Néstor Ramírez Peña

Dios, a veces te escucha y cree que hablas en serio: Néstor Ramírez Peña

Allá ibas querido amigo, allá íbamos detrás de ti, sin temor a ser juzgados locos o lo que es peor: Locas. Pobres ilusos, no sabíamos que la vida estaba tomando nota, apuntando todo en un cartón, como cuando sacas fiado en la tiendita de la esquina.

Ciudad de México, 17 de junio (MaremotoM).- Pinche amigo, pinche Néstor, me mandaste un mensaje con la voz quebrada, arrastrándose, al puro estilo de Chavela Vargas luego de quince años de reposarse en tequila. Pensé que estabas bromeando, que te habías echado unos alipuses y andabas sufriendo las consecuencias. No era así, o quizá sí, andabas borracho, pero borracho de vida y de pronto, como si se tratara de Coppel o Elektra, la muy cabrona tocó a tu puerta para cobrar la factura.

Pedía saldar la cuenta y esta vez no iba a aceptar abonos chiquitos, como los que acostumbrabas, como los que venías dándole, esos que yo también he aplicado, esos que son nomás pa tapar la herida, un curita para los boquetes y revolcadas que esa misma vida te recetaba justo por eso, por vivirla hecho madre, hecho la raya, sin parar, sin detenernos a pensar, todos atascados, puercos, con las rodillas raspadas, a la corre y corre, a la baile y baile, sin pudor alguno para enamorarnos, para echar pasión, sin recato para dedicar poesías, para cantar a todo pulmón, para gritar verdades, para  aventar madres y también muchos “te amos” y “te quieros” y hacer del corazón un motel de paso y del pecho una bodega de pura jotería: Medias de red, pelucas de colores, pestañas postizas, tacones de infarto, botas a la priri guoman y harta cinta canela para esconder el Chucky. Allá ibas querido amigo, allá íbamos detrás de ti, sin temor a ser juzgados locos o lo que es peor: Locas. Pobres ilusos, no sabíamos que la vida estaba tomando nota, apuntando todo en un cartón, como cuando sacas fiado en la tiendita de la esquina.

Y es que, seamos sinceros, ¿quién piensa en guardarse, en tener un poco de compostura cuando el escenario te llama, cuando tienes personalidad histriónica, cuando llevas más de un año con el teatro cerrado y en todos lados escuchas esa tercera llamada, tercera, comenzamos? Digamos que la vida perdona, pero nunca olvida y el jueves pasado se puso punk contigo mi querido Néstor y es injusto porque todos colaboramos a llenarle el buche de piedras, a vivirla con la moral despistada.

Ese día recibí un mensaje que jamás me hubiera gustado escuchar, ni recibir. Me dijiste  eso mismo: “Pinche amigo”. Lo que vino después ya no me gustó tanto. Te estabas despidiendo. En ese mensaje de voz, tan corto, tan rotundo, tan filoso y dolorido, lo resumiste todo: Habías caído preso del bicho, tenías miedo, traías baja oxigenación, ibas rumbo a urgencias y me advertiste que quizá no la librabas, que no salías y por esa razón tenías una petición: “Amigo, pinche amigo, escribes de mí, como acordamos”.

Néstor Ramírez Peña
Mucha tristeza por la muerte de Néstor Ramírez Peña. Foto: Cortesía

Pinche Néstor, pinche amigo, era una broma, una puta broma eso que un día abrazados, como dos novios por la zona rosa, felices porque se gastaron la quincena en libros, nos prometimos: El que se muera primero escribe sobre el otro. Esa tarde, borrachos, pedos, alcoholizados de vida, nadie nos advirtió con tono regañadiente: Tengan cuidado con lo dicen, tengan cuidado con lo que piensan, el universo, Dios, a veces te escucha y cree que hablas en serio y como nunca, se pone de modo y te la hace efectiva. La verdad nos valió, seguidores de Buda, nadie nos dijo nada y allá íbamos, dando pasos en una pasarela imaginaria, respirando hondo, soñando con conquistar al mundo, haciendo planes, hablando del futuro, viviendo…

Y de pronto la muerte apareció en nuestro universo de colores, en el mes del orgullo gai. No nos dio miedo, al fin que vida nada te debo, vida estamos en paz. Y nos prometimos eso, escribirnos, apapacharnos por escrito, como si el finado se pudiera parar a leer, a checar los likes, a hincharse de orgullo. La muerte se fue en retirada, digna, como diciendo: ahí se los aiga. Y nosotros jíjíjí y jájájá, la guayaba y la tostada posmodernas y chingue su madre todo, como si fuéramos eternos, como si nunca nos fuera a tocar la de malas. Y mira.

