Un mundo para Julius

RESEÑA | Un mundo para Julius, de Rossana Díaz Costa

Julius no es el equivalente del Kevin Arnold de Los años maravillosos, pero sí precisaba que su universo entre la melancolía, la magia de la mirada infantil y las contradicciones muchas a las que le toca asistir, tuviera un reflejo real desde la cotidianeidad y lo sugestivo del que carece aquí.

Ciudad de México, 16 de noviembre (MaremotoM).- La adaptación del clásico literario de Alfredo Bryce Echenique llegó finalmente a salas peruanas. Concebido con una dirección artística que se acerca al espíritu del original, diversos aspectos de la producción difieren del tono de la novela, tomando caminos que hacen dudar de su empaque final.

Si hay algo que resaltar en la literatura de este escritor peruano, no son solo las contradicciones sociales que emanan de sus relatos, también su aguda mirada para ironizar el entorno que ve con cierta distancia e imprimirle su propio cinismo para hacer escarnio de personajes que no necesitan ser ridiculizados desde la primera persona al retratarse solos en su condición decadente o vacua. Es precisamente ese aspecto el que se siente ausente en la adaptación del título presente, como si el miedo a mancillar el sentir real del libro diera paso a una lectura fría y desangelada del mismo.

Un mundo para Julius, sobre la niñez de un pequeño aristócrata limeño de los 40 y que incapaz de asimilar las convenciones de clase de su familia al despertar poco a poco a ese mundo excluyente y cargado de códigos que resumen mucho del clasismo capitalino que se manifiesta y se mantiene vigente aún, tiene motivos reales para sentirse distante de la obra homónima que lo inspira.

Un mundo para Julius
Un mundo para Julius se estrenó en Perú. Foto: Cortesía

Un aspecto que salta a primera vista es el uso de una voz en off que, reemplazando al narrador original de la novela, entorpece el desarrollo al crear dependencia de un recurso que es incapaz de sustituir al relato en imágenes y le resta sugerencia a una narrativa que se hace mecánica, adoptando una formalidad traducida en una suerte de miedo por dar un vuelo propio a la película que vaya a cuestionar lo que en el libro funciona naturalmente. El otro detalle lo supone el trabajo con el elenco infantil y juvenil, especialmente el tramo a dos tiempos con un Julius muy pequeño (Rodrigo Barba) y otro de 9 años (Augusto Linares), así como con su hermana Cinthia (Pamela Saco), quienes carecen de la emotividad suficiente para transmitir la magia de un universo infantil en contraste con el duro mundo que les toca vivir.

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En este punto hay que ser enfáticos que el trabajo con coachs de actuación de niños -como se suele hacer en industrias como México- es fundamental para que momentos de inspiración metafórica no suenen a coreografías visuales mecánicas o escenas sostenidas en diálogo no se sientan recitadas y sin alma.

En cuanto al elenco adulto, los aristócratas jefes de familia encarnados por la peruana Fiorella de Ferrari y el español Nacho Fresneda, suenan unidimensionales y poco iluminados en el afán de reflejar sus contradicciones de clase (especialmente, el segundo), siendo el personaje de la sirvienta Vilma de Mayella Lloclla el que destaca más por sus recursos dramáticos. Otra, de una presencia casi puntual y decorativa, como suele pasar con el grueso de representaciones de la alta alcurnia limeña,  es la modelo Olenka Zimmermann, más de 30 años después de protagonizar el videoclip “Moda” de Fahed Mitre, sigue siendo una estampa decorativa de aquel mundo.

La puesta en escena, que privilegia los planos abiertos para dar cuenta de los ambientes fastuosos de la casona familiar y los ágapes sociales que son retratados en detalle desde la novela, sin embargo, se resiente al caer en un estilo canónico que sin duda busca referentes en representaciones de época en la que dichos espacios son un protagonista más, teniendo como agregado el que la música del compositor catalán Francesc Gener le da un acompañamiento de una tristeza y acongojamiento tal, que la narración deviene en una sucesión de postales lastimeras que contrastan enormemente con la ironía que emana de forma natural en el libro, siendo un aspecto tan chirriante que tal vez hubiera sido más relevante en una adaptación de “Paco Yunque” que en un relato que reclamaba el tono mordaz y de velado humor negro de su autor. Desde luego, no es sencillo pensar en una adaptación cabal de Bryce Echenique, pero el ejercicio cinematográfico requiere de decisiones de riesgo para poder hacerle justicia al texto original.

Julius no es el equivalente del Kevin Arnold de Los años maravillosos, pero sí precisaba que su universo entre la melancolía, la magia de la mirada infantil y las contradicciones muchas a las que le toca asistir, tuviera un reflejo real desde la cotidianeidad y lo sugestivo del que carece aquí.

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