Fernanda Melchor

Fernanda Melchor: Es inevitable para mí escribir sobre la violencia; es con lo que he nacido

La escritora mexicana, autora de la exitosa Temporada de huracanes, habla sobre Páradais, su nueva novela, cuyos protagonistas son dos jóvenes adultos inadaptados de diferentes clases sociales. Los une el alcohol, las obsesiones sexuales , las frustraciones y el resentimiento, en una espiral de violencia inusitada y escalofriante.

Ciudad de México, 6 de julio (MaremotoM).- Fernanda Melchor vive en Puebla, México, muy cerca de Ciudad de México, la capital, en la misma región del Valle Central, aunque nació en Veracruz, Golfo de México, en 1982. Es periodista y escritora, destacada cronista de su generación y, a partir del éxito internacional de su novela Temporada de huracanes, una de las grandes referentes de la literatura latinoamericana escrita por mujeres, que comienza a leerse en otras lenguas en el mundo.

Acaba de publicarse a través de Penguin Random House Páradais, una nueva novela de Melchor, cuyos protagonistas son dos jóvenes adultos inadaptados. Franco es un chico obeso, completamente excluido de las bandas de la clase alta a la que pertenece y está obsesionado sexualmente con una vecina mayor. El otro es Polo, un chico de clase baja que trabaja de jardinero en el complejo residencial de lujo donde vive Franco y que, aunque en un comienzo lo rechaza, termina aceptando sus invitaciones a juntarse por las noches para compartir frustraciones y fantasías.

El ciclo de sus encuentros, entre el alcohol, los deseos truncados y el resentimiento, va camino hacia una espiral de violencia inusitada y escalofriante, que Melchor narra con maestría y que provoca toda clase de sentimientos, contradictorios entre sí, en el lector.

Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos semanas atrás, vía zoom.

— Veracruz es un lugar sobre el que escribes y describes mucho, y que por eso a través de tus novelas comienza a conocerse en todo el mundo. Cuéntame un poco cómo es eso de escribir sobre tu espacio, tu lugar y tu sociedad.

— Bueno, creo que somos siempre cuerpos anclados a territorios, ¿no? Entonces, para mí es imposible no escribir de lo que conocí durante los primeros 30 años de mi vida, que viví en Veracruz. Solamente un año tuve la oportunidad, mientras estaba estudiando en la Universidad, de vivir un año en Francia, en Reims, como parte de un intercambio. Pero esa experiencia, Erasmus, fue la única que tuve. Bueno, tengo la fortuna de venir de un lugar que es muy peculiar, Veracruz fue fundada hace 500 años, es una de las ciudades más antiguas del continente americano. A mí me encanta, tiene esta riqueza del trópico, esta riqueza de recursos naturales, su gente, somos una de las poblaciones más malhabladas de todo México, entonces creo que es algo que ha permeado también el lenguaje de mis novelas, esta desfachatez, y este ritmo y este sabor que comparte muchas características con el Caribe, ya que está en el Golfo de México. Pero Veracruz forma parte de lo que García de León llama el Caribe afroandaluz y que une ciertas ciudades de México con ciudades como Nueva Orleans, como San Juan de Puerto Rico, La Habana, Cuba, y Cartagena, Colombia por ejemplo. Entonces hay ahí una cosa muy interesante que a mí siempre me ha interesado reflejar. Sobre todo porque el ambiente de Veracruz, del Sureste mexicano, nunca ha estado tan cartografiado en la literatura mexicana. Como que la literatura mexicana es más sobre la Ciudad de México, es muy centralista, o habla mucho sobre el Norte, ¿no?, sobre estos espacios desérticos inmensos en la frontera con Estados Unidos.

Fernanda Melchor
Páradais, la nueva novela de Fernanda Melchor. Foto: Cortesía

— Ambos países tienen una relación muy estrecha por esa frontera, claro.

— Sí, sí, los migrantes, el narco también. Entonces yo siento que Veracruz no estaba tan presente en las letras mexicanas.

— A tu novela Temporada de huracanes le fue muy bien, le va muy bien en Estados Unidos, también en Reino Unido. ¿Sientes que de algún modo cuando leen tus novelas los lectores buscan ahí algo a la manera de crónica o antropología?

— Puede ser. Creo que una parte de mí sí lo aborda así. Yo soy periodista de formación o de deformación, no sé (risas).

