BYUNG CHUL HAN

¿Por qué (no) leer a Byung-Chul Han?

Byung-Chul Han (o Pyong-Chol Han) (Seúl, 1959) es un filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Escribe en idioma alemán y está considerado como uno de los filósofos más destacados del pensamiento contemporáneo por su crítica al capitalismo, la sociedad del trabajo, la tecnología y la hipertransparencia. Aquí las razones para no leer al autor de La sociedad del cansancio.

Por Ricardo Forster

Ciudad de México, 22 de noviembre (MaremotoM).- Este libro colectivo recorre con audacia crítica la obra del filósofo coreano mostrando su lógica binaria llevada al extremo, sus opacidades, sus contradicciones, sus juegos retóricos, sus disimuladas correspondencias con el espíritu neoliberal de época, su “operación” a través de la que se apropia bestsellerianamente de autores clave para ofrecer una agradable lectura.

Libro en el que sus autoras desmenuzan “la operación Byung-Chul Han” mostrando su celebración del nihilismo y la pasividad como única respuesta posible a la supuesta captura final que el neoliberalismo operó sobre los seres humanos atrapados en la nueva “jaula de hierro” del universo digital y hedónico, universo entre asfixiante y definitivo del que ya no es posible escapar. Atravesando los territorios arduos y complejos por los que el filósofo coreano se interna con ánimo simplificador y astuto, las autoras no eluden, en cada uno de los capítulos, deconstruir una estrategia que persigue un doble efecto: multiplicar lectores ávidos de textos simples y ligeros, entre anarco-críticos y desesperanzados con una pizca de intensidad estética, y apropiarse de una parte no menor de la tradición filosófica (con Heidegger a la cabeza) para ponerla al servicio de una política de la resignación. Aquí, el prólogo de Ricardo Forster.

Es un libro de UBU EDICIONES – Colección La Tripulación Autoras: Luciana Espinosa, Beatriz Greco, Ana Paula Penchazsadeh, María Cristina Ruiz del Ferrier y Senda Sferco.

BYUNG CHUL HAN
¿POR QUÉ (NO) LEER A BYUNG-CHUL HAN?

Si partimos de la premisa de que el neoliberalismo busca producir una “nueva” humanidad, que su objetivo no es simplemente modificar las estructuras económicas para desplegar más intensamente y mejor la financiarización global, resulta claro que esa contrarrevolución cultural necesita de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información además, por supuesto, de “teorías” que describan la condición apocalíptica e insuperable en la que nos encontramos en tanto humanidad encerrada, engatusada y domesticada.

Penetrar en lo más profundo de la subjetividad (y quizás, como objetivo final, alcanzar el núcleo del sujeto –allí donde se forja el lenguaje– y acabar cometiendo el “crimen perfecto” como lo llama Jorge Alemán a ese intento de capturar no sólo el plano de la subjetividad sino ir hasta el inconsciente mismo en tanto ser hablante, mortal y sexuado) constituye la apuesta más radical de un sistema de dominación que ha sabido movilizar a su favor esas nuevas tecnologías que entrecruzan el paso de lo analógico a lo digital junto con la generalización del uso del algoritmo como “lengua matemática” de una mundialización perversa que atrapa, en sus redes, a los seres humanos allí donde logra definir gustos, afectos, inclinaciones, emociones, modalidades de vida, proyectos, etc.

Convirtiendo esos datos no sólo en un gigantesco negocio que enriquece sideralmente a algunas corporaciones (Facebook, Google, Amazon, etcétera) sino que, a su vez, va diseñando los contornos de las nuevas formas de subjetivación que se asocian con la etapa actual del capitalismo (a la que algunos, por ejemplo Bifo Berardi, le ha agregado aquello de “semiocapitalismo” como un modo de ejemplificar mejor lo que supone la digitalización plena de la vida social). Lo digital, lo algorítmico, lo semiológico, constituyen las herramientas que, asociadas, le dan su potencia al capitalismo en asociación, también, con los grandes medios de comunicación que se han convertido en los aliados estratégicos del neoliberalismo a la hora de expandir, en el interior de la vida cotidiana, los recursos simbólicos, las perspectivas aspiracionales, los contornos de la subjetivación economicista y hedónica, el dominio abrumador del emprendedorismo y la meritocracia como puntos nodales de la existencia de los individuos en la sociedad del consumo y el goce.

