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VICENTICO: “Ya no se puede dejar una canción que sea más o menos, debe ser perfecta”

Tiene las canciones de El pozo brillante, su más reciente disco solista, que tenía listo desde antes de la pandemia. “Pasó un montón de tiempo desde que terminé de grabar el disco y al principio dejé de escucharlo, obviamente, porque venía de un año de mucha grabación y todo eso. Pero cuando salió, volví a escucharlo mucho y a pensar cómo tocarlo y demás”. 

Ciudad de México, 1 de diciembre (MaremotoM).- Vicentico se debate entre dos sensaciones antes de volver a pisar un escenario: “Por momentos me agarra como una fobia total, porque como es un montón de tiempo sin hacer nada; un poco también te acostumbrás a la vagancia, a no hacer nada y eso es lindo también. Me pasé como un año y medio boludeando y más allá del horror de la pandemia, que todos sabemos, yo no lo pasé mal. Entonces, tener que arrancar con el trajín, un poco de fobia me agarra”, explica. 

Tiene las canciones de El pozo brillante, su más reciente disco solista, que tenía listo desde antes de la pandemia. “Pasó un montón de tiempo desde que terminé de grabar el disco y al principio dejé de escucharlo, obviamente, porque venía de un año de mucha grabación y todo eso. Pero cuando salió, volví a escucharlo mucho y a pensar cómo tocarlo y demás”. 

Y apareció la otra “primera vez”, porque en los shows estrenará un formato de banda inusual para él, “un poco más basada en la electrónica y las compus”. “En vivo vamos a ser dos músicos y yo y máquinas e instrumentos, entonces tuve que repensar todo el show y cómo tocar esas canciones. Muchas de ellas eran fáciles de tocar porque ya estaban hechas así, en otras era un poco más complicado. Pero sí, pensamos todo el show de nuevo”. 

-¿Qué te llevó a ese formato?

-No es porque sea íntimo o se haya achicado, es como otro mundo sonoro, con compus y baterías electrónicas, muchos teclados… También hay guitarras y bajos, pero el centro está en lo otro. Empecé a sentir que no me entraba en la cabeza tocar como venía haciéndolo, con banda, batería… Para estas canciones estaba un poco raro, no tenía ganas de hacerlo así. No sé por qué… Si me decís de tocar con los Cadillacs, eso sí es una banda de rock clásica, con dos bateristas incluso, pero empecé a sentir que mi proyecto solo podía ser otra cosa, algo más… rarito, por decirlo de algún modo. No es que sea raro, tampoco, pero desde hace unos cuantos años que estoy más relacionado con la compu, las máquinas y todo, y Mariano Otero también. Él es mi socio en el escenario y nos dimos mucha manija con eso, entonces estamos medio metidos en ese mundo. Y está bueno, estamos re copados.

-Eso habrá cambiado el sonido de las canciones…

-Estamos montados sobre un mundo que sale de la computadora pero está preproducido. Trabajamos casi como un disco entero de nuevo, hace cuatro meses que estamos trabajando en el show. Es mucho más trabajo que si ensayáramos con una banda. Tal vez cuando lo toquemos la gente ni se dé cuenta de eso (se ríe), pero es mucho laburo de preproducción. Una vez que el show esté terminado y podamos tocar arriba de todo lo que grabamos, va a ser buenísimo y muy fácil de hacer en vivo, con muy buen audio y todo, pero es mucho trabajo. No va a sonar como sonaba el disco; re power también, pero de otra manera.

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La entrevista se hizo en octubre, próximo a los shows en el Gran Rex. Foto: Cortesía

-Dices que no es “más íntimo”, pero siempre tuviste bandas numerosas y hay una especie de contención en estar rodeado de músicos. ¿Esta es una nueva forma de exponerte?

-Sí. Por decirlo de un modo muy tonto, es un poco desafiante lograr que todo suene poderoso y grande con sólo tres músicos, pero se re puede hacer. Es un buen desafío para mí, me mantiene el cerebro activo. Siempre me importan mucho el audio y que suene bien, porque eso es lo que me gusta a mí cuando voy a un concierto: que el mundo sonoro sea poderoso y profundo.  El disco tiene un audio exquisito, algo que no se escucha tanto en la actualidad, por más que haya más herramientas para hacerlo.