— (Risas).

— En realidad creo que a mí lo que más me sirvió para escribir el periodismo fue haber tomado clases de etnografía por ejemplo. Aprender a mirar es importante para un escritor y para un periodista. Y poder, de alguna forma, recrear esa realidad con palabras, que es como el mayor logro siempre del escritor, del creador de ficciones, pero también del cronista de realidades. Entonces, sí, por supuesto que hay muchísimos elementos que están tomados de la realidad, transformados en literatura y creo que pues sí, yo entendería que una parte de mis libros se leyera como con esa curiosidad. En México se leen en gran medida por la directa referencia que hacen a circunstancias que ocurren todos los días en el país. Y en Europa yo siento, por ejemplo, que se lee un poco más alegóricamente. A lo mejor ellos encuentran elementos de realismo mágico donde en realidad aquí habría realismo terrorífico, sí.

— Bueno, yo ya conté alguna vez esta anécdota, pero en la Argentina hubo un gran escritor que se llamaba Héctor Tizón que vivía en Jujuy, en el norte argentino y alguna vez en una universidad holandesa le hablaron del realismo mágico de sus novelas y lo que él decía era que él había nacido en un lugar en donde su abuela cada vez que se iban a dormir los corría para limpiar de serpientes el piso, entonces les dijo: lo que para ustedes es realismo mágico, para nosotros es realismo pedestre.

— (Risas). Hay una anécdota también que contaba un amigo etnógrafo, justamente, que estaban en la selva en Chiapas y pues, bueno, todos los días entraban las iguanas por la puerta de atrás, entonces cuando, su compañero, que era catalán, llegaba corriendo y decía: pero que han entrado los dragones a la casa. Y él decía: qué dragones, son iguanas. Y es así, exactamente, donde a lo mejor los europeos ven dragones, nosotros vemos lagartijas solamente. Es muy curioso.

— Hay otro punto que tiene que ver con la realidad de todos los días y es la de la violencia, y no es que no exista violencia en otras culturas, hay violencia del terrorismo, hay violencias de distinto tipo. Hay violencia contra las mujeres en todo el mundo. Pero hay una clase de violencia particular por la que en los últimos tiempos se mira a México de un modo diferente, tal vez. Y esa violencia aparece y mucho en tus novelas. ¿Cómo es contar la violencia?

— Para mí es como parte de una necesidad fundamental. Es una pregunta siempre complicada de responder porque hablar de la violencia en abstracto puede llegar a ser difícil para alguien que no es ni socióloga, ni psicóloga, ni politóloga sino que simplemente escribe historias. Entonces lo que puedo decirte es que para mí escribir novelas, escribir ficción donde la violencia tiene un papel central es parte de la manera en la que trato de entender dónde estoy y dónde he vivido y lo que he vivido y lo que veo a mi alrededor. Es siempre mi manera de explorar estos temas, de entender las cosas, y de compartir, de comunicar esto que yo encuentro con los demás miembros de la sociedad. Esa es la manera que he encontrado de hacerlo. Y, por supuesto, parte de una preocupación real que parte de la realidad, de las cosas que vivimos día a día los mexicanos. Y creo que muchos latinoamericanos se pueden sentir también identificados. Sobre todo con la dolorosa experiencia de la impunidad, ¿no? O sea, la violencia ocurre pero, además, no hay justicia. Eso es particularmente doloroso. Y siento que la experiencia de desarraigo, de vulnerabilidad, de abandono que experimentan mis personajes tiene que ver con eso, con ese abandono del Estado. Con ese abandono de las instituciones que es muy común en nuestras sociedades.

— Eso se ve en Páradais, con la complejidad, cuando hablas del abandono del Estado y de la sociedad, que es cuando aparecen son esos Estados paralelos como puede ser el narco, en donde por un lado sabemos muy bien el vínculo con el mal que tienen pero, por otro lado, para aquellos que lo perdieron todo, que están excluidos de todo, es muchas veces el espacio en donde encuentran lo poco que consiguen en la vida.

