Flea

LECTURAS | Acid for the children, las memorias de Flea

En Acid for the Children, el icónico bajista y cofundador de Red Hot Chili Peppers transporta a los lectores a una gira profundamente personal y reveladora de sus años de formación, que abarca desde Australia hasta los suburbios de la ciudad de Nueva York y, finalmente, a Los Ángeles.

Ciudad de México, 21 de abril (MaremotoM).– Amaba a su perro. La vida lo levantó y lo sacudió por todos lados. A trompicones y tambaleándose, a ciegas y en una búsqueda constante, se enamoró de las cosas verdaderamente bonitas. Los corazones dulces lo calentaron con su brillo de amor.

Otros corazones le fallaron.

Se sentía desconectado y corrió por las calles buscando alivio.

En el proceso hizo cosas que atenuaron la luz de su propio corazón.

Una fría oscuridad de miedo creció en su interior.

Pero en aquel lugar terrorífico, la Música, la Voz de Dios, le habló, diciéndole que compartiese su voz en esta tierra.

Fue arrastrado por la gloria.

—Flea

En Acid for the Children, el icónico bajista y cofundador de Red Hot Chili Peppers transporta a los lectores a una gira profundamente personal y reveladora de sus años de formación, que abarca desde Australia hasta los suburbios de la ciudad de Nueva York y, finalmente, a Los Ángeles.

A través de anécdotas hilarantes, meditaciones poéticas y vuelos ocasionales de fantasía, Flea cuenta la historia de su vida con todos los vertiginosos altibajos que se esperaría de una rata callejera de Los Ángeles convertida en estrella de rock mundialmente famosa, y narra hábilmente las experiencias que lo forjaron como artista, músico y persona.

Su prosa soñadora, con inflexiones como de jazz, hace que Los Ángeles de los años 70 y 80 tenga una vida gloriosa, que incluye el potencial de diversión, peligro, caos o inspiración que acechan en cada esquina de la ciudad. Es aquí donde el joven Flea, buscando escapar de un hogar turbulento, encontró a su auténtica familia en una comunidad de músicos, artistas y adictos que también vivían en la periferia. Pasó la mayor parte de su tiempo de fiesta en fiesta y cometiendo delitos menores. Pero fue en la música donde encontró un significado más elevado, un lugar para canalizar su frustración, soledad y amor. Esto lo dejó abierto al momento de cambio de su vida cuando él y su mejor amigo, su hermano del alma y compañero de travesuras, Anthony Kiedis, tuvieron la idea de dar inicio a su propia banda, un grupo que se convertiría en los Red Hot Chili Peppers.

Acid for the Children es el debut de una nueva y sorprendente voz literaria, tan ingeniosa, entretenida y tremendamente impredecible como el propio autor. Una historia tiernamente evocativa de la mayoría de edad y una estridente carta de amor al poder de la música y la creatividad de uno de los músicos más reconocidos de nuestro tiempo.

Fragmento de Acid for the children, de Flea, con autorización de Planeta

La más grandiosa prenda de ropa que jamás tuve fue un jersey negro de lana que mi nana tejió. Colgaba de mi cuerpo a la perfección, como la hoja de un árbol, era cálido y resistente también. Me hacía sentir bien, como si pudiera ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa. Lo perdí en 1986; lo dejé en un club llamado Toad’s Place en el noreste de Estados Unidos una fría noche de invierno durante las secuelas de una bacanal punk, antes de dejar la gira unos días para actuar en Regreso al futuro. Estaba desolado, pero mi nana me tejió otro. Ningún otro objeto me ha hecho sentir tan bien como ese jersey, y nunca volví a estar tan guapo como con él (por desgracia, también perdí el segundo). Podía desaparecer en él y resguardarme de todo mal.

La tejedora de jerséis mágicos, mi nana (la madre de mi madre) Muriel Cheesewright, era una mujer hermosa, graciosa y audaz. Era una típica cockney, que creció en medio de la pobreza y la suciedad del East End de Londres a principios del siglo xx. Su madre murió cuando ella tenía ocho años, dejando a Muriel con su padre, un pastor metodista. Mi bisabuelo el pastor volvió a casarse con una bruja malvada que creía que mi abuela estaba llena de pecado porque tenía el cabello rojo y rizado. ¡La hermosa melena roja y roquera de mi nana! El que la obligaran a cepillárselo con lejía para librar sus pecaminosos rizos de su doblemente pecaminosa rojez fue doloroso, humillante y abusivo. Su madrastra pudo haberle alisado los rizos por un tiempo, pero eso no hizo más que alimentar su poderosa voluntad. ¡VIVA MURIEL CHEESEWRIGHT!