¿Por qué pensamos en la muerte en ese momento en que todo nos sonreía?

¿Por qué pensamos en la muerte en ese momento en que todo nos sonreía? El aire fresco entraba a nuestros pulmones mamados, como si fueran diario al gym a hacer brazo, además el cielo estaba nublado, como para que agarráramos rumbo sin la cantaleta del solazo castigador, las jacarandas nos ofrecían una alfombra morada a estas dos señoras de las cuatro décadas, a estas dos divas de diván que iban flotando porque la quincena les acompletó, no para la despensa, no para el agua o La Luz, o para ir a terapia, o para el antro o la putería, no, la quincena nos alcanzó para comprar libros, muchos libros. Pinshis ñoños.

Esa misma pasión un día cruzó nuestros caminos allá en Saltillo, en la Feria del Libro, hasta donde llegaste a iluminarlo todo, a contarnos las muelas, a enseñarnos a nosotros, pobres rancheros humanistas, estudiantes de letras, que se podía ser diferente, caminar distinto, que ser irreverentes, afeminados y hablarnos de mujer, no era un privilegio de las citadinas, nos enseñaste a desafiar al patriarcado cuando aún no sabíamos que vivíamos en uno, nos mostraste que se podía dejar caer la manita y no perder ni un pelo de dignidad (aunque tú  ya no traías nada en la cabeza), que se podía amar de otra manera, que se podía decir lo que pensaba y que además de todo eso, como si fuera poca cosa, que se podía vivir de la palabra.

Nos marcaste tanto querido Néstor que muchos años después, al llegar a la Ciudad de México y frente al pelotón de fusilamiento que son las redes sociales, el coronel Humbertano Buendía, recordó el día en que su maestro lo llevó a conocer la Feria del Libro. Ahí estabas tú: radiante, con una sonrisa de oreja a oreja, con diez recomendaciones por minuto, la reina del lugar y mira que no andabas en Drag, eras más bien un ninja, un Samurai de las letras, un Testigo de Jehová de la literatura infantil y juvenil y cómo no, si llegaste con tu Atalaya bajo el brazo con puros autores gays. En la portada un paraíso con Wilde y Villaurrutia y Puig y Lemebel abrazados a elefantes y leones y jirafas.

Algo tenías amigo. Un no sé qué, que no sé cómo. Algo vi en ti, algo vimos todos: cierto brillo, cierto aire, cierto ángel, el llamado donaire, el mentado duende. Y nos sentábamos a tu alrededor a escucharte, a aprender, a ser un poco tú, un poco libres, un poco dueños de nosotros mismos, a ver ese brillo en lo ojos que da el ser auténtico, el no regatearle nada al corazón.

Y llegando a tu reino, a tu ciudad, a ese monstruo de 20 millones de habitantes, me acordé de uno en especial que ya no era uno sino dos, las dos Fridas unidas por una vena sangrante: Nestor Ramírez y Frida Gaultier, tu alter ego, que no hacía show travesti, que no brincaba sobre su espalda, que no buscaba ser una 360, ni moría por reflectores, ni seguidores, ni likes, ni aplausos, ella, él, tú, querías seguir haciendo lo mismo, lo que mejor te salía en la vida: Recomendar libritos, pero eso sí, bien perra, bien mamona, enfundada en pestañas enormes, brillos y con la muerte dibujada en el rostro, al fin que cuando llega ni te avisa, ni te pide permiso. No la pensé dos veces, te llamé y fui a tu encuentro.