Frente a esta realidad que nos desafía y que nos devuelve la imagen de la inexorabilidad de un sistema-mundo capaz, eso nos dicen, de eternizar el instante de su dominación, vemos que se juegan diferentes alternativas en el interior del campo intelectual, político y cultural: por un lado, los depositarios de un antiguo mandato que sigue insistiendo con un pensar crítico y a contracorriente, capaz de seguir habitando la lengua política y proyectando caminos de emancipación sin perder de vista los peligros que acechan ni las fallas que escinden al propio sujeto en el escenario de una historia en la que ni la totalidad ni la completitud definen el orden de la sociedad; y por el otro lado, la proliferación de discursos de la consumación malsana de un sistema que ha alcanzado el máximo punto en su capacidad para perforar todas las defensas del sujeto hasta convertirlo en esclavo de su propia libertad, en artífice de su servidumbre y en deudor del misterio teológico del algoritmo. Pero lo sorprendente, y este es el eje central de ¿Por qué (no) leer a Byung-Chul Han?, es que lejos de abrir, este tipo de hipérbole crítica, una estrategia de resistencia y de disputa política, se recuesta sobre la irreversibilidad de la captura lograda por el neoliberalismo de aquello que funda al sujeto hasta la consumación del “crimen perfecto” que nos deja, como sociedad y como individuos, atrapados y sin salida.

¿Cómo pensar, desde una mirada crítica, no complaciente y emancipatoria aquello que algunos han definido como “una mutación antropológica” que se está llevando a cabo en nuestro tiempo y ante nuestros ojos? ¿De qué modo sustraerse al nihilismo que emana, incluso, de aquellas críticas que siendo frontales y radicales sin embargo se deslizan hacia la culminación de una estrategia triunfante que ha sido capaz de capturar –eso nos dicen utilizando una retórica seudo rebelde e iconoclasta– a los seres humanos de una manera que parece definitiva? ¿Cómo eludir la tentación de caer en una “adoración negativa” de las tecnologías digitales afirmando que “el crimen perfecto” ya se ha cometido, como sugiere Byung-Chul Han, hasta el punto que la idea misma de libertad ha sido apropiada por el neoliberalismo haciendo de cada sujeto el esclavo de sus propias decisiones? ¿Puede la lengua política interrumpir el dominio del semiocapitalismo? ¿La “servidumbre voluntaria” constituye la última metamorfosis de un sujeto plenamente domesticado bajo la impronta del goce y la culpa sacrificial?

Preguntas que abruman nuestra actualidad, que me preocupan desde la inquietud de seguir imaginando alternativas a la injusticia del capitalismo. Sobre todo, me incomodan algunas reflexiones, que aunque interesantes y necesarias, tienden al inmovilismo como si el neoliberalismo hubiera alcanzado la quimera de la eternización de su instante histórico y ya estuviéramos transitando la fatalidad de lo inmodificable. Salimos del teleologismo que supuestamente garantizaba el camino hacia el socialismo para entrar en una lógica de la inexorabilidad de un orden económico capaz de apagar el propio movimiento del motor de la historia frenando, de una vez y para siempre, cualquier posibilidad de transformación de una realidad convertida en absoluta y total. Es en este sentido que valoro, hoy todavía más, la idea benjaminiana de ruptura, su condición de dislocamiento que interrumpe la supuesta circularidad “perfecta” del liberal- capitalismo. Romper con una ontología de lo circular, de una suerte de autorreproducción del Sistema que sigue su movimiento eterno de expansión infinita e ineluctable, constituye un acto de rebeldía y un más allá de una metafísica que nos asfixia y paraliza. Entre la idea del comunismo, hoy sometida a la impiadosa crítica de sus fracasos, y la idea del populismo, que pareciera asumir algo del otrora carácter maldito del sueñ o igualitarista, se juega la posibilidad de interrumpir esa marcha brutal del capitalismo. De nuevo, sin garantías.