— Claro, es tentador, ¿no? No solo en términos de retribución económica sino de retribución emocional. Es decir, muchos son jóvenes que viven en comunidades donde prácticamente todos los hombres se han ido a Estados Unidos, han migrado. Donde, pues, no hay mecanismos que los hagan socialmente útiles o que les den una suerte de destino, de idea de lo que pueden hacer, de futuro. Y eso los hace particularmente vulnerables. Y esas eran las situaciones que yo quería reflejar. En Páradais hay un personaje que se ve atraído hacia este mundo del crimen organizado. Y también mi intención era dejar un poco ese crimen organizado como anónimo. Por eso estos criminales no tienen nombre. En México, bueno, hasta Argentina yo creo que han llegado esos nombres infames de los carteles, pero yo aquí quería despojarlos de eso y volverlos un poco como genéricos, que no se distinguiera a qué se dedicaban.

Temporada de huracanes
Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

— Entiendo perfectamente. En Páradais los protagonistas son dos chicos jóvenes que pertenecen a dos clases sociales pero al mismo tiempo ambos son excluidos por diferentes motivos. En el caso del chico que trabaja como jardinero en el edificio, en la construcción que se llama Paradise, es un excluido por una cuestión social y por una cuestión económica. En el caso del otro chico, sufre el rechazo porque su aspecto no tiene que ver con las formas con la que tiene que ser un joven de la clase a la que pertenece. ¿Cómo fue que te decidiste a escribir sobre estos dos adultos jóvenes que terminan uniéndose en esa soledad?

— Todavía interesada en abordar la violencia y en explorar los caminos que toma en la existencia de los jóvenes hoy en día, de la gente en general, creo que mi principal interés aquí era como alejarme de la tentación de establecer un paralelismo entre violencia y marginación. A mi alrededor, en México, de unos años a la fecha, esto siempre ha ocurrido, no es algo nuevo sino que ahora se difunde más. Se escuchan estos casos de jóvenes, de hombres, sobre todo, pero también mujeres de clase alta que cometen ciertos crímenes. Hay mucha notoriedad siempre en esos casos. Pero hubo uno muy en particular que es el caso de Los Porkys en Veracruz, como “la manada” en España. Un grupo de muchachos que abusaron de una muchachita, la filmaron, y después huyeron. No se ha obtenido justicia en ese caso. Y me pareció tremendo y quería explorar qué había detrás, qué hay ahí. ¿Es patológico? ¿Es la mente o es la sociedad? ¿O son las relaciones entre hombres y mujeres las que son patológicas hoy en día? Y el resultado de esta exploración son estos personajes de Páradais, que provienen de medios distintos pero ambos tienen esta visión enfermiza de lo que son las relaciones entre hombres y mujeres y que pasan por la dominación.

— En el caso de Franco, que pertenece a una clase más acomodada, todo tiene que ver con algo de la gratuidad del mal que es, por otra parte, tal vez lo que genera más desconsuelo en un punto porque no hay modo de justificar la violencia en la necesidad. ¿Sería algo así?

— Sí, sí, totalmente. Creo que es una novela bastante dura en el sentido de que muestra lo absurdo que es todo y cómo hay vidas que pueden perderse por las razones más pedestres, incluso pueriles. Por una obsesión totalmente arbitraria. Por decisiones mal encaminadas. Por aburrimiento. Por frustración. Todos tenemos siempre, todos experimentamos pensamientos negativos, por supuesto que a veces le deseamos la muerte a la gente, ¿no? Pensamos cosas horribles. Nos callamos. A veces las ocultamos de nosotros mismos. No queremos ni saberlas. Las expulsamos de nuestra mente. Vemos el arte o las películas y nos identificamos con esos protagonistas malvados porque en el fondo entendemos esa maldad, esa violencia. Pero, al mismo tiempo, también hay gente que sale de esa fantasía y entra a un mundo donde esta fantasía se vuelve nomás concreta y se va volviendo compulsiva, y obsesiva. Y a mí me interesaba explorar cuál era el camino en dos personajes muy distintos como Franco y Polo, cómo se cruza esa línea, ¿no? Qué es lo que tiene que pasar. ¿Es el destino? ¿Son decisiones? ¿Es una combinación? ¿Son accidentes? ¿Qué es lo que ocurre? Y todo eso es lo que plasma esta carrera enfebrecida en la mente de Polo que es Paradise.

— Al menos en las dos novelas tuyas que leí, se advierte un trabajo muy, muy importante con el lenguaje. Es como si estuvieras permanentemente explotando el lenguaje y las formas narrativas. Me gustaría saber cómo arrancó esto y qué buscas con eso como efecto. No llegan los puntos y aparte como en la narración tradicional, uno entra en tus novelas y se hace como muy difícil salirse o decir: bueno, sigo mañana.

