valientes valgan para siempre y para después de siempre. Así que el ejemplar de El corazón helado que engalanó los días de mi mamá anda acá enfrente. Reluce como mi mamá y como Almudena Grandes. Con los ojos más abiertos que puedo, ahora es hora de abrirlo. Para leer conmovido. Para leer sin parar.

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