Celebro, en esta perspectiva, el libro colectivo ¿Por qué (no) leer a Byung-Chul Han?, libro en el que se recorre con solvencia y audacia crítica la obra del filósofo coreano mostrando su lógica binaria llevada al extremo, sus opacidades, sus contradicciones, sus juegos retóricos, sus disimuladas correspondencias con el espíritu neoliberal de época, su “operación” a través de la que se apropia bestsellerianamente de autores claves para ofrecer un producto de fácil y rápida digestión. Libro en el que sus autoras desmenuzan “la operación Byung-Chul Han” mostrando su celebración del nihilismo y la pasividad como única respuesta posible a la supuesta captura final que el neoliberalismo operó sobre los seres humanos atrapados en la nueva “jaula de hierro” del universo digital y hedónico, universo entre asfixiante y definitivo del que ya no es posible escapar. Atravesando los territorios arduos y complejos por los que el filósofo coreano se interna con ánimo simplificador y astuto, las autoras no eluden, en cada uno de los capítulos, deconstruir una estrategia que persigue un doble efecto: multiplicar lectores ávidos de textos simples y ligeros, entre anarco-críticos y desesperanzados con una pizca de intensidad estética, y apropiarse de una parte no menor de la tradición filosófica (con Heidegger a la cabeza) para ponerla al servicio de una política de la resignación.

BYUNG CHUL HAN
El libro más vendido del filósofo coreano. Foto: Cortesía

Regreso, una vez más, a la mirada más filosófica –que aparece en Han y que es materia de análisis del libro que estoy prologando– que busca adentrarse en una suerte de fenomenología de los vínculos entre subjetividad y nuevos dispositivos semióticos interrogando por los límites de esta suerte de autonomización de las tecnologías hasta el punto de ya no poder pensarlas en el interior de un orden socio-económico y político-cultural de matriz histórica que supuestamente trae como consecuencia la imposibilidad de salir de esta nueva “jaula de hierro” que ha demostrado ser más eficiente que la imaginada por Max Weber a comienzos de siglo XX.

Cada una de las autoras, tomando aspectos diferentes de la obra de Han, confluyen, para ponerlo en cuestión, en un punto central que acaba por darle su coherencia al dispositivo de la resignación: la potencia inusitada y final del Sistema que le ha permitido, vía las nuevas tecnologías de la información y la comunicación sumadas a las prácticas del goce consumista y del renunciamiento a toda forma de resistencia, la consumación del “crimen prefecto” allí donde el sujeto y ya no solo la dimensión subjetiva, ha sido completamente atrapado en las redes de acero de la dominación bajo la premisa de una “servidumbre voluntaria” que se constituye en la imposibilidad de toda idea de libertad en tanto antagonista de un poder sutil, poroso, evanescente y totalizador.

Byung-Chul Han, coinciden las autoras, culmina un camino que parecía conducirlo hacia una crítica radical del orden del mundo para finalmente llevarlo al puerto de la inmovilidad, el pesimismo y la despolitización.

“Todos los signos –escribe Baudrillard en El intercambio simbólico y la muerte– se intercambian entre sí en lo sucesivo sin cambiarse por algo real (y no se intercambian bien, no se intercambian perfectamente entre sí sino a condición de no cambiarse por algo real)”. Con una dosis de mayor sutileza y envergadura filosófica, Baudrillard supo, mucho mejor que sus epígonos, captar y anticipar el devenir de la sociedad del signo. Claro que requería de lectores más esforzados a la hora de tener que interpretar sus reflexiones, algo muy distante de los lectores que imagina Byung-Chul Han al escribir sus libros. Pensar las estrategias comunicacionales es adentrarse en esta hipérbole del signo en la que la operación de desplazamiento se ha consumado de forma definitiva impactando de lleno en la subjetivación de individuos que establecen vínculos con “la realidad” a través de esta “emancipación del signo de su función referencial”. En la era de la “posverdad” todo puede ser dicho y convertido en “verdad irrefutable”. Romper esta nueva forma de hechizo constituye el desafío más arduo y difícil de todo proyecto de liberación. Devolverle al lenguaje credibilidad supone poner en cuestión la aceptación lisa y llana de vivir en el interior de lo virtual y digital rescatando su dimensión material histórica.