— (Risas) Bueno, ahora en Páradais hice como saltos de página, ¿no? En Temporada de huracanes los capítulos eran mucho más largos y más densos.

— Esta vez tuviste cierta consideración por nosotros los lectores (risas).

— Era una historia más corta y se prestaba. Paradise yo siempre la concebí como una historia que es muy cinematográfica en ese sentido. Creo que estaba leyendo mucho guión de cine cuando ocurrió. Entonces la concebí como en tres actos y por eso tiene tres apartados claramente diferenciados. Y, bueno, hay una cosa: a mí me fascina la novela porque me fascina la emoción novelesca que produce, esa sensación de “quiero saber qué va a pasar”. Y que, ahora, las series de televisión, que serían como la contraparte posmoderna de la novela clásica, nos genera. Es decir, nos quedamos cinco horas viendo una serie porque no podemos despegarnos. Porque sus estrategias narrativas nos impulsan al sobreconsumo. Es una estrategia parecida la que me gusta emplear. Pero creo que tiene varios por qué. Uno es que sí hay una cosa ahí que me interesa es lograr una especie de inmersión del lector en la obra. Una inmersión sensacionalista y totalizante. O sea, a mí me interesa recrear ambientes no solo con imágenes y palabras sino que las palabras puedan también evocar sonidos, experiencias táctiles, el calor, los mosquitos, la noche. Como algo más envolvente. Y creo que eso, a diferencia de la televisión y del cine, que ahora son los medios por excelencia de los jóvenes y en general de la sociedad, yo creo que la literatura posibilita experiencias muchísimo más ricas porque participa la imaginación. Entonces a mí me encanta eso, me encanta establecer este contrato con el lector y decirle “mira, te voy a meter en un mundo pero va a ser un mundo muy agobiante pero también muy envolvente y muy rico de detalles”. Entonces, a veces eso es más o menos violento dependiendo de la escena o de la obra. Me interesa esa experiencia en particular porque yo amo las narrativas que son capaces de hacer eso. Y luego, pues, también está como esta otra parte que yo me siento parte de una tradición latinoamericana y crecí leyendo a los autores del Boom, por supuesto, y lo que en ellos era experimentación formal para mí ya es un lenguaje clásico. Entonces, digo, no se trata de hacerlo, no son las Olimpíadas donde hay que hacerlo más fuerte, más rápido, más alto, pero de alguna forma hay un diálogo, por ejemplo, con el narrador de El otoño del patriarca, de García Márquez, ¿no?

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Fernanda Melchor
Foto: FIL en Guadalajara

— Sí, claro. O El señor presidente, de Asturias.

— Por supuesto. Hay un diálogo también, por ejemplo, con estos narradores que tiene Vargas Llosa, llenos de maestría. A mí me encanta también esa posibilidad de estar con el personaje pero fuera del personaje y a veces dentro del personaje. Y esto lo hacía también muy bien José Donoso. Y bueno, hay todo un diálogo ahí con autores del Boom pues yo creo en la experimentación formal. Pero creo en la experimentación formal traduciéndolo a mis posibilidades, a mi versión del español, por supuesto, que es muy mexicana y muy jarocha, y me encanta esto. Yo soy muy feliz cuando puedo leer distintas variedades del español, cuando nos alejamos de ese español que parece construido para las traducciones. Ese español genérico, un poco soso. A mí me encanta conocer nuevas palabras y me encanta cuando los autores se dan el permiso de construir un mundo con las palabras que sus personajes naturalmente usarían.

— Recién hablabas de tu tierra y de lo jarocho. ¿Qué quiere decir jarocho?