-¿En qué momento empezó a ser tan importante para ti?

-Creo que para mí y para mis compañeros de los Cadillacs siempre fue importante. Siempre fuimos amantes del audio, en el sentido de que el audio cuenta un montón de cosas. Los audios exagerados hablan mucho de los artistas y de sus actitudes frente al que va a escuchar. Pero, bueno, también es verdad que fuimos aprendiendo mucho en el camino y que no siempre pudimos hacer lo que queríamos, porque no sabíamos, porque no había tiempo o porque no dábamos con las personas indicadas. Eso también es un tema… Pero con el disco anterior de los Cadillacs, La salvación de Solo y Juan, tiene mucho trabajo de preproducción y de audio… como infinito. Y yo trabé una relación de mucha amistad con Héctor Castillo, que es con quien coproduje El pozo brillante. También hice la música de una película de Vale Bertucelli, mi esposa, que la hicimos juntos, y nos dimos mucha manija. La grabación del disco fue larguísima para lo que es usual hoy, pero muy copada. Aproveché mucho que podía hacerlo… Es un momento raro, porque las compañías por alguna razón -que ya sé cuál es: es que están muy dulces, están ganando mucha plata-, si a un artista le interesa hacer discos largos y grabarlos, no tienen problema en gastar esa plata. Fui a Nueva York siete u ocho veces, Héctor lo mismo para acá… Pensé que en algún momento iban a decirme “Flaco, tranquilizate”, pero no sucedió. Y la verdad es que trabajamos un montón, con mucha profundidad en el audio. Pero es lo que vos decís: obvio que hay muchos artistas a los que les encanta esto de lo que estamos hablando y lo hacen en sus discos, pero la música en general se puso muy chata a nivel de audio. No digo a nivel de canciones, porque hay canciones muy lindas y todo, pero a nivel audio está un poco chato todo y a mí eso no me atrae. Después puede salirte bien o mal, pero trabajar muuuucho un disco, que sea un disco, que el disco te lleve, tiene que ver con la forma en que me gusta escuchar música.

-Desde tu primer disco solista trabajaste mucho el audio: era un álbum con un sonido muy limpio, quizá de más, pasado de rosca con ese aspecto.

-Sí, de más, de más, totalmente. Pero sí, estaba esa búsqueda. Lo que pasa, también, es que no parás de aprender. Recién hará diez años que sé llegar a lo que quiero, antes no sabía cómo hacerlo. Lo buscaba pero no llegaba, no tenía la paciencia ni la constancia de pararme frente a quien estaba produciendo y decirle “no, che, esto me gusta así, esto no”. Son cosas que se aprenden. Y ahora me importa mucho. Te diría que lo que más me importa es que las canciones sean perfectas. Lo que yo siento que es perfecto: una letra que esté perfecta, una música perfecta, la mezcla también… Eso también lo aprendí del cine. Si agarrás cualquiera de los grandes directores, no hay ni una escena que esté mal. Scorsese, por decir uno: mirás la película de punta a punta y todas las escenas son perfectas. La actuación, la luz, la cámara, lo que pasa: todo es perfecto. Y eso hace que sea una re obra. Me parece que en los discos es lo mismo: ya no se puede dejar una canción que esté más o menos. Antes nos pasaba que había alguna canción de relleno, pero eso ya no me parece posible.

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Las canciones deben ser perfectas. Foto: Cortesía

-Esa búsqueda de la perfección, ¿no puede ser contraproducente?

-Sí, obvio. Puede ser contraproducente, caprichoso, puede salir mal, ser un plomo… Pero a veces tenés suerte. Yo siento que en este disco no está de más, estoy cómodo con el disco. Cada momento me representa, no hay nada que me haga decir “uy, esto no me gusta más”. Me pasa que hay cosas que no las puedo escuchar. El primer disco, este que vos mencionabas, tiene muy pocas cosas que escucho y me gustan. Por suerte hay algunas y ya con eso estoy contento. Pero es muy de otra época para mí esa sensación de estar contento con algunas cositas, ahora quiero estar contento con todo lo que hago.