Seguir por la huella nietzscheana de la “verdad como fábula” hoy no constituye ningún acto de subversión ni de transvaloración de los valores dominantes; si no, antes bien, una forma de adaptación a lo que el poder intenta hacer con nosotros. Este llamado a invertir los términos de la lectura de Byung-Chul Han es contemporáneo de una crítica capaz de incorporar, todavía y más allá del avance devastador del neoliberalismo, la lengua política como matriz emancipatoria. Por fuera del binarismo simplificador que atraviesa de lado a lado la escritura del filósofo coreano, las autoras declaran que las “mueve el deseo de multiplicar e incentivar una tarea fundamental en los espacios académicos y no académicos para repensar y propiciar otro tipo de práctica intelectual en conjunto, en diálogo, en amistad. Esta es nuestra apuesta y esta es la realidad efectiva del presente desde el cual escribimos este libro: una época que ya no puede desentenderse del cuestionamiento que ella misma ha podido sostener contra su impronta binaria, prendada de mandatos patriarcales, imposiciones soberanas individualizantes y proclamas de la retirada de la historia”.

Siguiendo al economista Robert Kurz, haciéndolo a través de un texto en el que el pensador alemán revisa el legado de Karl Marx buscando su actualización e imaginando que abre una vía opuesta a la seguida por Byung-Chul Han, nos encontramos con una fuerte crítica a aquellos que tienden a pensar esta época exclusivamente desde la óptica de las transformaciones tecno-comunicacionales desprendiéndolas de sus dimensiones histórico-sociales como si se hubiera llegado a una lógica de la modernización en la que el capitalismo informático y semiológico se hubiera devorado definitivamente las tensiones, contradicciones y conflictos en el interior del sistema. Leamos a Kurz: “En la misma dirección (de una esquemática comprensión del neoliberalismo) apunta el reduccionismo tecnológico de este concepto de modernización desvinculado de todos los contenidos de naturaleza originariamente social, analítico-social y económico-crítica. Si el acceso a internet y a la biotecnología deben serlo ya todo, entonces en el fondo eso no significa nada, pues las ciencias naturales y la tecnología no pueden existir por sí solas ni producir un progreso aislado. Éstas sólo son eficaces dentro de un contexto de desarrollo social y socioeconómico que supere estadios anteriores. Una modernización centrada en una naturaleza meramente tecnológica, que ya no quiera cuestionar el statu quo del orden social y que admita haber llegado al fin de la metamorfosis de las formas sociales a través de la economía de mercado y de la democracia, se descalifica a sí misma”1. No hay duda de que Kurz nos previene respecto de aquellas críticas que se visten con ropajes híper radicales a la hora de presentar una descripción catastrófica del estado de las subjetividades en la sociedad contemporánea sin, paradójicamente, ofrecer ninguna alternativa superadora a la expansión del sometimiento y la dominación cuasi perfecta (sin haberlo leído a Byung-Chul Han, porque falleció unos añ os antes del boom editorial que como reguero de pólvora invadió las librerías del mundo llevando el mensaje de la consumación del neoliberalismo como forma acabada de la poshistoria y la pospolítica, el economista alemán llegó al hueso de esta profunda defección de quienes se siguen supuestamente identificando con una filosofía crítica). Kurz, que busca actualizar desdogmatizando el legado de Marx, percibe que ciertas críticas se desvían hacia una perspectiva que acaba en la parálisis y el pesimismo.

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El peligro es que la dimensión real e imaginaria de este trastrocamiento de la materialidad en abstracción acabe por ser aceptada por los sujetos como la efectiva “realidad” sin chances de sustraerse a esta colonización cada vez más profunda. “La virtualización financiera –dice Bifo Berardi en una clave que sigue algunas de las huellas dejadas por Byung-Chul Han, pero sin alcanzar el dramatismo sobreactuado de un final anunciado que apenas nos dejaría, a unos pocos privilegiados, la vía contemplativa– es el último paso en la transición hacia la forma del semiocapital. En esta esfera, aparecen dos nuevos niveles de abstracción, como fruto de la abstracción del trabajo sobre la que escribió Marx (…). La abstracción digital suma una segunda capa a la abstracción capitalista. La transformación y la producción ya no acontecen en el campo de los cuerpos, de la manipulación material, sino en el de la pura interacción autorreferencial entre máquinas informáticas. La información toma el lugar de las cosas y el cuerpo queda eliminado del terreno de la comunicación (…). Luego, hay un tercer nivel de abstracción, que es el de la abstracción financiera. Las finanzas (…) se han desvinculado de la necesidad de la producción. El proceso de valorización del capital, es decir, aquel que incrementa el dinero invertido, ya no pasa por la instancia de la producción del valor de uso o, incluso, por la producción física o semiótica de bienes”.

