Escribir desde la enfermedad

Escribir desde la enfermedad o cómo comer piña es una experiencia orgásmica

La soledad es, también, una elección y, por lo tanto, es una praxis. Uno decide estar solo e ir construyendo el mundo desde la trinchera de la soledad. Pero la soledad implica también contemplación y, si se puede, conocimiento.

Ciudad de México, 8 de enero (MaremotoM).- Escribo desde la enfermedad. Aunque el resultado de laboratorio ha sido negativo a COVID-19, algunos síntomas y el hecho de que existen muchas fallas en las pruebas me hacen pensar en el coronavirus como el responsable de mi convalecencia, aunque no puedo descartar la influenza (en sus variantes macabras) u otra enfermedad. Hoy estoy bien, digo, bien es un decir, pero los días pasados fueron duros. No me faltó ayuda, al contrario, a las pocas personas que les comuniqué mi estado mostraron inmediatamente su solidaridad y apoyo.

No quise molestar a nadie más ni hacer un melodrama de algo que no sabía qué era realmente y que los análisis me daban negativo. Debo decir, sin embargo, que pese al amor y la solidaridad de los pocos que sabían, una profunda soledad se apoderó de mí y un sentimiento de vulnerabilidad muy intenso. De pronto estás solo y no puedes pararte ni al baño por el dolor y solo respirar duele y miras la ventana a las 4 de la la madrugada y sientes una oscura sombra que se asoma y sabes perfectamente quién es esa sombra. No, nunca estuve en peligro de muerte, pero la enfermedad me dejó claro lo frágil que soy y que la diosa de la nada siempre está ahí y nunca duerme.

Escribir desde la enfermedad
L’existencialisme est un humanisme, que conocí a los 15 años, me salvó de ser un militante doctrinario, dogmático, burocrático. Foto: Cortesía Facebook

No quiero seguir con este tono melox, solo me gustaría resaltar de esta experiencia:

1.- Que nunca pensé que comer un pedazo de piña resultara tan explosivo y vital, al grado de añadir colores al sombrío espacio habitado por la enfermedad. Comer piña después de dos días de dolor continuo, cuando lo deseaba con el alma, me llevó a una experiencia de placer cuasi orgásmica. Todo era turbio y opaco y el amarillo de la piña le añadió brillo a ese todo hecho de dolor. Como cuando uno se come el primer peyote de su vida y nada pasa hasta que, súbitamente, todo estalla en color, (en peyocolor) y de pronto te percatas de que lo que habías visto era solo su sombra y ahora lo ves en todo su colorido. Así de fuerte esa piña. Mi cuerpo se fue empiñando, lentamente, hasta hacerse poderoso, que en este caso era sentir algo de vida, un leve de esperanza (para los vivillos desde chiquillos lo dije claramente: em-pi-ñan.do. No, empuñando, ni empañando y, mucho menos, enpinoles)

2.-Las personas que hemos decidido vivir solas debemos acostumbrarnos a la presencia cotidiana de la muerte. No quiero decir con esto a normalizar feminicidios o asesinatos y crímenes de diversa índole. Me refiero a que la soledad no es sólo un estado anímico o psicológico. La soledad es, también, una elección y, por lo tanto, es una praxis. Uno decide estar solo e ir construyendo el mundo desde la trinchera de la soledad. Pero la soledad implica también contemplación y, si se puede, conocimiento. Es impensable la tan anhelada libertad sin el ejercicio solitario de la contemplación y la consecuente decisión, como un acto responsable frente a la existencia. Uno de los temas ineludibles en toda existencia solitaria, es el de la muerte y la enfermedad nos proporciona un caleidoscopio donde podemos mirar para imaginar a colores nuestra propia muerte. No quiero banalizar el dolor ni el duelo de nadie. Todas las lágrimas y el dolor por las pérdidas merecen toda mi atención y mi respeto, todo el tiempo. Hemos perdido a muchos en esta pandemia. Solo trato de hablar de la muerte como un hecho tan natural como fatal y de la muerte como una presencia continua, que no solo está cuando alguien se muere, sino que es una presencia constante y que las personas solitarias solemos contemplar como parte de la vida cotidiana.

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Estos días que estuve enfermo vi a través del caleidoscopio de la enfermedad mi propia muerte. Y no es la primera vez que lo hago.

En estos días saturados de dolor, de mocos, de quejidos, de estornudos, de tos y de un dolor infame de espalda y de pulmones, las pocas veces que crucé hacia la cocina pasando por mi escritorio, lo único que brillaba como un diamante en medio del fango kafkacovideano era un libro en ruinas, roto, despegado, fragmentado. Con tuna tipografía color azul decía en la portada:

L’existencialisme est un humanisme. Jean-Paul Sartre.

Se trataba ni más ni menos de la primera edición en francés, de tan solo 500 ejemplares, que encontré en un tiradero de libros, de esta obra conocida mundialmente, de uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, editada en 1946, por la editorial Nagel. Así que en cuanto pude (cuando la enfermedad me lo permitió), decidí pegar los fragmentos de este libro que marcó mi vida, (en una edición muy posterior, claro)

Hubo muchos libros que marcaron mi vida: El fantasma de Canterville, El manifiesto del Partido Comunista, Iluminaciones (Rimbaud),El libro del desasosiego, Así hablaba Zaratustra, el diario del ladrón, Las enseñanzas de Don Juan… Pero este libro, L’existencialisme est un humanisme, que conocí a los 15 años, me salvó de ser un militante doctrinario, dogmático, burocrático, pero también de la militancia arribista y trepadora. Cuando reviso con calma, resulta que es ¡la primera edición francesa, de 1946, año en que nacieron mis padres! Ellos murieron 44 años después de que se publicara este libro, yo nací el 4 de febrero, a los 4 años me dio una tuberculosis ganglionar terrible y casi muero y el día que vi la sombra de la muerte en mi ventana fue este 4 de enero a las 4 de la mañana (mi hora predilecta del insomnio). Por cierto el número de mi departamento es el 4.

Escribir desde la enfermedad
La primera edición de “Les séquestrés D’Altona” publicada por Gallimard en 1960. Foto: Cortesía

No, no me quería poner espeso, ni melodramático, ni trágico. En realidad quería hablar de este hermoso libro, de Jean-Paul Sartre, que me encontré junto con otro del mismo autor, también la primera edición de “Les séquestrés D’Altona” publicada por Gallimard en 1960 dentro del cual había un “timbre” de la librería Gallimard, para poder adquirir el Boletin Gallimard y demás publicaciones periódicas y las publicaciones recientes de la editorial francesa de mayor prestigio en el mundo y también un vieja nota, de 1965, de la librería de Cristal, donde se registra que ese libro fue comprado en México.

De eso quería hablar pero se cruzó la pinche enfermedad y se me cruzaron los cables y cómo chingados duelen ambas cosas, vaya que sí.

Enero para mí siempre es un mes muy complicado.

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