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A principios de los años veinte, mientras Muriel entraba en el principio de sus propios veinte, se enamoró de Jack Cheesewright. Por alguna razón desconocida —tal vez algún problema social de la época— les fue imposible estar juntos. Luego, se enamoró de un hombre casado que prometió dejar a su esposa, pero no lo hizo. Devastada, desilusionada y con el corazón roto, cogió un barco hacia Australia, buscando comenzar una nueva vida. No puedo más que imaginarme lo vulnerable de su situación: una mujer sola, terminada la Primera Guerra Mundial, a bordo de un barco que se dirigía al otro lado del mundo, que viajaba en el camarote de un buque mercante hacia un lugar, que hasta donde ella sabía, bien podía ser la luna. Mi dulce nana, con su cuerpecillo robusto, sus ojos azules llenos de chispa, sus vestidos extraños y su voluntad de acero.

Al llegar a Melbourne, trabajó como ama de llaves para un doctor. Todos los días, sobre su fiel bicicleta, pasaba frente a su lugar de trabajo un repartidor entregando víveres: Jack Dracup. Se casó con él y tuvieron tres hijos: mi madre, Patricia; mi tío Dennis, un dulce romántico incurable que agotó sus tarjetas de crédito y un día desapareció de forma misteriosa en las Filipinas en los años noventa; y mi tío Roger, a quien nunca he conocido, tal vez porque es muy religioso y no aprueba mi vida y sus caminos de satanismo rocanrolero.

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Acid for the children (Planeta) es la autobiografía de los primeros 20 años de vida del músico. Foto: Cortesía

Al parecer, Jack Dracup fue un marido abusivo y un padre desconsiderado. Muriel una vez le sirvió ensalada —un concepto nuevo en Australia en aquel entonces— y Jack lanzó el plato contra la pared gritando: “¡No me sirvas comida para malditos conejos!”. Fue un imbécil absoluto con ella, que terminó por dejarlo. Fue una decisión supervaliente en aquel momento: ser un imbécil alcohólico era el derecho de todo hombre, y ninguna mujer que lo tuviera que padecer recibía el apoyo de la sociedad para enfrentarse a él.

Puso su espíritu independiente a trabajar y consiguió una casa propia. Pasaron varios años y, cuando nana cumplió cincuenta, ¿quién creéis que apareció en Australia con el corazón lleno de anhelo? ¡El alma gemela de mi abuela, su primer amor, el lechero Jack Cheesewright! Fue la época más feliz de su vida. Compraron una caravana y se dispusieron a recorrer toda Australia. Por fin se sintió satisfecha, explorando todo el encanto y el misterio del gran continente, las primeras vacaciones de su vida.

Estaban en medio del desierto, a cientos de kilómetros de la civilización, cuando Jack Cheesewright sufrió un derrame cerebral que lo incapacitó y mi dulce nana quedó a cargo de llevar a su alma gemela a la ciudad. No sabía conducir y pasó unos días con él allí, en el desierto, hasta que su yerno, mi valiente padre, pudo ir a rescatarla. Jack murió al poco tiempo. Por fortuna, ella pudo volver a Melbourne a vivir su activa vida de nana y a ser mi abuela.

Los tiernos recuerdos de ella llegan a mi cabeza con facilidad. Hacía las albóndigas en salsa más deliciosas del mundo; jugábamos a un juego de cartas llamado Bali; y las excursiones a la letrina afuera de la casa eran mejores que cualquier baño interior, incluyendo esos baños de billonarios chapados en oro que descubrí en la edad adulta. Cuando era pequeño, mi diminuta vida se hacía expansiva por la belleza de nana, por su calidez, por la luz que ella misma era. Esas son las visiones de amor de mi infancia australiana que me mantienen en pie.

Antes de que nana cruzara el umbral a los noventa y tres años, vino a un concierto de los RHCP en Melbourne. Antes de que tocáramos, cruzó el escenario hacia su asiento entre bastidores en el teatro; cuando llegó al centro del escenario, se detuvo, miró al público enloquecido, los estudió y extendió los brazos hacia el cielo, brillando como la Estrella Polar. El público estalló en aplau- sos y, al día siguiente, había una foto suya, resplandeciente con su traje turquesa, en la primera plana del periódico. El titular: “La abuelita roquera”.

Unos años después de que nana nos dejara, estaba en Adelaida, Australia, y fui a un museo. Me encontré con una exposición de obras de estudiantes, todas dedicadas al empoderamiento de las mujeres. Una de las piezas era un collage de mujeres poderosas, entre las que destacaban Amelia Earhart, Patti Smith e Evonne Goolagong. Entonces la vi, resaltando dentro del collage: la foto de mi hermosa nana, Muriel Florence Cheesewright, la abuelita roquera, disfrutando de su merecido legado.

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