De todas formas, ya Giovanni Arrighi en su libro El largo siglo XX había destacado que en cada una de las etapas o ciclos atravesados por el capitalismo desde su primera estación genovesa se podía constatar un rasgo común a todas: que en sus períodos de declive se producía, en el centro hegemónico de cada época, un desplazamiento del capital comercial y productivo hacia el capital financiero (eso sucedió con Génova, Holanda, Gran Bretaña y, actualmente, con Estado Unidos que, según Arrighi, constituyen los cuatro ciclos de acumulación que definen el recorrido histórico de la economía-mundo capitalista). Rasgo más que interesante –aquella condición de hegemonía financiera en las épocas de decadencia de cada etapa del capital– que nos permite anticipar la crisis, quizás terminal, del ciclo dominado por Estados Unidos. Como si en el cuerpo inmaterial del capitalismo ya estuviese escrito, desde sus comienzos en el siglo XVI, la significación decisiva de la financiarización como núcleo último de su despliegue histórico y como marca de su condición crepuscular. En todo caso, tanto las referencias a Robert Kurz como a Giovanni Arrighi –acompañados por Fredric Jameson– apuntan a señalar los problemas que surgen de análisis como los de Bifo Berardi, del propio Baudrillard o, más recientemente, de Byung-Chul Han que tienden a exacerbar la metáfora de la “jaula de hierro” como el destino quizás último de una humanidad incapaz de encontrar alguna salida a las peores formas de la dominación que ya no nacen desde fuera del individuo sino que se proyectan desde su interior bajo la forma de una supuesta decisión libre; decisión que acaba siendo la forma más astuta de un sistema que logra llevar al individuo, transitando su propia libertad, hacia la más absoluta de las sujeciones. Kurz y Arrighi, fieles a sus perspectivas neomarxistas, buscan “historizar” la cuestión de la digitalización de la realidad y de los sujetos mostrando que nuevas estructuras del capital y que nuevas expresiones del fetichismo se encierran en esta etapa del neoliberalismo. En este sentido, vale, para ellos, y para filósofos como Jameson y Žižek, el carácter histórico de un sistema social, económico y tecnocultural, es decir, su condición temporal, sus mutaciones y su destino crepuscular. Tanto Berardi como Han tienden a absolutizar el presente y a desprenderlo de sus relaciones con el pasado como si la época actual se hubiese construido a sí misma alejándose por completo de cualquier herencia o determinación proveniente de una historia para siempre convertida en pieza de museo o en materia de ficciones cinematográficas. Esto no quita, por supuesto, la lucidez y el impacto sobre nosotros de esas interpretaciones que nos confrontan con los peligros de un tiempo de consumación bajo los rasgos del “crimen perfecto”, ese momento en el que el sujeto ya no sería solo dominado por los dispositivos de subjetivación del sistema, sino que habría sido penetrado hasta la profundidad del inconsciente. Me permito, junto a las autoras del libro, alejarme de estas visiones apocalípticas pensando que la materialidad de la historia sigue insistiendo en su duro combate con la fugacidad y la eternización –al mismo tiempo– del presente. “Tiempos –como señala Cristina Ruiz del Ferrier en el capítulo “poderes”– donde el lazo social, la resignificación del demos y la articulación popular son cada vez más urgentes, la retórica de Han se vuelve claramente efectiva para el adormecimiento de un contra-poder que se abra paso a las posibilidades emancipatorias, para el silenciamiento de las formas de la resistencia, para la clausura de posibles vías para la construcción de una hegemonía o para el espacio de irrupción de líneas de fuga contra la racionalidad neoliberal en tiempos globalizados. Así, el tenor más propositivo en la obra Byung-Chul Han consiste en la invitación a que cada quien se vuelque a la vida contemplativa (que presupondría como precondición la libertad que hemos perdido) y que acepte individualmente el silencio, el cansancio, la depresión, el síndrome Burnout y su propia agonía. Frente a las urgencias de nuestro tiempo, se proclama la expulsión de la alteridad, tanto de las subjetividades, pero principalmente de la propia acción política. En suma, la invitación de Han consiste en un verdadero elogio a la inacción”.