— Pues bueno, jarocho es el gentilicio de la gente de Veracruz. Bueno, nos podemos poner puristas y te podría decir de qué parte particularmente de Veracruz pero vamos a considerar que todo aquel que nace en el Estado de Veracruz es jarocho. Y, particularmente, los que nacen en el puerto de Veracruz y en la zona del Sotavento, las zonas aledañas hacia el Sur de esta región. Y, como todo gentilicio, empezó siendo un insulto, hay muchas conjeturas acerca del origen de esta palabra. Pero básicamente se refería a los campesinos mulatos que después de la conquista empezaron a poblar esta área. Veracruz es un puerto fundado por españoles, es decir, no existía en la geografía mexicana antes de la fundación por los españoles, pero enseguida se pobló en este caldo de cultivo que empieza a haber en la colonia. Indígenas, españoles, europeos, esclavos traídos de África. Bueno, todo eso crea un rico caldo de cultivo que es el Veracruz actual y donde hay este mestizaje muy interesante, este sincretismo de religiones católicas, caribes, africanas, indígenas, y que hacen que el veracruzano partícipe de esta cultura del Caribe un poco más amplia que existe en Latinoamérica. Tenemos fama de ser muy fiesteros. Muy malhablados. De sangre muy caliente. Irascibles. Hay una frase en México, que era de un programa, pero se dice que cuando odias a alguien lo odias con odio jarocho. El odio jarocho es como lo peor que puede existir, ¿no? Porque somos gente muy apasionada pero al mismo tiempo también muy afectuosa y muy cálida con los visitantes.

— Pero más vale ser amigos, entonces.

— Exactamente, sí, más vale ser amigo. El jarocho, en el cliché del mexicano, es el costeño que te saca al machete al primer insulto.

— Ah, entiendo.

— Exacto. Entonces es el habitante de las tierras calientes. Muy diferente al habitante de la Ciudad de México y de la región central, que es un altiplano. En ese sentido por ejemplo, bueno, no sé en Argentina cuál sería el equivalente, pero en Colombia sería un poco la diferencia entre Bogotá y el Caribe. Y el Pacífico.

— Esto me hace recordar a la escritora colombiana Pilar Quintana y estaba pensando su novela La perra. Estábamos hablando de lo que tiene que ver con la tradición, con los autores del boom en relación a la experimentación formal y al lenguaje, y vos por tu tiempo, por tu generación, pertenecés a una ola de mujeres latinoamericanas que están escribiendo y que están llegando muy por fuera de sus fronteras, no solo en Latinoamérica sino cruzando el Atlántico y en Estados Unidos. Hay varias escritoras ecuatorianas, varias escritoras argentinas, chilenas, uruguayas, colombianas, mexicanas, y en muchas lo que aparece a la hora de narrar es el tema de la violencia. Formás parte de una generación bisagra en la que advierto que comparten una forma de contar la violencia.

— Definitivamente creo que sí. O sea, a mí me toca estar en esta suerte de generación en la que habemos como muchos polos. O sea, hay gente mucho más joven y también más grande que yo. Pero, de alguna forma, estamos como unidas yo diría por un interés cada vez mayor de los lectores nacionales e internacionales por las voces y las historias contadas y protagonizadas por mujeres. Eso, de entrada, es algo que creo que hace veinte años difícilmente hubiéramos visto tan fuertemente. Al menos en México hoy estoy convencida de que es más fácil publicar siendo una joven autora con una primera novela que un joven autor por primera vez.

— Sí, sí, es así. Eso está ocurriendo por primera vez, sí.

— Exacto. Lo cual no me parece necesariamente negativo. Habría que examinar, pero…

— Hasta que se equilibre, digamos.

— Exacto.

— Coincidimos.

— Sí, sí. Bueno, yo no soy analista de esto, yo lo veo de este lado, el de las autoras, y me siento muy afortunada. Además de estar compartiendo esta notoriedad con autoras de la talla de Selva Almada, de Gabriela Cabezón, Dolores Reyes. Pienso en Ale Costamagna, Nona Fernández. Gente que ya lleva una carrera y otras que apenas ahorita, digamos, arrancó una notoriedad internacional. Bueno, Mariana Enríquez, por supuesto, cómo no mencionar a Mariana, que es como nuestra diosa en México. Yo la admiro muchísimo. Pero es justo este atrevimiento que ella tiene de escribir excelentemente bien desde el género del terror, porque no nos engañemos, ella escribe terror, ¿no?

“Yo crecí sintiendo que las mujeres éramos realmente inferiores, sabes. Y conocí esto reflejado en la cultura. A mi alrededor siempre había poca importancia por lo que hacíamos las mujeres”, dijo Melchor en esta entrevista.

“Yo crecí sintiendo que las mujeres éramos realmente inferiores, sabes. Y conocí esto reflejado en la cultura. A mi alrededor siempre había poca importancia por lo que hacíamos las mujeres”, dijo Melchor en esta entrevista.