Y de ahí pal real amigo y el real me duró tres meses. Pero tres meses contigo valen años de gente anodina. Que bonito fue escucharte, caminar a tu lado, cobijarme en tu sombra de árbol frondoso, ver como abrías los ojos cuando algo te maravillaba, ver como hablabas pura chulada de tus amigos y cuantas ganas me daban de conocerlos a todos, y el amor por la cultura, el arte popular, ciertos museos, ciertas colonias, ciertos mercados, la gente con ciertas luces en la cabeza, el arraigo por tu terruño, por tu Tlahuac que se pobló de puros terrenos que heredaron tus abelos y los abuelos de tus abuelos y así hasta llegar a los primeros pobladores y sus dioses a los que también honrabas, y ni que decir de ese barrio, al  que un día me llevaste a conocer y que ibas como una miss, saludando a todo el que se te cruzaba y nos reímos a carcajadas porque te dije que nada mas te faltaba ir en el cofre de un auto, lanzando besos como la flor mas bella de ejido, y luego tu casa llena de libros y libros y más libros y no hallabas cual regalarme, cual recomendarme, cual firma, cual autógrafo presumirme, y tu gato, tu hijo, como Juan por su casa, el mentado Lubezki, blanco, orondo, con actitud de puma, de tigre, de león. Ahí en esa casa montaste tu Sala de Lectura en honor a tu abuela, esa que no estudió pero se sabía los cuentos de memoria: Justita Arenas. Ese oasis al que fue a dar Cristina Pacheco para entrevistarte a ti y hasta tu mamá se animó a hablar porque a lo dos ahí les tocó vivir y no solo eso, transformarlo en un lugar mejor, más habitable.

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Pero al que más extraño es al Néstor confidente, al amigo, al que le podías contar todo de la manera menos sutil y jamás te iba a juzgar. Ese que celebraba de corazón los triunfos de los demás, ese que se maravillaba con mis pequeños logros, con mis pasos faranduleros, ese que me hablaba para que le contara los entretelones de nuestro Star System de nixtamal. Recuerdo que te presenté a Anna Ciochetti y no paraban de hablar, eras un encantador de serpiente. Si supieras querido Néstor, lo que La Chacala, esa mujer grandota, hermosa, que tu mamá veía en las telenovelas, me dijo cuando le comuniqué tu partida. Eso te lo mando por inbox, te vas a emocionar, como cuando mencionó tu nombre al finalizar su obra de teatro. Y tu libro llegará a sus manos y sabes qué, se lamentará por no haberte conocido cómo te conocimos nosotros.

Te ganabas a quien fuera amigo mío, mi pinche Néstor y aquí estoy, frente al teclado, con los ojos inundados, tratando de ser coherente, tratando de retratarte aunque sea un poco, tratando de honrarte, de decirte adiós como se debe y no me da amigo, no, no es falsa modestia, que palabras se usan en momentos así, como digo sin que suene a melodrama que tengo un hueco en el estómago, que voy al baño y te lloro, que me asomo por la venta y te lloro, que me meto en las cobijas y te lloro, que pienso que no te veré jamás y te lloro, yo que fui educado a no llorar, porque los machos no lloran, se aguantan. Y sabes que, hoy que salir a comer  me aguanté, hoy que me dieron la noticia me aguante, hoy que hablaba con gente del trabajo me aguanté y hoy que iba de regreso a casa y que Anna me habló y le dije muy propio, aguantándome, que habías partido y que tenía un libro autografiado que le dejaste y que siempre me preguntabas si ya se lo había dado y de pronto mis lágrimas salieron en cascada y no pude hablar y me senté en la banqueta a llorarte como se debe, a berrear en medio de una multitud que pasaba y claro, bendita ciudad, eres un ser invisible.

Hoy, cuando me dieron la noticia, sentí calambres en el alma, me dolió tanto amigo, imaginarte sin respirar, saberte frío, sin ese corazón latiendo fuerte, apasionado, lleno de vida, lleno de amor, de palabras, de libros, de arte, de amigos, de amores, de tardes frías.

Sabes qué será lo más difícil amigo, despertar un sábado, un domingo y no poder llamarte para decirte vamos al mercado de la lagunilla, vamos al teatro, vamos a caminar, vente a cenar unos taquitos, vamos por unas cheves, vámonos a un bar, vamos a Bellas Artes, vamos por un café a planear cómo conquistar al mundo.