Claro que, y en esto hay que darle la razón a Berardi, aunque no sólo a él, el nivel de predominio del capital financiero en la actualidad es abrumador y constituye el eje central de la acumulación contemporánea hasta prácticamente reducir la producción de objetos materiales o inmateriales a la periferia en la búsqueda de rentabilidad. El semiocapitalismo se ha convertido en el punto máximo de abstracción del capital impactando directa y fulminantemente sobre individuos que viven, cada vez más, en el interior de realidades virtuales y bajo el signo de la desmaterialización de los vínculos intersubjetivos. Berardi agrega que la depredación del mundo real se hizo posible, en toda su extensión, en el preciso momento en el que el capital pudo prescindir de la producción de cosas útiles para centrarse casi con exclusividad en la dimensión abstracta de la circulación e inversión dineraria cuyo soporte técnico es asociable a la híper velocidad y a la desmaterialización de la información. “La separación del valor de un referente conduce a la destrucción del mundo existente”. El dominio de la abstracción generalizada como rasgo decisivo de la etapa neoliberal no sólo avanza sobre una depredación del mundo real, sino que también deja sin capacidad de reflexión, y por lo tanto de crítica, a una humanidad que es incapaz de comprender los mecanismos que han definido una actualidad demoledora sobre la que parece imposible intervenir en un sentido político. El problema, una vez más y como se destaca en ¿Por qué (no) leer a Byung-Chul Han?, es el abandono de una perspectiva crítica y su reemplazo por una hipérbole en la que nada resulta posible allí donde la digitalización del mundo, nueva forma expansiva de la abstracción neoliberal, alcanzó a devorarse al sujeto, a su libertad y a su otrora capacidad emancipatoria. Yendo de la captura del tiempo, pasando por la cuestión de lo bello, deteniéndose en la caída del erotismo, despolitizando toda reflexión sobre la dimensión ontológica de lo político, desviándose por las sendas de los nuevos “enjambres” telemáticos y por las formas actuales del sufrimiento psíquico, hasta alcanzar las playas soñadas de la serenidad, el silencio y la contemplación en medio del desquicio de un mundo que arroja a la intemperie a millones de migrantes forzados, la propuesta del pensador surcoreano, que hizo del alemán su lengua de escritura, nos deposita en un más allá de toda acción.

Slavoj Žižek, a su vez, también insiste, aunque preocupado por otras motivaciones, con este carácter desmaterializador y supuestamente a-ideológico del capitalismo contemporáneo, un carácter que vuelve indescifrable, para el individuo atrapado en las gruesas pero invisibles mallas del consumo y la virtualidad, la trama de dominación que sigue ejerciendo su cuantioso poder sobre los cuerpos y la naturaleza al mismo tiempo que promueve una “verdad-sin-significado” que se adapta sin inconvenientes a la era de la digitalización y la comunicación de masas. En Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo señala que quizás “es aquí donde deberíamos localizar uno de los principales peligros del capitalismo: aunque es global y abarca todo el mundo, mantiene una constelación ideológica stricto sensu sin mundo, privando a la gran mayoría de la gente de cualquier mapa cognitivo significativo. El capitalismo es el primer orden socioeconómico que destotaliza el significado: no es global a nivel de significado.

Después de todo no existe ninguna ‘cosmovisión capitalista’, ninguna ‘civilización capitalista’ propiamente dicha: la lección fundamental de la globalización consiste precisamente en que el capitalismo se puede adaptar a todas las civilizaciones, desde la cristiana hasta la hindú o la budista, de Oriente a Occidente. La dimensión global del capitalismo sólo se puede formular a nivel de verdad-sin-significado, como Real del mecanismo global de mercado”3. Esa destotalización del significado se corresponde con el abandono de la acción reflexiva de parte de sujetos carenciados de aquellos instrumentos promovidos por la ilustración y que han quedado como restos arqueológicos de una historia vacía de contenido.