— Sí, claro.

— Incluyendo esta nebulosa de preocupaciones sociales y políticas por supuesto. Y bueno, y empleando sobre todo el género del cuento, que es un género, bueno, se hace mucho en Latinoamérica pero las editoriales tradicionalmente lo desdeñan siempre.

— Hablamos de la violencia, pero uno podría decir que mientras Temporada de huracanes toma los temas vinculados a la violencia contra las mujeres, en Paradais y su espiral de violencia que termina en una cuestión criminal feroz, uno no necesariamente diría que hay una mujer detrás de esta obra. Y eso también empieza a ser interesante, históricamente. Los sentimientos de los hombres eran universales mientras los de las mujeres solo nos interesaban a las mujeres, ¿no?

— Exacto. Bueno, en mi caso creo que siempre he sentido una fascinación por la violencia masculina. No porque las mujeres no seamos violentas o no participemos de esta violencia, pero creo que, desde muy corta edad, pertenezco a una generación que siempre estuvo muy interesada en este fenómeno pop de masas que son los asesinos en serie, por ejemplo. Entonces, a veces, desde la cultura popular te los pintaban como una especie de antihéroes. Pero cuando abordas ese tema más profundamente te das cuenta de que en realidad son homicidas, son criminales sexuales. Es gente que siente la compulsión de matar mujeres, de hacerles daño, de hacer sufrir a las mujeres, casi siempre mujeres. Y, además, hay un componente de fantasía muy grande. El asesino en serie, el asesino serial o los violadores en serie, o cualquier tipo de criminal que repite y repite sus crímenes lo hace en parte porque la experiencia real nunca es satisfactoria. Hay una obsesión y una compulsión que lo impulsa a repetir algo pensando que va a llegar a lo que nunca llega. Entonces es esta decepción, por así decirlo, que los obliga. Y no es que yo sea psicóloga, psicoanalista, socióloga, criminóloga, pero siempre me obsesionó el tema.

— Viste muchas series y leíste muchas novelas.

— Las primeras dos novelas que me compré con mi dinero fueron El perfume de Patrick Süskind y El silencio de los corderos de Thomas Harris a los 12, 13 años. ¿Y de dónde viene esto? Pues creo que de ver a mi alrededor. No sé, mira, la experiencia en Veracruz de ser niña, de vivir en una familia disfuncional donde mi padre era pues un poco abusivo siempre, psicológicamente casi siempre, ¿no? Yo crecí sintiendo que las mujeres éramos realmente inferiores, sabes. Y conocí esto reflejado en la cultura. A mi alrededor siempre había poca importancia por lo que hacíamos las mujeres, como que el destino de las mujeres era poco envidiable siempre. Y crecí por ejemplo sufriendo acoso en la calle. Es decir, a los 11, 12 años siendo acosada por hombres adultos, y era algo que yo no entendía. Afortunadamente nunca sufrí una agresión más fuerte, que comprometiera más integridad…

— Pero eso estaba naturalizado, claro.

— Súper naturalizado. Yo decía: pero yo soy una niña… Y era algo que yo no entendía. Y es algo que en mis libros he tratado de entender qué pasa, qué idea hay de la sexualidad. Cómo funciona el deseo y cuál es el efecto que esto tiene en la vida de las mujeres, por supuesto. Pero entonces yo no podía no hablar de eso. Crecí con eso y trato de entenderlo todavía; trato de entender esas posibilidades y sobre todo, y por qué no, entender las formas en que las mismas mujeres participamos y reproducimos esa violencia.

— En Paradais aparece el personaje de la Condesa sangrienta, un personaje histórico y literario importante. Me gustaría que me cuentes un poco qué te pasa con ese personaje y por qué la incluiste.