Hay un camino de imperfecciones que va construyendo ese aprendizaje, pero quizás eso que ves perfecto ahora, visto desde tu yo antiguo no lo sería. Por ejemplo, Lou Reed se obsesionó mucho con el sonido en los últimos años de su vida, pero sus mejores canciones las había hecho mucho tiempo antes…
Estoy totalmente de acuerdo. Cuando hablo de la perfección, tiene más que ver con la decisión de dejar lo que es considerado un “error” de audio, de letra o lo que fuere, pero tener la posibilidad de decidir hacerlo. “Dejo este error porque me gusta, no porque no tengo tiempo o ganas de arreglarlo”. Es más una decisión de prestar atención a lo que querés.

-¿Eso te llevó a componer de otra manera?

-Sí… Sí, me llevó a componer de un modo exhaustivo, sobre todo con las letras. Con la música puede pasar que haya alguna nota que no me represente… Cuando Lou Reed fue a Spectacle, el programa que hizo Elvis Costello, Lou dijo una cosa increíble que me representa en absoluto: que sus músicos no pueden tocar determinados acordes porque no son él. “En mi banda nadie toca acordes con séptimas menores porque yo no soy eso”. Y tiene razón, si en su música apareciera un acorde medio jazzero, dirías “qué raro Lou haciendo esto”. Entonces, tiene que ver con un conocimiento profundo de uno mismo, y qué cosas te representan y cuáles no, qué sentís que te puede funcionar y qué no. Hay algunas palabras que no podría dejar en un disco, canciones mías que no puedo escuchar porque tienen palabras que odio.

-¿Cuáles?

-Me avergüenza…

-Dale…

-No sé, canciones de los Cadillacs en las que digo “cómo pude escribir esa letra tan torpe”. O no haber buscado otra palabra… Digo “galope” refiriéndome al corazón y es una estupidez obvia, ¿entendés? Está bien, la escucho y me da ternura de nosotros mismos.

-¡Pero “Carnaval toda la vida” es un temazo!

-Sí, está bien, me reconozco y la canción me da alegría, y pienso que en esa torpeza también hay algo lindo. No veo mal que los pibes busquen palabras y pongan una en la que se equivoquen, pero ahora buscaría la palabra y hasta que no aparezca, no lo grabaría. En esa época venía el productor y te decía “hay que grabar, hay que grabar”…

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-Y en ese cambio en la forma de componer, ¿cómo sabés cuando eso que querés transmitir ya está plasmado del todo? Leonard Cohen decía que algunas canciones le habían llevado más de una década porque no encontraba las palabras justas.

-Lo re entiendo… Pero te das cuenta, no sé cómo. Entendés que algo está y que algo no está. De hecho, hay un montón de canciones que no van a los discos porque hay cosas tontas que no están, que no van… Con este disco, me puse a componer y hablé con Héctor para hacerlo. Compuse todo un disco, en la compu solo, él vino, escuchó los temas y me dijo “buenísimo”, así que nos fuimos a Nueva York, llamamos a unos músicos amigos y grabamos. Y cuando ya teníamos siete u ocho temas grabados que se sonaban todo, me di cuenta de que no era ni ahí el disco en el que yo estaba pensando. Habíamos grabado un disco de rock, que estaba bueno pero no era lo que quería. Así que frenamos todo ahí y volvimos a empezar de cero.

-¿Alguna de esas canciones llegó al disco?

-Una sola, “Ahora 1”. Esa es de la primera época. Todas las demás que eran en ese plan, se fueron. Bah, están ahí guardadas, algún día a lo mejor hago un disco con eso, cuando sienta de nuevo que el rock… es el rock.

-Pero hiciste otra versión, “Ahora 2” y decidiste poner las dos seguidas porque te gustaba el contraste.

-La canción me gustaba y a Héctor también, nos habíamos encariñado con lo que decía, entonces empezamos a buscar mil versiones diferentes. Hasta que llegamos a la última, que es “Ahora 2”, y nos encantó, elegimos esa. Y después, sólo por divertirnos, empezamos a escuchar el disco viejo que habíamos grabado y encontramos la versión “Ahora 1”, que también nos gustó, entonces pusimos ambas.