Hay una asfixia de la comprensión que es proporcional a la complejidad tecnológica a partir de la que se desplazan los infinitos flujos del capital financiero por la abstracción del éter informacional. Como si aquel sujeto de la ilustración se hubiera transformado, por mor de la digitalización de los dispositivos de la información y la comunicación, en un individuo pasivo que es hablado por una realidad desmaterializada en la que solo parece imperar el reino de la ficción y la artificialidad. Nada queda de la apuesta kantiana que postulaba individuos autónomos y soberanos. El semiocapitalismo se mueve sin inconvenientes en el interior de una sociedad atrapada en las redes del binarismo digital. Bifo Berardi lo ha dicho de un modo directo y preocupante: “Hoy en día, la tecnología digital se basa en la inserción de memes neurolingüísticos y dispositivos automáticos en la esfera de la cognición, en la psique social y en las formas de vida. Tanto metafórica como literalmente, podemos decir que el cerebro social está sufriendo un proceso de cableado, mediado por protocolos lingüísticos inmateriales y dispositivos electrónicos. En la medida en que los algoritmos se vuelven cruciales en la formación del cuerpo social, la construcción del poder social se desplaza del nivel político de la conciencia y la voluntad, al nivel técnico de los automatismos localizados en el proceso de generación de intercambio lingüístico y en la formación psíquica y orgánica de los cuerpos”.

Fenomenológicamente esto se puede observar en las estrategias desarrolladas por los medios de comunicación a la hora de construir dispositivos que operan bajo la lógica de los memes neurolingüísticos a los que hace referencia Berardi, buscando, precisamente, saltar la anquilosada capacidad reflexiva de los telespectadores o de los usuarios de internet y de redes sociales hasta alcanzar su más profunda sensibilidad en donde las respuestas se vinculan con el gesto automático que se manifiesta como un antes y, por qué no, como un bloqueador de toda acción argumentativa.

Más adelante, y siguiendo la deconstrucción de la era digital, Berardi precisa mejor su definición de la actual etapa de la sociedad dominada por la confluencia de lo semiológico y de lo financiero: “Llamo semiocapitalismo a la actual configuración de la relación entre lenguaje y economía. En esta configuración, la producción de cualquier bien, ya sea material o inmaterial, puede ser traducida a una combinación y recombinación de información (algoritmos, figuras, diferencias digitales). La semiotización de la producción social y del intercambio económico implica una profunda transformación en el proceso de subjetivación. La infoesfera actúa directamente en el sistema nervioso de la sociedad, afectando a la psicoesfera y a la sensibilidad en particular. Por esta razón, la relación entre economía y estética es crucial para entender la actual transformación cultural”5. La masa de los ciudadanos-consumidores se mueve en el interior de este proceso de estetización del mundo que se corresponde con lo que Nicolás Casullo llamaba la “culturalización de la política”, perspectiva que nos lleva directamente a la influencia decisiva que se ha establecido entre las esferas del lenguaje y de la economía en el interior del semiocapitalismo, una categoría perturbadora que busca descifrar la fabricación de subjetividad y los nuevos dispositivos de la “servidumbre voluntaria” que ya no se despliega en la dimensión exclusiva de la imagen sino que intenta penetrar en los intersticios del lenguaje hasta alcanzar su núcleo más profundo e inconsciente. Los sujetos sujetados en el interior de esta lógica del capital son, ahora, hablados por esta configuración hecha de algoritmos, figuras y diferencias digitales. La trampa ya ha sido construida y hemos caído en sus redes. ¿Seremos capaces de romper sus nudos? ¿Hay esperanzas más allá del capitalismo neoliberal? Estas preguntas circulan por las escrituras de un libro que, haciendo pie en la obra de Byung-Chul Han pero que también podríamos hacer extensiva a la de Bifo Berardi y la saga de cultores del “crimen perfecto”, no se resigna a aceptar ni el cierre de la historia ni la evaporación de la política como lengua de la emancipación.

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