Eduardo Sangarcía

El pensamiento irracional e irrespetuoso continúa: Eduardo Sangarcía, Premio Mauricio Achar

Es jalisciense, obtuvo el galardón en diciembre pasado, de entre 812 novelas concursantes, no habla mucho, pero se lo nota muy devoto de unas letras que hoy lo han puesto a ser el centro de atención de los medios.

Ciudad de México, 7 de junio (MaremotoM).- Hay escritores que están en silencio, acaso aportando a la gran literatura mexicana, esa que más allá del mercado y de los gustos singulares de los contemporáneos, permitirá sacar la cabeza para afuera, mostrando obras que dan orgullo.

Algo de eso sucede con Eduardo Sangarcía, flamante Premio Mauricio Achar / Literatura Random House 2020, que narra la historia de Anna Thalberg, mujer de singular belleza, acusada de brujería y juzgada en las postrimerías de la Alemania medieval

Es jalisciense, obtuvo el galardón en diciembre pasado, de entre 812 novelas concursantes, no habla mucho, pero se lo nota muy devoto de unas letras que hoy lo han puesto a ser el centro de atención de los medios.

“La verdad es que ya tenía bastante tiempo trabajándola, fue necesario leer bastante sobre la época y sobre todo aquello que rodea a esta creencia en las brujas y en los juicios que tuvieron lugar”, dice Eduardo Sangarcía.

Una creencia sobre las brujas, por supuesto ligado a las mujeres, que todavía no está terminada. Hay muchos lugares en donde se mantienen estos prejuicios y si bien no hay juicios para mandar a las mujeres a la hoguera, hay bastante discriminación.

“Es algo que todavía nos acompaña. Una creencia que sobre todo en el pueblo está presente, en los hechizos, en los amarres”, afirma.

“La idea se me ocurrió leyendo un libro de Carl Sagan, El mundo y sus demonios. Él trata sobre ese tema, sobre las creencias supersticiosas que no tenía ninguna base real. Hace ligazones con los horóscopos y con las abducciones extraterrestres. Lo que quise resaltar es la búsqueda del poder, la pugna por el poder, que obliga a los juicios y a las hogueras”, expresa el autor, nacido en 1985, maestro en Estudios de Literatura Mexicana, autor además del libro de cuentos El desconocido del Meno (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2017) y becario del Fonca en el periodo 2013-2014.

Eduardo Sangarcía
Vogel es uno de los personajes donde mejor se refleja esa pugna del poder. Foto: Cortesía

“Vogel es uno de los personajes donde mejor se refleja esa pugna del poder, a diferencia de lo que sucede con el Príncipe Obispo de la ciudad, que parece ser que esto tiene un problema para la Iglesia Católica. Vogel lo dice abiertamente, hay que limpiar a la sociedad de estos personajes que considera dañinos”, dice.

Leer esta historia de Anna Thalberg (Literatura Random House) a la luz o la oscuridad de la pandemia trae una serie de cosas que tienen que ver con la religión, con la superstición, la pugna que hay entre los demás ritos y la iglesia católica. “Sí, es cierto. Detrás de esta persecución estaba la lucha religiosa. Al hablar de estos personajes que son quemados, los hombres-lobo, hace referencia a la Iglesia Luterana. El pensamiento irracional e irrespetuoso continúa, hay mucha gente que cree que hay una conspiración de alcance mundial, que todos los médicos internistas obedecen a Bill Gates, que usan la inyección para otros fines, para cambiar nuestro genoma, el sello de la bestia del Apocalipsis, todas creencias irracionales pero que hay mucha gente que sigue”, afirma.

“Es un fenómeno que hemos podido observar en los últimos meses, quienes miraban FOX, pensando que decía la verdad, cuando FOX anuncia que había ganado Biden, dejan de creerle”, agrega.

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“Se le ha dado un peso importante al hecho de que Anna Thalberg sea mujer, algo que es difícil negárselo, pero no fue tan importante el género, sino el extracto social, que fueron mujeres pobres, ancianas, hay muchos elementos, no sólo misoginia, sino también la xenofobia, el edadismo, un montón de cosas que hoy siguen vigentes”, expresa.

Eduardo Sangarcía
Anna Thalberg, de Literatura Random House. Foto: Cortesía

Fragmento de Anna Thalberg, de Eduardo Sangarcía, con autorización de Literatura Random House

Entraron y la encadenaron, sin mediar palabra, sin explicación. Estaba acuclillada junto al fogón removiendo la leña cuando dos hombres bajos y macizos como tejoneros echaron abajo la puerta de la choza y se lanzaron sobre Anna Thalberg, que cual gamo sorprendido por la batida se había puesto en pie de un salto y con ojos muy abiertos los miró acercarse, arrebatarle de las manos la barra lamiscada por la herrumbre con la que atizaba el fuego y esgrimir frente a su rostro amilanado la orden de arresto con el sello del obispo como si fuera un talismán, un amuleto capaz de brindarles protección contra sus malas artes y hacerles posible la faena de someterla, aherrojarle las manos a la espalda, cubrirle la cabeza con una vieja capucha y sacarla a rastras entre la muchedumbre de curiosos que ya se había reunido afuera de la choza para averiguar qué estaba sucediendo  para mirar cómo los hombres la arrastraban, la alzaban en vilo y la arrojaban a la carreta cual si fuera un fardo de heno o un saco de patatas como el que había en la cocina y del que Anna había sacado tres un poco antes, cuando dejó la rueca y se dispuso a preparar la cena para Klaus, a pelar patatas para el potaje que se quedó en la lumbre y que nadie se molestó en retirar, ni los hombres que se la llevaron sin decir agua va ni los vecinos que entraron a saquear el mísero menaje de la choza apenas la carreta se perdió de vista  que hervirá y se quemará mucho antes de que las ascuas se consuman, mucho antes de que Klaus regrese de labrar el campo y en el largo trecho que separa las tierras comunales de su choza se vea asediado por las miradas de los aldeanos miradas que se esfumarán como moscas cuando él se las devuelva y que tornarán a posarse en su espalda apenas gire la cabeza, fisgando su vuelta a casa tal y como fisgaron el arresto de Anna, los gritos sofocados por la capucha, la indolente violencia de los hombres que la arrojaron a la carreta y más callados que una piedra subieron y emprendieron la marcha entre el rimero de mirones que presenciaban los hechos con distintas cotas de lástima, de escándalo, de sonriente satisfacción porque al fin se la llevaron, al fin se hizo justicia, al fin recibirá el castigo que merece, aunque este pobre hombre deba sufrir en consecuencia.

El pobre hombre que entrará a la choza, retirará el caldero del fogón y se preguntará qué diablos ha pasado, quién se ha llevado sus cosas, dónde carajos está Anna, por qué ha olvidado la cena en la lumbre, por qué, cuando vuelva a la calle a buscar respuestas entre los vecinos, todos le sacarán la vuelta, todos fingirán no verlo tal y como hicieron oídos sordos a los gritos de la joven que tumbada de bruces sobre la carreta suplicaba clemencia o al menos una explicación a dónde me llevan, quiénes son, qué es todo esto…

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