-En el disco llama la atención “Rima”, una canción en la que precisamente faltan las palabras que riman y que, en algún sentido, habla sobre una búsqueda del sentido de las palabras. ¿Es una metacanción?

-Sí, es una metacanción, pero esa sensación se la encontré después. Al principio, en realidad estaba pensando en el lenguaje, y en el peso torpe y a veces feo que tiene el lenguaje. Y que hay palabras que no se pueden decir porque están cargadas de un horror. Entonces, estaba escribiendo sobre eso: “Quiero una palabra que rime con tal y no puedo decirla porque si la digo, tal cosa”. Estaba jodiendo con eso, pero después apareció esto que vos decís. Pero pensaba en que algunas palabras o nombres tienen un peso horrible, súper enroscante, y sólo decirlas te llevan a un mundo y te dejan ahí atrapado, aunque en realidad son sólo pensamientos, no tendría por qué ser así. La canción da vueltas alrededor de un montón de pelotudeces, no dice mucho, tampoco…

-Pero en lo que no dice está lo importante.

-Sí… Y también es música, ¿no? La mezcla entre las palabras y la música es lo que hace que se te tuerza un poco la cabeza.

-En varias entrevistas mencionaste que hoy te interesaba especialmente lograr comunicación y empatía con el oyente, sentir que estaban del mismo lado de la vida. Y eso está muy explícito en la letra de “Quién sabe”.

-Lo que yo siento es más a largo plazo, no es algo que necesite que suceda en el momento ni nada. La frase dice “que levante la mano el que esté de mi lado / que levante la mano el que esté enamorado”. Lo de estar enamorado tiene que ver con algo que le escuché decir a Rita Segato sobre que, en el pico de la ola verde, las mujeres se encontraban en las calles enamoradas entre sí, de lo que les estaba pasando entre ellas. Rita es una filósofa y una antropóloga re clara, la admiro un montó y me gusta mucho lo que dice. Y me pareció muy linda la idea de sentirse enamorado de la otra persona: no es un cantante que pide que haya empatía, lo que buscamos es tirar una línea a ver qué hay del otro lado. No sé, sentirnos humanos…

-No se trata de pedir adoración…

-No, no, todo lo contrario.

-En un punto, también estás ofreciendo.

-Totalmente. Quiero sentir que estoy de un lado y que estoy enamorado de los que tengo al lado, que nos entendemos, que tenemos la misma risa, el mismo pensamiento, las mismas sensaciones frente a la vida.

-¿Sentís que ahí hay una grieta que va más allá de lo político? ¿Hay gente con la que no querés nada?

-Y sí… Nada que podamos definir en poco tiempo, digamos, porque también siento que al final del camino todos somos lo mismo. Pero hay cosas que no puedo mucho… Y cada vez está más claro qué es lo que me gusta a mí, con qué gente quiero estar, charlar, compartir… Hay cosas que ya se fueron y no pueden volver más, por lo menos para mí. Sí, hay gente con la que no comulgo.

-O sea que sigue vigente aquello de “yo no me sentaría a tu mesa”.

-Sigue firme, sí. En mi grupo de amigos, de pertenencia, siempre fuimos un poco así, estuvimos medio de un lado. No lo digo como una declaración de principios ni nada, simplemente es un modo de ver y de estar en la vida.

-El pozo brillante es disco es muy personal, pero a la vez es muy de personajes. ¿Cómo trabajaste eso? ¿Fue intencional?