— Bueno, la Condesa Sangrienta en Paradais es una leyenda que a Polo le cuentan porque hay una casona abandonada y se decía que ahí vivía esta mujer que era una especie de Marqués de Sade femenino, ¿no? Como una especie de Erzsébet Báthory a la tropical. Y sí, este personaje yo lo incluyo porque de hecho existe una leyenda veracruzana que habla de la condesa de Malibrán, así se llama. Y es más bien mi interpretación de esta leyenda porque cuando yo la escuchaba de niña yo no sé por qué pensé que esta mujer es rica, que tiene túneles debajo de su casa que comunican con los conventos y que ella se robaba a los seminaristas. Y los torturaba, los usaba sexualmente y luego los mataba. Que es como una asesina serial en este caso, y así es como yo la recordaba. Claro que ahora después me puse a leer la leyenda verdadera y no hay para nada un componente sexual. Esa era mi mente retorcida un poco dándole ese contenido. Pero me parecía que en Páradais funcionaba a la perfección este detalle un poco antropológico, etnográfico muy interesante. Pero además muy rico como metáfora de ese profundo terror que está debajo de la misoginia, del miedo a las mujeres. No es solo que los hombres o ciertos hombres desprecien a las mujeres, no es que las odien, es que también les tienen horror. Hay algo en la mujer que es incomprensible, que es avasallante, que tiene que ver con la reproducción, porque en el caso de Polo por ejemplo lo siente por su prima que ha quedado embarazada, pero lo siente por la señora Marian que es madre. Hay algo ahí en la figura de la madre que lo aterra. Y la condesa…

— La vagina dentada de Freud.

— Exacto. Exacto. Y bueno, hay mucha misoginia ahí que se alimenta. Por supuesto que recuerdo haber leído por ejemplo El desbarrancadero, de Fernando Vallejo para crear este personaje de Polo. O un poco también las obras de Arlt por supuesto, con esta visión tan negra de la mujer, tan fuerte. Y es algo que me interesaba desnudar. Por ahí siempre recibo críticas, como que en esta época donde hay tanto interés por las voces de mujeres, todavía por ahí persiste esta obligación moral ya no de escribir de amor como antes sino de ser consciente y feminista. Yo por supuesto que me asumo como feminista, pero mi feminismo me impulsa a desnudar el discurso feminicida. Pero a mucha gente todavía le impacta encontrar estas palabras, estos pensamientos de Polo, estas obsesiones de Franco. Este odio y este pavor pueden resultar muy incómodo pero es parte de mi propuesta estética y política, por así decirlo, desnudar esta misoginia.

— Pero estabas diciendo que hay un punto en donde empiezas a sentir también que hay como una obligación de la época de escribir sobre estos temas.

— Sí, sí, definitivamente. Yo afortunadamente escribo lo que escribo pues sinceramente es lo que me nace. Esta es mi manera de decir las cosas. Pero creo que es inevitable para mí escribir sobre la violencia; es con lo que yo he nacido, en lo que me he visto rodeada y lo que trato de entender porque trato de identificarlo en mí. Por supuesto que yo he sido parte de esta violencia. Por supuesto que la he sufrido, pero también la he reproducido y eso es algo que particularmente me preocupa. Yo digo que hay obligación de hablar de violencia pero hay una prohibición de ser violentos. Eso es como lo que yo noto a veces en la cultura. Y yo creo que escritoras como yo o pienso en Ariana Harwicz, por ejemplo, ¿no?

— Sí claro.

— Que, ufff, es brutal y buenísima, una escritora inteligentísima, yo la admiro muchísimo por eso. Creo que en nuestros libros hay como este empecinamiento por confrontar a los lectores con discursos que ya no son tan cómodos. O sea que no tan fácilmente pueden usarse para la corrección política, a eso me refiero.

— Entiendo perfectamente lo que decís. Hay un punto en donde uno de pronto se ve atravesado por lo que pasa como ser humano y como ciudadano y hay otro punto en donde la libertad creativa te puede llevar a lugares desagradables. Mencionabas a Ariana, que en su novela Degenerado directamente entra en la cabeza de un tipo acusado de pedofilia. Y por qué no, deberíamos preguntarnos.

— Sí, sí, totalmente. Y Ariana también se atreve a mostrar a las mujeres como locas, como histéricas, neuróticas. Es decir, como ese lado oscuro que ahora parece que las mujeres no queremos tener. Porque, no sé, es como si a pesar de todos los logros del feminismo todavía hay atavismos que se nos siguen imponiendo, ¿no? Y ahora es un poco esta idea de que la literatura debe reflejar el mundo ideal en el que debemos vivir y la literatura debe estar llena de sororidad. Yo por supuesto que abogo por la sororidad en la vida real, pero la literatura es un espacio para mostrar otras cosas. Es un discurso -perdón, que me perdonen-, pero es un discurso que se separa de los discursos de la vida real.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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