Y pensar que por eso te fuiste mi querido Néstor, por salir a vivir, por dejar el encierro que llevaste disciplinadamente, por poner un hasta aquí y salir a trabajar, a dar clases, a hacer comunidad, por salir de nuevo a recorrer tu barrio, por abrir de par en par las puertas de tu casa librería, de tu sala de lectura, de tu biblioteca pública, por atreverte por fin a visitar a tus amigos, por llenarnos de luz, por traernos tu risa y tus palabras y tu voz profunda y por tomar fotos muchas fotos de cada momento, porque tú ya lo sabías cabrón, que en cualquier momento te pelabas, por eso viviste, por esos amaste, por esos abrías tanto tus brazos, por esos sembraste tantos cariños, por esos fuiste buen amigo, por eso fuiste un gran hermano, un gran hijo, un ciudadano chingón, un artista de la transformación, un promotor de lectura de a pie, un amante del arte, un hombre que a la menor oportunidad se paraba a bailar, a celebrar que seguía vivo, se subía al metro y salía a buscar libros nuevos para sus niños, para seguir profesando eso que creías de corazón: Que la vida es mejor leyendo, que estamos menos solos con un libro en la mano, creyendo fielmente que alguien que lee será una mejor persona y sabes qué,  tenías razón, dejaste un mundo mejor, mas solidario, mas humano, más incluyente, más empático y hoy en Facebook constaté, cómo esa semilla que un día sembraste en esos niños por los que nadie apostaba, hoy son arboles, son ramas tuyas que qué crees: hablan de libros con la misma pasión que tú y sí, son mejores seres humanos por una sencilla razón: un día se cruzaron contigo y su vida, nuestra vida cambió para siempre.

Y pensar que hace unos días amigo, fuimos a la librería a gastarnos la quincena y salimos como drogados, flotando, con nuestros brazos entrelazados, codo a codo, sonriendo porque estábamos vivos, porque nos teníamos uno al otro, porque estaba nublado, porque respirábamos fuerte, porque nuestro corazón latía, porque a nadie le debíamos, porque Reforma era una alfombra morada por la que desfilaban estas dos señoras que si un día nos íbamos nos íbamos en paz, pero con una condición, el que se quedara escribiría sobre el otro.

Que valiente fue decir eso sin pensarlo mucho y de pronto nos atacamos de la risa, como si fuéramos inmortales, como si eso jamás fuera a pasar y sabes qué, no tocamos madera y sabes qué amigo, me hubieras visto, noche tras noche como perrito regañado, con la cola entre las patas, rogándole a todos los dioses, que te dieran fuerza, que soplaran duro en tus pulmones, que de dejaran ponerte de pie, que de pronto me llamaras y me dijeras ya la libré pinche amigo vámonos al mercado, vamos por libros, vamos a caminar por Reforma, vamos a jugar a que somos inmortales a prometer mirando al cielo que cuando uno de los dos muera, el otro escribirá con la mano en el corazón. Y sabes que mi Néstor, jamás imaginé que me iba a doler tanto cumplir mi palabra. Pero aquí está cabrón, reverendo hijo de puta: te voy a extrañar tanto. Pero sabes qué, era una broma, una puta broma. No tenías por qué irte y yo no tendría por que estar escribiendo sobre ti. Pero me consuela que seguro estás abrazado de tu mamá y entre los dos ya andan poniendo una sala de lectura allá arriba, y ni tiempo vas a tener para leer, lo que nosotros, tus seguidores, pondremos por escrito para desearte feliz viaje al barrio que hay detrás de las estrellas. Allá donde reinarás a la derecha del Principito. Misión cumplida amigo, aquí está tu texto. Te voy a llevar siempre metido en el corazón. Pero a ver cabrón, reverendo hijo de puta, a estas alturas cómo le explicamos a la vida que era una broma, una puta broma, que a ti todavía no te tocaba, que todo es una equivocación por no tocar madera. Ni hablar, buen viaje amigo del alma, mi pinche amigo: Néstor Ramírez Peña.

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