-Sí, siempre es intencional. Cada canción es un mundo -y no solo en este disco-, o por lo menos yo trato de verlo de ese modo. Es como un planeta en un universo: cada una tiene su clima, su imagen… y también su personaje, su cantante y su modo de ser cantada. Se trabaja sólo de copado, de que te copás en ese viaje, de encontrar la tonalidad perfecta, de qué modo querés cantar, si querés cantar fuerte o suave, si querés sacar todo para afuera o no mostrar todo, si querés aguantar la canción… No sé, todo ese tipo de cosas que nos gustan a los cantantes. Porque una cosa son los compositores -que lo soy-, los músicos -que también soy un poco-, los escritores de canciones… y después están los cantantes. Los cantantes me dan -y me doy- mucha ternura por la desesperación por clavar un modo de expresión que transmita algo. Lo que querés es eso, transmitir la alegría por estar unidos en algo a través de la música. Hay cantantes que en una nota dicen todo; ni siquiera importa la letra, nada, simplemente es un modo de cantar que vos decís “Uh”. Lou (Reed) es uno, o Neil Young, o Paul (McCartney), la Negra Sosa o quien sea: los escuchás cantar un poquito y enseguida te vuelven loco. Hay algo ahí que es re importante, también. Hay que tener cuidado con eso.

-Pero vos podés buscarlo como compositor, músico y cantante.

-Sí, por eso te decía que es cuestión de estar atento, de que las cosas no se te pasen. En vivo sucede mucho eso, a veces te distraés por alguna razón y se te pasó el momento… A mí me da una bronca tremenda cuando me distraigo como un boludo justo en la parte en la que canto una nota que siento que puede hacer algo. Capaz que es una estupidez y nadie se da cuenta, pero se me pasa y me da una bronca… Eso es por estar desatento. Me di cuenta de que la atención es muy importante, estar atento a lo que pasa.

-En “Ahora” decís “la vida es solo ahora” y hay como un llamado a tomar decisiones, pero también “el destino es así“. ¿Hay una mirada determinista ahí?

-Es que hay un final del cual no te escapás. El destino es igual a… patapúfete (risas). Después se verá, pero hay algo que se termina y de eso no te escapás. Supongo que será por ese lado. Igual, también hay veces que las palabras quedan lindas en las canciones, y para mí tienen un sentido y cierran un significado. “Destino” es una palabra hermosa. Destino, desatino… Hay un montón ahí alrededor. El desatino controlado de Castaneda, el destino: para mí esa canción está en ese mundo.

-La versión de “No tengo”, un tema de Nina Simone, es de suma desnudez: soy esto. Pero también ahí hay una búsqueda de empatía.

-Sí, sí. Nina Simone es como la reina de la desnudez. Si hay alguien que desnudó su espíritu y su alma, es ella. La ves ahora y decís “Boludo, esta mina estaba totalmente a la vista de todos, todo lo que le pasaba”. Para mí la canción re transmite eso, es preciosa, atravesó muchas épocas y siempre cae perfecto. Me alucina pensar que alguien en los 60 escribió eso y lo tiró así, y cruzó cincuenta años y sigue cayendo perfecto. Son como líneas larguísimas, como un modo de transmisión re lindo. Por otra parte, está lo que se anima a decir, que es lo que decías vos… Hay que animarse a decir eso… Hace unos años vino Barenboim a tocar al Colón y lo fuimos a ver con Vale. De orto, pudimos pasar a saludarlo: una mega estrella, Mick Jagger no existe al lado. Él había tocado con su orquesta, la East Western Divan Orchestra, y en un momento tocaban pianísimo, muy, muy bajito. Noventa pibes tocando a un volumen muy chiquito. Y yo le dije: “Maestro, ¿cómo hace eso? ¿Cómo logra que la orquesta toque tan despacito y tan perfecto?” Y el flaco me dijo: “Ah, eso es porque me animo. Los demás no se animan, pero yo me animo”. Y me quedó tipo “claro, se anima”. Fue una gran enseñanza. Es lo mismo con Nina Simone: se animan. Hay que animarse. ¿Qué te puede pasar? ¡Es música!

-¿Y a vos te gustaría haberte animado a más en algún momento?

-Sí, a lo que me gusta. Estupideces, por ahí. “¿Vas a poner dos versiones de la misma canción?” Bueno, sí, no pasa nada, es un disco. Y es una pavada, porque no tiene nada de raro hacer eso, pero hay que seguir animándose a lo que fuere. Total, nada grave va a pasar. Y, a la vez, nos mantiene a todos con la cabeza atenta.

Fuente: Silencio / Original aquí.

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